sábado, 24 de septiembre de 2011

Las penas del gobernante

Así en el post anterior como en éste y en los que tratan del gobierno de Sancho, no se precisa mucha atención, pues no hay, como en general en El Quijote, por lo menos tres perspectivas. Sancho tiene ya su despojo; la ínsula, nos ha mostrado primero ser buen juez a fuer de ser hombre, pero igual por ser hombre queda defraudado el disfrute que se esperaba por la simple ley de que éste no puede ser continuo, y todo exceso se paga, así la mucha comida, pero igual todo otro gusto repetido; o cansa o exige más:

Ante una gran cantidad de manjares a la vista, le dice el maestresala:

“lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.”

Y el que tiene poder, del que otros son desposeídos, ha de temar más por su seguridad. Por eso, ya el primer día recibe la siguiente carta del duque:

“A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa ínsula la han de dar un asalto furioso no sé qué noche: conviene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también por espías verdaderas que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio: abrid el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren”

Como Sancho no la sabía leer, hubo de leerla su secretario:

—¿Quién es aquí mi secretario?


Y uno de los que presentes estaban respondió:


—Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.


—Con esa añadidura —dijo Sancho— bien podéis ser secretario del mismo emperador.

Dice en este punto Francisco Rico, el editor de esta edición de El Quijote que “Era hecho bien conocido la abundancia de secretarios vizcaínos ‘vascos’, dato que a menudo se explicaba por su lealtad y fidelidad, cortedad de palabras y buena letra”.

Pero yo tengo también oído que esa ventaja se la daban sus raros apellidos que daban muestra que eran cristianos viejos en la vieja loca España. Y pareceme que esa rara habilidad hasta hoy se les mantiene.

Pide finalmente, pide Sancho por caridad

“un pedazo de pan y obra de cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas".
Pero, ni siquiera puede satisfacer su humilde deseo, pues:

En esto entró un paje y dijo:


—Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a vuestra señoría en un negocio, según él dice, de mucha importancia


—Estraño caso es este —dijo Sancho— destos negociantes. ¿Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como estas no son en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide,

Este labrador, es insolente, impertinente y pesado; le cuenta largamente un asunto personal y acaba

—Querría, señor —respondió el labrador—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza.—


¿Queréis otra cosa, buen hombre? —replicó Sancho.


Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los suegros.


—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho— y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.


—No, por cierto —respondió el labrador.


Y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo:


—¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿Y por qué te los había de dar aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de Miguel Turra ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?


 

sábado, 17 de septiembre de 2011

De la contradicción del gobierno (I)

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar



¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la poesía, inventor de la música, tú que siempre sales y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!, a ti digo que me favorezcas y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza, que sin ti yo me siento tibio, desmazalado y confuso.


Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba «la ínsula Barataria», o ya porque el lugar se llamaba «Baratario» o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.


Finalmente, en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo:


—Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador y, así, o se alegra o se entristece con su venida.


En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared estaban. Fuele respondido:


—Señor, allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión desta ínsula, y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce».


—¿Y a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.


—A vuestra señoría —respondió el mayordomo—, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.


—Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
Y comienzan los casos. Todos ellos se resuelven con la humanidad como término medio, es decir; racionalizando los casos, pues el ser humano es medida de todas las cosas. La justicia real de los galeotes de la Primera Parte es dependiente de la necesidad de recursos humanos para las galeras. Y pronto le desengañarán los duques a Sancho respecto a la idea que tiene del gobierno.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Altisidora resplandece

Vale. Me quito el sombrero e inclino mi cabeza para dar paso a la inigualable Altisidora:



—No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que desde el punto que este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar, sino llorar; cuanto más que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo; y puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones para dejarme escarnida.


—No des en eso, Altisidora amiga —respondieron—, que sin duda la duquesa y cuantos hay en esta casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto. Canta, lastimada mía, en tono bajo y suave, al son de tu harpa, y cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la culpa al calor que hace.


