sábado, 28 de mayo de 2011

Colérico Aquiles

Melisendra es Elena, Carlomagno es Agamenón, don Gaiferos es Menelao, Marsilio es Príamo y ¿cómo quién interviene don Quijote? Como él sabe quién es y es hijo de sus obras, elige ser el protagonista; el iracundo Aquiles, el de los pies ligeros, que “cortó la cabeza al rey Marsilio y acabó con toda su caballería” según recapitula el cronista los hechos del valeroso don Quijote.


Sin embargo, tras la guerra de los rebuznos es el prosaico Sancho quien una vez más le quiere hacer retornar al mundo real recordándole como huyó dejándole en la estacada a manos de los villanos abanderados con el asno:

“yo pondré silencio en mis rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña o como cibera en poder de sus enemigos.”
Aquí vuelve entonces don Quijote sus ojos al prudente Ulises, el cual no daba tanto por la fama de violentos de otros héroes, así Aquiles o el mismo don Quijote por ejemplo ante los leones, los cuales todo lo hacían por ganarla sin parar en mientes -cuanto más que gozaban de un rapsoda o encantador para cantar sus valerosos hechos a los que habían de nacer:

—No huye el que se retira —respondió don Quijote—, porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo. Y, así, yo confieso que me he retirado, pero no huido, y en esto he imitado a muchos valientes que se han guardado para tiempos mejores, y desto están las historias llenas, las cuales, por no serte a ti de provecho ni a mí de gusto, no te las refiero ahora..

Como el dolor no cesa tampoco Sancho en sus quejas:

A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga, y cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compañía que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de marras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a las espaldas, después me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo, sino que soy un bárbaro y no haré nada que bueno sea en toda mi vida, harto mejor haría yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa y a mi mujer y a mis hijos, y sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues ¡tomadme el dormir! Contad, hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes más, tomad otros tantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro buen talante, que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la andante caballería, o a lo menos al primero que quiso ser escudero de tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los tengo respeto, y porque sé que sabe vuesa merced un punto más que el diablo en cuanto habla y en cuanto piensa.

—Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho —dijo don Quijote—, que ahora que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere al pensamiento y a la boca, que a trueco de que a vos no os duela nada, tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias; y si tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita Dios que yo os lo impida: dineros tenéis míos, mirad cuánto ha que esta tercera vez salimos de nuestro pueblo y mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes, y pagaos de vuestra mano.

Estas palabras, que nos explican el romance de Valdovinos que cantaba don Quijote cuando le vapulearon los comerciantes toledanos, son muestra de la buena disposición del caballero, a la que añade:

¿Ahora cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran «señoría», te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo?


Todas estas razones ablandan el tierno corazón del buen Sancho quien echa cuentas; no llega ni a un mes lo que se le debe, y recuerda que en el pueblo pasa a la jurisdicción de su mujer, que se la traído a la mente nuestro sibilino Ulises. De modo que el mozo cambia su discurso apelando a Dios para que se lo acredite.

Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.


Que tomen nota los teólogos.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Juicio Final

Espero que te guste el Quijote.

Estamos en la aventura o historia, pues todo es uno, que abría este blog, Hamlet y el Quijote (te lo recomiendo). Aprovecho para pedirte disculpas por ciertos inconvenientes en la edición ya que el comentario que va con Hamlet, parece que refiere a Fausto y el Quijote que es el siguiente post –pero los comentarios yo no sé corregirlos por ahora.


Ahora sin embargo estamos en otro discurso y en parte seguimos, como verás, con la Teología, pues este capítulo es el del Juicio Final. Comienza así:

«Callaron todos, tirios y troyanos”, y cuenta Eneas a los cartagineses la caída de Troya, “cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas y dispararse mucha artillería”. Asistimos al espectáculo de la guerra cantada inigualablemente por griegos y romanos; aquí Melisendra es Elena y Troya Zaragoza. No es el esposo don Gaiferos sino Carlomagno, como Agamenón, el que mira por su honra. Como también Marsilio, Príamo, reparte justos azotes. A tanta bondad pone fin nuestro caballero que:

“Diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Más no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes.”

Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes.

En efecto, al objeto de imponer justicia, que ya te dije estábamos en el Juicio Final:

“porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo restituye.” 
Deste modo contribuye el caballero a, de cara a tan señalada hora, equilibrar un poco las cosas y que vayan todos al cielo sin demora.
—¡Viva enhorabuena —dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro—, y muera yo!, pues soy tan desdichado, que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España,

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía.

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y sobre todo sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos y endereza tuertos y hace otras obras caritativas, y en mí solo ha venido a faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.

Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro y díjole:

—No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón, porque te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
—Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero, y, así, me parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio.

—Adelante —dijo don Quijote.

—Pues por esta abertura de arriba abajo —prosiguió maese Pedro, tomando en las manos al partido emperador Carlomagno—, no sería mucho que pidiese yo cinco reales y un cuartillo.

—No es poco —dijo Sancho.

—Ni mucho —replicó el ventero—: médiese la partida y señálensele cinco reales.

—Por esta figura —dijo maese Pedro— que está sin narices y un ojo menos, que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maravedís.

—Aun ahí sería el diablo —dijo don Quijote—, si ya no estuviese Melisendra con su esposo por lo menos en la raya de Francia, porque el caballo en que iban a mí me pareció que antes volaba que corría; y, así, no hay para qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema, no quiso que se le escapase, y, así, le dijo:

—Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían, y, así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y además desto, que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono.

—Dáselos, Sancho —dijo don Quijote—, no para tomar el mono, sino la mona; y docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los suyos.

—Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—, pero no habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.

En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya después de amanecido se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje, el uno para volverse a su tierra, y el otro a proseguir su camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a quien él conocía muy bien, y, así, madrugó antes que el sol, y cogiendo las reliquias de su retablo, y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir, que así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa historia
Habitualmente los filólogos, que son los más de los comentaristas del Quijote, comentan esta hazaña refiriéndola al manido tema de la ficción dentro de la ficción. No es extraño que cambien la terminología del estudio de la lengua casi cada año.

Los filósofos –liderados por Ortega- con el mejor criterio se interesan más por el estilo, bautizado alcionista, cervantino; esa manera de distanciarse que lleva a Cervantes a ese espíritu jovial, templado, humano, también calificado con el vocablo griego sofrosine; mentalidad sana -en contraste con la enferma. La respuesta es muy difícil, yo te dejo mi franca opinión por escrito para que solo se exponga cuando ya haya muerto.

Bueno, te daré una pista, válganos el aire de hoy: ese espíritu se logra rechazando derechos, en lugar de “reivindicarlos”, ese espíritu se consigue, si acaso, reclamando el derecho a no abusar, a no explotar, a jubilarse. El derecho que hemos de reivindicar es el de poder no cometer injusticias (¡pobres políticos, pobres banqueros, pobres jefes, pobres capataces, forzados a la triste tristeza de forzar!) Por ellos reivindicamos ese derecho; el de poder tener consideración a las necesidades de los demás, a “hacer al otro lo que quisieras que te hicieran a ti” como proclama el maestro Mo, en lugar del incesante “luchar” como los griegos en su agonía por la “democracia”, la “justicia”

Como aquella de ellos, la democracia actual, tampoco nos da cauce para pedir esos derechos y por eso necesitamos una DEMOCRACIA REAL YA, que nos permita reivindicar el derecho a no bombardear, el derecho a no dejar morir de hambre a otros, ni a dejar sufrir inhumanamente porque son de otros países, el derecho que reclamamos es el derecho a ser humanos.

