sábado, 10 de septiembre de 2011

Un apunte

Comienza el capítulo XLIIII diciendo Cervantes que según dicen (él no lo sabe ya que esto no lo tradujo el intérprete) que en el original se queja Cide Hamete de la limitación de la Segunda Parte de la historia de don Quijote en la que no incluye historias intercaladas como para tratar el universo todo (aunque también teme que a las novelas no se las preste la atención debida por el hecho de ir intercaladas) y concluye pidiendo que


“no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”.


Perdona, pero no te podemos dar alabanzas por lo que no has escrito –por ese motivo, como en otras ocasiones, nos vemos forzados a pensar, según lógica inexorable, que realmente pide alabanzas por exponer “el universo todo” limitándose a una referencia muy acotada; la historia de don Quijote. Y supongo que así lo han de asumir y pensar la mayoría de sus lectores.

Ahora bien, lo escrito ahí queda. ¿Es uno de los habituales “descuidos” de Cervantes? ¿Un chiste? ¿Una curiosidad como el “no quiero acordarme"?. Cada cual que se lo tome como quiera.

Yo lo haré de la siguiente manera: Si no escribes algo es porque no es bueno; bien porque le falta calidad o bien, porque deba ser ocultado a efectos de no provocar reacciones contrarias –y la primera de todas, en este caso, es no ser publicado. Y aquí está mi lectura de la cuestión, ¿acaso no ser publicado es lo mismo que no ser bueno? Ese es el desafío que encierra esta divagación.

“Y luego prosigue la historia, diciendo que en acabando de comer don Quijote el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos, para que él buscase quien se los leyese, pero apenas se los hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote; y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula.
El manual de buen gobernante llega a los gobernantes verdaderos que se admiraron de la locura - o fe- (¿Por qué aquí se asombran de la locura?) e ingenio, capacidad para componer de acuerdo con la fe.
Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y muy gracioso —que no puede haber gracia donde no hay discreción—, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi con el donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que así como Sancho vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y volviéndose a su señor le dijo:


—Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.


Miró don Quijote atentamente al mayordomo y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:


—No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no sé lo que quieres decir: que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo, implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.


—No es burla, señor —replicó Sancho—, sino que denantes le oí hablar, y no pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.


—Así lo has de hacer, Sancho —dijo don Quijote—, y darásme aviso de todo lo que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.
No te digo, que don Quijote es muy bueno y Sancho más bien malote.
Salió, en fin, Sancho acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento, que no se trocara con el emperador de Alemaña.
Alemania, burro.

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