—No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! —respondió la Altisidora—, sino en que no querría que mi canto descubriese mi corazón, y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón.

Dan por hecho la mayoría de los desorientados intérpretes de Cervantes que deste caso tratan que el amor de Altisidora es una burla más de los duques. Yo no he encontrado las instrucciones. A Cervantes no le importa si esta es otra broma de los duques, es indiferente. Así como Cervantes le rompía las medias, Altisidora se insinúa para cosérselas.

No puedo, caro lector, exponerte a la suavísima melodía del harpa ni la dulcísima voz de Altisidora honestísimamente declarándose al alma de cántaro de don Quijote. Por lo que, mejor, mientras suena, discretamente nos retiramos.

Es el momento ahora de reconsiderar a Dulcinea, parte tan importante en el gran lector que es don Quijote, quien anifiesta en muchas ocasiones que por Dulcinea es y por Dulcinea hace y sin ella no es nada. Y vemos que es así también como los creyentes creen; pensando que todo lo que hacen lo hacen por Dios; el cual, en ese diálogo interior continuo, también les anima, les da fuerzas, les socorre, etc. Finalmente, no tiene nada de extraño que la inmensa mayoría de los intérpretes del Quijote, que son cristianos (o a lo menos "idealistas"), se reconozcan en el Quijote y no lo tengan por un loco, un muñeco de su autor, sino por un santo y piensen, llevando la contraria al autor, que El Quijote nació, no para acabar con los libros (de caballerías), sino para depurarlos.

Nuestro entendimiento, pongo a Cervantes a mi lado, es que son los objetivos los que determinan la práctica y no la ficción –por lo que es preciso desenmarañarla, para que aquellos queden claros. Ahora bien, siendo esto así, la ficción tiene la virtud de distraer, y en determinados momentos es posible que tenga un efecto práctico frente al “objeto” que se apodera del “alma". Me explico: para el fumador la cajetilla de tabaco sobre la mesa le está invitando permanentemente a fumar ya que su cuerpo ha establecido un vínculo que revive con el simple pensamiento o recuerdo (cosa que no pasa con el no-fumador, al que la cajetilla no le dice nada) y así sucede con cualquier otro “vicio”, ya sexual, de juego, alcohol, tabaco y otras drogas, donde precisamente se manifiesta que el pensamiento, así el reconocimiento del “mal”, no lleva a prevenir su búsqueda, como habitualmente se presupone -por ejemplo con los sermones-, sino al contrario, a fomentarla.

Pero es cierto que esa falta de libertad, esa limitación de la total disposición que el hombre debe a la comunidad, puede ser atajada en alguna medida con esa distracción; bien el rezo, en el caso de don Quijote el pensamiento en Dulcinea, que le evita todo otro pensamiento, deseo (y quizá sirva también, se me ocurre, contra un pensamiento vicioso de la muerte).

Dice
"—Ya sé yo de qué proceden estos accidentes"


Y luego canta

—Suelen las fuerzas de amor/sacar de quicio a las almas,


tomando por instrumento/la ociosidad descuidada.


Suele el coser y el labrar/y el estar siempre ocupada


ser antídoto al veneno/de las amorosas ansias.

Cervantes no utiliza la perfección en Altisidora, -como en las mujeres de las primera parte que generan una atracción natural, objetiva, simbólica, incluso casta, Altisidora no nos destaca ni mental –ahí tenemos su poesía, ni físicamente, pero aún con esa carencia, el hecho de ser mujer, de ser mujer joven, es suficiente motor para ejercer atracción en el hombre; sobre todo que aquí la mujer convoca al hombre voluntariamente ofreciéndose admirablemente como objeto.
“al pasar por una galería estaban aposta esperándole Altisidora y la otra doncella su amiga, y así como Altisidora vio a don Quijote fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas y con gran presteza la iba a desabrochar el pecho.
Pese al miserable, injustificado y malicioso rechazo de don Quijote, Altisidora, tras haber sido herido por los gatos, y mientras le cura, le dice:

—Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro”.