¡DEMOCRACIA REAL YA!

sábado, 14 de mayo de 2011

Teología

Mientras hacen noche en la venta tiene ocasión el valeroso don Quijote de acometer una aventura o dos; en el interludio de la guerra de los burros nos elevamos hasta los monos para abordar una vez más el problema de la fe, de la que deberían los interpretes de Cervantes, en su mayor parte teólogos, sacar mejor partido.

A la venta que ya conoces estaba don Quijote llegó un titiritero del que dijo el ventero:

“Trae asimismo consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos ni se imaginó entre hombres, porque, si le preguntan algo, está atento a lo que le preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo y, llegándosele al oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara luego; y de las cosas pasadas dice mucho más que de las que están por venir, y aunque no todas veces acierta en todas, en las más no yerra, de modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo”.


Y, en efecto, así lo confirman y determinan poco después don Quijote y Sancho

“Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir ni las pasadas cosas, y, así, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se retiró don Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde sin ser oídos de nadie le dijo:

—Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraña habilidad deste mono, y hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro su amo debe de tener hecho pacto tácito o espreso con el demonio.

—Si el patio es espeso y del demonio—dijo Sancho—, sin duda debe de ser muy sucio patio; pero ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos patios?

—No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho algún concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con que gane de comer, y después que esté rico le dará su alma, que es lo que este universal enemigo pretende. Y háceme creer esto el ver que el mono no responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabiduría del diablo no se puede estender a más, que las por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas veces, que a solo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es presente. Y siendo esto así, como lo es, está claro que este mono habla con el estilo del diablo, y estoy maravillado cómo no le han acusado al Santo Oficio, y examinádole y sacádole de cuajo en virtud de quién adivina; porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan ni saben alzar estas figuras que llaman «judiciarias», que tanto ahora se usan en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia. De una señora sé yo que preguntó a uno destos figureros que si una perrilla de falda, pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría, y cuántos y de qué color serían los perros que pariese. A lo que el señor judiciario, después de haber alzado la figura, respondió que la perrica se empreñaría y pariría tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de mezcla, con tal condición que la tal perra se cubriese entre las once y doce del día o de la noche, y que fuese en lunes o en sábado; y lo que sucedió fue que de allí a dos días se murió la perra de ahíta, y el señor levantador quedó acreditado en el lugar por acertadísimo judiciario, como lo quedan todos o los más levantadores”


No obstante, mozo y amo no tienen inconveniente en hacer uso de los servicios que el diablo les facilita y le interrogan por la verdad o mentira de lo acontecido en la cueva de Montesinos. El mono no tiene ni idea, pero responde discretamente:

“El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio o pasó en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles, y que esto es lo que sabe, y no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere saber más, que el viernes venidero responderá a todo lo que se le preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendrá hasta el viernes, como dicho tiene.”


Finalmente, como el autor no cree, nos da cuenta que Maese Pedro es el galeote liberado por don Quijote y huído, Ginés de Pasamonte, que se ha puesto el parche en el ojo para dificultar que le reconozcan, que continua sus actividades de pícaro aprovechándose de la credulidad de la gente con el mono adivino. Simplemente se informaba del pasado de sus clienes antes de ejercitar su virtud, y añadía teatro, como el ponerse de rodillas ante don Quijote, al que ya conocía, cuando fingió que se lo declaró el mono. Y, en efecto, llegó primero a la venta para informarse de quien había en ella y preparar con algún criterio las respuestas y salió luego.