Don Quijote deja a Altisidora por Dulcinea. Esa humanidad que no le gustaba describir a Cide Hamete es rechazada por la ficción.

Esa es, en suma, una lección más, la lección, del Quijote nacido para poner fin a los libros (de caballerías)

Altisidora amanece

No amigos, no. Una vez más tengo que retractarme presto. Procuraré ser más considerado la vez próxima; Cide Hamete se dolía de no poder escribir como quisiera y sacar de su pluma diosas, cristianas eso sí, a troche y moche como las de la Primera Parte y lo dice porque va a referirnos la historia de la humana Altisidora que, por tanto, es más, demasiado, atractiva.
Como dice Cervantes, no se encontrará aquí ningún pensamiento menos que católico cristiano, por lo que la tentación de la duquesa no tiene a Satanás en su origen. ¿O es católico que lo tuviera? Disculpe el lector mi ignorancia. Doctores tiene la Iglesia.


Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad, y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía y preguntóle que de qué estaba triste, que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfación de su deseo.

—Verdad es, señora mía —respondió don Quijote—, que siento la ausencia de Sancho, pero no es esa la causa principal que me hace parecer que estoy triste, y de los muchos ofrecimientos que Vuestra Excelencia me hace solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y en lo demás suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y permita que yo solo sea el que me sirva.


—En verdad —dijo la duquesa—, señor don Quijote, que no ha de ser así, que le han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.

Don Quijote se muestra incorruptible:


“antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude”.

Y la duquesa:
“Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran señora.”

Se preocupa si siente cansancio tras su viaje a Candaya:

—No siento ninguno, señora —respondió don Quijote—, porque osaré jurar a Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni de mejor paso que Clavileño, y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura y abrasarla así sin más ni más.


—A eso se puede imaginar —respondió la duquesa— que arrepentido del mal que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las maldades que como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso concluir con todos los instrumentos de su oficio, y como a principal y que más le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño, que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran don Quijote de la Mancha.

He aquí como enhebra hipótesis coherentes la duquesa; que como bien dice Vargas Llosa el Quijote trata de la ficción

Total que cenan, se va a acostar y se le rompe una media, a lo que Cide Hamete exclama:

«¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé yo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte “dádiva santa desagradecida”!

Más bien es un “designio” divino, ya que “don” es difícil llamarlo, que siendo uno entre los que consiste la santidad, luego, sin embargo, no se agradece, a no ser acogido a la doctrina paulina que ahora viene:

Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios (¡¿eh?!) el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus mayores santos: “Tened todas las cosas como si no las tuviésedes”; y a esto llaman pobreza de espíritu.

O pobreza de ficción, según Vargas Llosa (divina, que dirían otros).

Pero tú, segunda pobreza, que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos por la mayor parte han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?». Y en esto se echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos abiertos. Y prosiguió: «¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!».

¡Vaya! Ahora resulta que a Cide Hamete, que no sería tan pobre, lo que le preocupa es, sí, la ficción.

Y, ¡Dios me perdone! también me parecen de este corte, no solo los intérpretes del Quijote, sino todos los sabios que son en el mundo, que a los pobres pocas veces les da tiempo a serlo.  

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un apunte

Comienza el capítulo XLIIII diciendo Cervantes que según dicen (él no lo sabe ya que esto no lo tradujo el intérprete) que en el original se queja Cide Hamete de la limitación de la Segunda Parte de la historia de don Quijote en la que no incluye historias intercaladas como para tratar el universo todo (aunque también teme que a las novelas no se las preste la atención debida por el hecho de ir intercaladas) y concluye pidiendo que


“no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”.


Perdona, pero no te podemos dar alabanzas por lo que no has escrito –por ese motivo, como en otras ocasiones, nos vemos forzados a pensar, según lógica inexorable, que realmente pide alabanzas por exponer “el universo todo” limitándose a una referencia muy acotada; la historia de don Quijote. Y supongo que así lo han de asumir y pensar la mayoría de sus lectores.

Ahora bien, lo escrito ahí queda. ¿Es uno de los habituales “descuidos” de Cervantes? ¿Un chiste? ¿Una curiosidad como el “no quiero acordarme"?. Cada cual que se lo tome como quiera.

Yo lo haré de la siguiente manera: Si no escribes algo es porque no es bueno; bien porque le falta calidad o bien, porque deba ser ocultado a efectos de no provocar reacciones contrarias –y la primera de todas, en este caso, es no ser publicado. Y aquí está mi lectura de la cuestión, ¿acaso no ser publicado es lo mismo que no ser bueno? Ese es el desafío que encierra esta divagación.

“Y luego prosigue la historia, diciendo que en acabando de comer don Quijote el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos, para que él buscase quien se los leyese, pero apenas se los hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote; y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula.
El manual de buen gobernante llega a los gobernantes verdaderos que se admiraron de la locura - o fe- (¿Por qué aquí se asombran de la locura?) e ingenio, capacidad para componer de acuerdo con la fe.
Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y muy gracioso —que no puede haber gracia donde no hay discreción—, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi con el donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que así como Sancho vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y volviéndose a su señor le dijo:


—Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.


Miró don Quijote atentamente al mayordomo y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:


—No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no sé lo que quieres decir: que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo, implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.


—No es burla, señor —replicó Sancho—, sino que denantes le oí hablar, y no pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.


—Así lo has de hacer, Sancho —dijo don Quijote—, y darásme aviso de todo lo que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.
No te digo, que don Quijote es muy bueno y Sancho más bien malote.
Salió, en fin, Sancho acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento, que no se trocara con el emperador de Alemaña.
Alemania, burro.

viernes, 9 de septiembre de 2011

No por mucho madrugar amanece más temprano

Afirman la mayoría los autores que deste caso tratan que a lo largo de la novela Sancho se quijotiza, esto es para ellos; mejora, se idealiza a los beneficiosos efectos de los efluvios que emana la cercanía de su Señor. Y me parece a mí como que ellos también se quijotizan. O más bien, que ya eran algo quijotes y se les ensancha la veta.


Y así creo también que El Quijote tiene todavía mucho que pasar para mostrar a la humanidad la humanidad que encierra, esto es; la igualdad de los hombres -y no solo cuando duermen, pues seguimos juzgando más o menos como antes de que se escribiera; los buenos los nobles y los malos los villanos.

Pero ahora resulta que a Sancho le hacen gobernador (como don Quijote fue también armado caballero)


“Otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:


—Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser gobernador, porque ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que a mi parecer no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo".

Lo copio para hacer notar esta repetida técnica del buen hombre de negocios que es Sancho siempre minusvalorando lo que se le ofrece, y siempre dando valor a lo que le cuesta lo que se le pide.

Y más para el caso que nos ocupa hoy; Sancho se apunta sin salario a la expedición que organiza don Quijote para rapiñar del botín que bien espera hacer el hidalgo una vez bien cargado de benditas armas; algo que tiene medio buen fundamento al dirigirse a los caminos civiles donde todo el mundo anda desarmado y con el justificante de ir a atracar solo a los malos, –que no le habían de faltar. Y en eso, es principal entender que la Ínsula no es nada diferente a la albarda o jaez y, sobre todo, al yelmo, un botín de guerra, que es lo que más le ha venido interesando históricamente, a lo que me imagino, mayor y generalmente al soldado raso.


—Ahora bien —respondió Sancho—, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser tal gobernador, que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.


—Si una vez lo probáis, Sancho —dijo el duque—, comeros heis las manos tras el gobierno , por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen como quiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.


—Señor —replicó Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.


—Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo —respondió el duque—, y yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete; y quédese esto aquí, y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.


—Vístanme —dijo Sancho— como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza.


—Así es verdad —dijo el duque—, pero los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.


—Letras —respondió Sancho—, pocas tengo, porque aun no sé el abecé, pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante”.(Aquí dice, el editor Francisco Rico que quiere decir “Y Dios me ayude”, con lo que no es de extrañar que el Quijote no diga cosa que no sea católica cristiana)
—Con tan buena memoria —dijo el duque—, no podrá Sancho errar en nada.
Dos pícaros entendiéndose. Que para serlo no hace falta ser pobre.

Antes de irse don Quijote le da unos “buenos” consejos para su alma, básicamente que no interfiera su labor de juez sobre los demás con sus intereses propios y luego otros tocantes al cuerpo; que sea limpio, que a quien madruga Dios le ayuda, etc.….


“Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.”

Sí, señor, pero yo lo que quiero es un ascenso.

Vamos a por un capítulo más en este post.

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta destos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire y puso su discreción y su locura en un levantado punto.

Así comenzaba la Segunda Parte; con don Quijote mostrando su discreción en todo lo tocante a la “«razón de estado» y modos de gobierno”. En efecto, don Quijote es muy disciplinado. Fueron las relaciones internacionales las que le sacaron de quicio como a mí, Cervantes.

Me refiero otra vez a los “alegres comentaristas” que diría el capullo de Rosales (con cariño, no me lo tomen a mal los suyos), para recordar como alaban a su ídolo, mito español eterno, que como rutilante cura subido al ostentoso púlpito nos dice como Dios manda “Sed buenos, temed a Dios” y pasan por alto el gracioso diálogo de los refranes, que parecen irritar a don Quijote porque los encuentras impropios de un gobernador. Es preciso fijarnos en su contenido para ver que Sancho está oponiendo a la lección de su amo otra superior. Don Quijote, irritado le dice él no los encuentra tan numerosos, buenos y sabrosos como Sancho, pero no porque no se los sepa, sino porque no sirven a sus propósitos, para los que le vienen mejor citas de las Sagradas Escrituras. Cojamos los refranes con el copy-paste:

“Más yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena, presto se guisa la cena, y quien destaja, no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener, seso ha menester.


“que para todo hay remedio, si no es para la muerte, y teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere, cuanto más que el que tiene el padre alcalde... Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados, y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe, y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo, y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.


«entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», y «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder», y «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que replicar, como al «salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer». Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno vea la viga en el suy, porque no se diga por él: «espantóse la muerta de la degollada»; y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.


—Eso no, Sancho —dejamos que diga don Quijote—, que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio.

Los comentaristas solo notan lo buen caballero que es y el buen juicio que tiene don Quijote. Y los refranes son graciosos. Sin embargo, Sancho le está exponiendo una sabiduría superior; la de los refranes, la realidad, la de la experiencia; que se puede dejar de monsergas, que el que manda, manda, y no hay más que eso.

Finalmente le dice que no se preocupe, que él es muy Sancho y por ser gobernador de no va a dejar de serlo.

—Señor —replicó Sancho—, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con perdices y capones, y más, que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que solo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar, que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.


—Por Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención: quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos aguardan.

Don Quijote realmente ha sido convencido y superado por Sancho; en efecto, el que manda, manda, y eso es lo que cuenta. Pero lo que que importa es la calidad de la persona –y la de Sancho es buena- y los sermones, sin más, valen de poco.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El caballero del Ideal

En situación con el post anterior, continuamos tras abrazar la Trifaldi las piernas del andante:


“Y dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza y, asiéndole de las manos, le dijo:


Bien puedes preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros que han tratado las armas en el mundo.


A lo que respondió Sancho:


Vuesa merced desembaúle su cuita, y cuéntenosla, y deje hacer, que todos nos entenderemos.