A este discurso sobre la fe contribuye Cide Hamete Benengueli, afirmando:

«Juro como católico cristiano... ». A lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura o debe jurar verdad y decirla en lo que dijere, así él la decía como si jurara como cristiano católico en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maese Pedro y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.
Querido lector, este párrafo tiene algunas vueltas, voy a ver si lo desenredo, o lo lio más:

Comienza Cide; "Juro como católico cristiano..." Y su interprete entonces dice que como Cide Hamete de hecho no es cristiano -quiere decir que esto significa que "cuando jura , jura o debe jurar verdad y decirla en lo que dijere" El intérprete -como a menudo sucede con los de Cervantes- le corrige al interpretarle, pues lo suyo es que hubiera dicho "juro como los catolicos cristianos (hacen)". Y, sin duda es esto lo que quería decir, pero lo dijo un poco imprecisamente. De todos modos, si no es católico, ya no le vale tal juramento por defecto. Lo que si nos interesa, sin embargo, es el  modo ineludible que tenemos de actuar; lo determinante en toda interpretación es el contexto, incluso, como vemos aquí, puede hacernos pasar por encima de las palabras que se pronuncian facticamente, de este modo juzgamos/interpretamos subjetivamente, como nos conviene. A partir de ahí es es tan fácil al titiritero con el mono, o a la gente que echa las cartas, tomar el pelo a la gente con palabrería -sacarle dinero, incluso voluntariamente, que es lo que, por último, importa; pero si un teatro - un rito- acompaña a las palabras (haciendo de una suerte de contexto) el reforzamiento es mucho más intenso -y estamos ya en casi en la casa de recreo de los Duques.

domingo, 8 de mayo de 2011

El duelo (basta de rebuznos y asnos)

Vale. Ya hemos identificado que el sentido de los rebuznos que atraviesan buena parte de la segunda deste libro es dar nombre, caracterizar y así justificar la guerra.

También, casualmente en el post anterior nos hablaba Castro del duelo por honor, y hételo aquí.

No conozco, o no me viene a la memoria, el análisis de este pasaje de la guerra de los rebuznos entre los muchos comentaristas del Quijote, mientras que la simple mención del mismo, sin embargo, es muy insistente. No en vano ocupa varios capítulos. Abellán dedica todo un artículo, de esos que se escriben para los abundantes honrosos centenarios del Quijote, encareciendonos la importancia de los rebuznos e invitándonos a su comentario.

Ahora cuando lo hagamos veremos cómo se cae de su peso por lo claro que es. Sin embargo; qué difícil es dar con el entendimiento de las cosas cuando tenemos el pensamiento sucio, la inteligencia ocupada por la ideología que nos impide verlas con la claridad del día para vivir en una permanente noche de luna nueva.

Pues bien, aunque algún autor como el erasmista Marcel Bataillon pasa por el cuento como en tabla de surf sobre las olas refiriendo que, sin duda, se trata de una historia popular real, no resultara que su pensamiento sobre Cervantes como el de Castro quedasen aquí mal parados, no se lo vamos a discutir eso nosotros para fijarnos en cómo lo cuenta su autor, quien no creo se lo encontrara tan detallado en el popular relato:

». Y, dividiéndose los dos (regidores) según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo rebuznaron, y cada uno engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento había parecido, y en viéndose, dijo el perdidoso: «¿Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuznó?». «No fue sino yo», respondió el otro. «Ahora digo —dijo el dueño— que de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia.» «Esas alabanzas y encarecimiento —respondió el de la traza— mejor os atañen y tocan a vos que a mí, compadre, que por el Dios que me crió que podéis dar dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo: porque el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás; los dejos, muchos y apresurados; y, en resolución, yo me doy por vencido y os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad.» «Ahora digo —respondió el dueño— que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia, que puesto que pensara que rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba al estremo que decís.» «También diré yo ahora —respondió el segundo— que hay raras habilidades perdidas en el mundo y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse dellas.» «Las nuestras —respondió el dueño—, si no es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden servir en otros, y aun en este plega a Dios que nos sean de provecho.» Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por contraseño que para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas ¿cómo había de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del bosque comido de lobos? Y en viéndole, dijo su dueño: «Ya me maravillaba yo de que él no respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a trueco de haberos oído rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he hallado muerto». «En buena mano está, compadre —respondió el otro—, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el monacillo.» Con esto, desconsolados y roncos se volvieron a su aldea, adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les había acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el rebuznar, todo lo cual se supo y se estendió por los lugares circunvecinos; y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dándoles en rostro con el rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el rebuzno de en uno en otro pueblo de manera, que son conocidos los naturales del pueblo del rebuzno como son conocidos y diferenciados los negros de los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor ni vergüenza.