La resumimos: La dueña lo es al cuidado de la princesa Antonomasia, heredera del reino de Candaya, y se enamora del caballero poeta Clavijo al que facilita la conquista a Antonomasia. Éste la deja embarazada y se casa con ella en secreto. La desigualdad del casamiento da un disgusto de muerte a la madre, la reina Maguncia, por lo que el gigante Malambruno, primo de Maguncia, convierte en estatuas a Antonomasia y a Clavijo y a las dueñas todas del palacio –que vimos habían venido con la cara cubierta- les hizo crecer barba. Malambruno accede a desencantarlas si interviene don Quijote, quien dada la enorme distancia hasta Candaya (Ceilán), ha de ir en el caballo de madera Clavileño. Por supuesto, acompañado de Sancho. Llegó Clavileño, subieron en él, se taparon los ojos, puesto que así lo requería Malambruno y devolvemos la palabra a Cervantes para que nos cuente el final de la historia.


“A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría sobre sí Clavileño, que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas y que así no sentiría tanto la dureza.


Hízolo así Sancho, y, diciendo «a Dios», se dejó vendar los ojos, y ya después de vendados se volvió a descubrir y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se viesen. A lo que dijo don Quijote:


—Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura o en el último término de la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió, no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes, a lo menos en presencia mía.”


—Tápenme —respondió Sancho—, y pues no quieren que me encomiende a Dios ni que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos, que den con nosotros en Peralvillo ?
(Peralvillo es un pueblo de la Mancha de Ciudad Real donde la Santa Hermandad ejecutaba a los sentenciados. La ligereza con que se condenaba, sin escuchar al reo, fue origen de la frase hecha «La justicia de Peralvillo que, asaeteado el hombre, le formaban proceso»).

—¡Dios te guíe, valeroso caballero!


—¡Dios sea contigo, escudero intrépido!


—¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!


—¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!


—Señor, ¿cómo dicen estos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?


—No repares en eso, Sancho, que como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.


—Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.


Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.


Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:


—Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.


En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:


—Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.


Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que recibían estraordinario contento; y queriendo dar remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires con estraño ruido y dio con don Quijote y con Sancho Panza en el suelo medio chamuscados.


En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín vieron hincada una gran lanza en el suelo, y pendiente della y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual con grandes letras de oro estaba escrito lo siguiente:


El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y compañía, con solo intentarla.


Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia, en su prístino estado. Y cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la blanca paloma se verá libre de los pestíferos girifaltes que la persiguen y en brazos de su querido arrullador, que así está ordenado por el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las barbas y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición prometía; pero dijéronle que así como Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi, había desaparecido y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual Sancho respondió:


—Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos y por allí miré hacia la tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas: porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.


A esto dijo la duquesa:


—Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.


—Así es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la descubrí por un ladito y la vi toda.


—Mirad, Sancho —dijo la duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.


—Yo no sé esas miradas —replicó Sancho—: solo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas (las Pléyades), y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que si no la cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo ¿y qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar ni pasó adelante.


—Y en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras —preguntó el duque—, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?


A lo que don Quijote respondió:


—Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire y aun que tocaba a la del fuego, pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice sin abrasarnos; y pues no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho sueña.


—Ni miento ni sueño —respondió Sancho—: si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no


—Dígalas, pues, Sancho —dijo la duquesa.


—Son —respondió Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla.


—Nueva manera de cabras es esa —dijo el duque—, y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores, digo cabras de tales colores.


—Bien claro está eso —dijo Sancho—, sí, que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.


—Decidme, Sancho —preguntó el duque—: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón?


—No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.


No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín.


En resolución, este fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a los duques, no solo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera. Y llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:


—Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.

Sancho da una lección a los duques burlándose de su burla, pues como dice bien Vargas Llosa el tema del Quijote es la ficción, o, para nosotros, qué Dios es más Grande. Es entonces, cuando inopinadamente interviene el caballero dispuesto impíamente a comerciar....(como que le da valor).