¿No está aquí el punto en como lo que es motivo repetidísimo de alto orgullo y encarecida mutua alabanza por la habilidad y virtud en rebuznar de los regidores, se transforme por el arte del diablo en una afrenta para el pueblo?. Esta es la clave del relato; la actitud franca, amistosa e ingenua entre los amigos, y la actitud maliciosa de los pueblos vecinos. Es pues esa rivalidad que va de suyo a los pueblos, ambos como unidades con sus sistemas jerárquicos, la que, por consiguiente, implica esa rivalidad y esa malicia. Sobre esto nos hace reflexionar Cervantes con el Quijote de modo recurrente; la oposición entre la relación personal y la relación mediada institucional, ideológicamente, como bien ha captado Vicent Llorens y así lo veremos en breve con los moriscos, con los bandoleros….

Algo sobre lo que no pone paz, “ni rey ni roque”, hablando, por cierto, de la ideología de su tiempo (en la que todo lo arreglaba el rey o, si me apuras, Cristo como cabeza mística de la Iglesia).

Pasamos ahora a la siguiente escena, en la que ya se encuentran con el batallón del pueblo ofendido, la cual sazona Sancho mencionando que no echemos cuenta a la bandera pues “tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor”.

En esta parte don Quijote les suelta las sandeces de turno, con las que se expone la ideología de su tiempo -muy semejante al nuestro. Y, una vez más, le toca a Sancho, nuestro redentor, ser el mártir de la verdad rebuznando y demostrando como el bla bla bla de don Quijote no hace realmente ningún efecto, más que entretener y suspender al público como si de un teatrillo se tratase.

“—El diablo me lleve —había dicho a esta sazón Sancho entre sí— si este mi amo no es tólogo, y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.”

Y así, cuando ingenua y francamente rebuzna el bueno de Sancho ante tan crítica, experimentada y meritoria audiencia no lo interpreta el pueblo-público de la manera amistosa, ingenua y eminente de sus regidores (o alcaldes) a la que El se entrega, sino de la manera suspicaz e irascible que usan con los pueblos vecinos…..

Que oportunamente concluye Cervantes el pasaje acordándose de las cansinas guerras de los griegos que no diferían un punto de ésta del “….”

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Honor?

Dice Américo Castro que su El Pensamiento de Cervantes tuvo como punto de partida la especial concepción del honor en Cervantes disidente de la de sus contemporáneos. Lo afirma repetidamente al final de su ensayo


en la CONCLUSIÓN:

“Si el lector ha tenido paciencia para recorrer este largo estudio habrá visto que Cervantes encierra problemas ideológicos muy complejos. No sé si mis razones persuadirán a todo el mundo. Me contentaría con que se reconociese que frente a los juicios tradicionales sobre nuestro mayor escritor se imponen otras posiciones. Nuestro trabajo ha consistido no más que en prologar histórica e idealmente los temas de Cervantes, caminando por la senda de que son natural punto de partida. Nunca se dijo que en Cervantes hubiera una flora temática determinada por el clima histórico en que su obra crece y por la especial visión del mundo de su autor. Se pensaba que el genial artista era un producto de ocasionales aunque sublimes intuiciones; se ignoró siempre su formidable poder de selección. Los mismos estudiosos alemanes, tan afamados en torno a las menores particularidades ideológicas de Calderón, no pensaron escribir una “Cervantes Weltanschauung (visión del mundo). Y todo ello ha sido causado por un prieto haz de desfavorables perjuicios, no sometidos a contraste.”


“Muy lejos estaba de creer que Cervantes ofreciera en armónico y grandioso despliegue los más finos temas del renacimiento italiano. Conocía los juicios agrupados en la introducción de este libro y pensaba que Cervantes no era sino el maravilloso creador del Quijote, el artista de estilo único, etc. Comencé a vislumbrar otras posibilidades en 1916 al estudiar el honor en dos artículos de la Revista de Filología Española; vi que Cervantes reaccionaba de modo opuesto a los dramaturgos y como su actitud no obedecía meramente a espíritu compasivo y cristiano, sino a estar imbuido de una ideología renacentista…..”
“El cervantismo se aferró a los archivos y protocolos, y a la erudición lingüística, y no pensó en la formación intelectual del escritor, intensificada durante los años en Italia….”


¿Y en Argel? ¿Acaso son imprescindibles las lecturas para pensar o tener una visión del mundo? La “visión del mundo”, sin duda se incrementa, madura y agudiza en contacto con otras mentalidades, y muy especialmente las ‘enemigas’.

“Otro de los grandes prejuicios que han gravado la memoria de Cervantes ha sido el esoterismo… al leer a Cervantes se notaba algo, no se sabía bien qué; el espíritu del autor hacía a veces contorsiones extrañas, parecía como si quisiese decir lo que no decía….”


“Salía de mi plan estudiar el estilo. Quizás algún día emprenda su análisis.”


“Los grandes ingenios saben que la verdad no puede nacer sino de la crítica de la experiencia. Cervantes, por lo pronto, presentará sus figuras envueltas y resueltas en la impresión que suscitan en cada observador, en puntos de vista.”


Hasta aquí la Conclusión. Vamos a su ÚLTIMO PÁRRAFO.

Damos un poquito marcha atrás y vamos del último capítulo al último párrafo, titulado El honor, que comienza con lo que nos decía en la Conclusión:
“Va a terminar este libro con el estudio del tema que hace años percibí, por primera vez, una concreta relación entre Cervantes y el pensar renacentista”.
Y lo explica diciendo que el entendimiento del honor de Cervantes deriva de su moral, pues siendo ésta autónoma e inmanente, también lo será el concepto de la dignidad del hombre, que no pende de circunstancias externas. Así pasa Castro a examinar la concepción de Cervantes del honor como, por ejemplo, no dependiente del linaje sino de la virtud de la persona, que se justifica ante sí misma, etc. (Algo, por cierto, que Cervantes, como es habitual, contradice en el mismo alto grado en que lo afirma).

Y, “para terminar –concluye así Castro el tema de El honor y el libro-, una palabra en relación con los duelos y desafíos"
”Antonio en el desafío de Persiles, se sintió agraviado y no afrentado porque "la luz de las armas, quita fuerza a las palabras". Era un principio admitido que luego que un caballero había desenvainado la espada, cualquiera cosa que dijese no contaba como afrenta que exigiese ser vengada”.
Fin de El Pensamiento de Cervantes.

El aspecto objetivo y determinante del Quijote es la figuración de un hombre armado, que, de modo absolutamente inverosímil, no pertenece a una unidad armada. Este es el “engaño a los ojos” más clamoroso y el modo más a mano de manifestar, gritar a voces, aunque en la medida de lo posible, lo innombrable, el arma. (Mi propio punto de partida en el estudio del Quijote fue precisamente éste; la comparación de su figura con el maestro Mo, un pensador chino que creó una milicia para defender a los débiles).

Esta es la tesis expresa por activa y por pasiva del Quijote según su autor; lo inmoral -además de estrafalario- de los caballeros andantes. Y es también una prueba de la ausencia de cualquier progreso humano; las figuraciones de los héroes y los superhéroes de hoy, como los caballeros andantes de entonces, siguen representando esa MENTIRA a la que Cervantes refiere con todo el Quijote, pero aún si cabe más de pleno y directamente en la primera aventura.

Por otra parte, poco importan los refranes del escudero o las sandeces del caballero, porque el Quijote expone lo ininteligible; el arma, o, mejor dicho, su luz.