domingo, 29 de enero de 2012

Las armas, objeto humano decisivo



Te paso el link del capítulo por si quieres leerlo al tiempo que este comentario: http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/edicion/parte2/cap66/default.htm


Vamos hoy a mostrar el sentido del Quijote, con indiferencia de sus dos partes, sin temor a malinterpretación, pues este capítulo ya final es una recapitulación de los motivos del Quijote que podemos encontrar a lo largo de los capítulos.

Primero, un recuerdo al capítulo pasado en el que nos repetía incesantemente la palabra “desarmar”.

Ahora, tristemente, la reflexión suele acontecer solo tras la derrota.

¡Aquí fue Troya!

Todo destruido, todo arrasado.

Pero aún seguirá arrasando el troyano Eneas o los romanos en su nombre. ¿Hasta cuando?…… ¿hasta que no quede vida?

A continuación tres movimientos: 1. “Fue mi desdicha y no mi cobardía, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas”. 2. “la fortuna es mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve que hace, ni sabe a quien derriba ni a quién ensalza”. 3. “No hay fortuna en el mundo; cada uno es artífice de su ventura”.

En efecto, no es la fortuna, realmente se podía prever que las “caballerías”, las armas, eran desiguales.

A continuación, otra repetición constante de la obra:

Atreviose”, por caballero, de todos modos don Quijote, y fue derrotado. Antes –como caballero- “acreditaba sus hechos con sus obras y sus manos” (hacía, forzaba), ahora –como escudero – cumple su palabra (cumple, obedece). Palabra que dio con la punta del lanzón en el cuello.

Propuesta de Sancho:

“Dejemos estas armas colgadas de algún árbol, en lugar de un ahorcado” (refiere a los bandoleros ahorcados que vieron previos al encuentro con Roque Quinart)

Responde don Quijote con otro motivo permanente:

Nadie las mueva


que estar no pueda


con Roldán a prueba.



Y aún más consideraciones sobre la “caballería”:

“—Todo eso me parece de perlas —respondió Sancho—, y si no fuera por la falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado.”

Y una nueva reflexión:


—¡Pues ni él ni las armas —replicó don Quijote— quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!


—Muy bien dice vuestra merced —respondió Sancho—, porque, según opinión de discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo.

En efecto; el ejercicio de las armas, que no las armas mismas, es “virtual”; no depende de determinados medios. Y ese ejercicio se puede reducir al ataque cuando nuestros medios sean superiores y a evitar el choque en el caso de que sean inferiores.

Hechas ya tales consideraciones, se encuentran con unos labradores que les proponen el siguiente dilema:


—Es, pues, el caso —dijo el labrador—, señor bueno, que un vecino deste lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos con pesos iguales; y habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.

No es el loco el que contesta sino el gobernador Sancho, que no cuenta con otro recurso sino que el mismo que todos compartimos, con el que también debemos entender este libro; el sentido común:

“—Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino ni tiene sombra de justicia alguna. Porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las armas, no es bien que este las escoja tales que le impidan ni estorben el salir vencedor”

La superioridad o inferioridad de las armas resulta en, ni más ni menos, que en vida o muerte en el combate, o de otro modo, el “virtual” civil o permanente: en la libertad o en la sumisión, en hacer o en obedecer y, por lo tanto, el arma es el objeto humano decisivo desde el que se entiende, interpreta, la realidad toda. De este modo, el sentido común queda subordinado a la determinación de ese objeto decisivo. Y todo el Quijote, que es el libro del sentido común, apunta en todo lógicamente a la Armas.

Y eso que es evidente y todos sabemos, nos lo ocultamos, sin embargo, en su virtualidad. Y así dicen los labradores a la sentencia de Sancho la estupidez más grande que se puede leer en el Quijote que, con humildísimo perdón, es lo que les pasa a sus comentaristas en general y todo bicho viviente; que tienen el sentido común a la mano y buscan tratar las cosas por los cerros de Úbeda:

“—Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte. Que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.”

Pero aún se encuentran con Tosilos y don Quijote no quiere reconocerlo, por que a fuerza de querer saber “quien es el mismo” niega la realidad, la personalidad de los otros bajo el efecto de la violencia armada.

Por eso Cervantes es piadoso, pues no se ama si no es a todos los hombres; porque la violencia que nos hacemos unos a otros es siempre sin querer y todos somos interdependientes.

—¡Oh, mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!


—No os conozco, amigo —respondió don Quijote—, ni sé quién sois, si vos no me lo decís.


—Yo, señor don Quijote —respondió el correo—, soy Tosilos, el lacayo del duque mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez.


—¡Válame Dios! —dijo don Quijote—. ¿Es posible que sois vos el que los encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por defraudarme de la honra de aquella batalla?


—Calle, señor bueno —replicó el cartero—, que no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme parecido bien la moza; pero sucedióme al revés mi pensamiento, pues así como vuestra merced se partió de nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego de cartas al virrey que le envía mi amo.

Ni siquiera este “malvado” duque es objeto de odio por parte de Cervantes, pues entiende que su deber supremo es velar que se cumplan sus órdenes. En cuanto a las Rodríguez ya sabemos que se le declararon “extranjeras”, salieron de su jurisdicción y se independizaron para que el duelo pudiera tener lugar.

Del mismo modo que tampoco siente Cervantes odio por los abusos de los poderosos, abuso sexual -sobre todo en tiempos pasados, corrupción, etc., porque la tentación no se puede resistir….cuando la ocasión se sirve.

Ahora Tosilos nos habla a todos, porque al igual que don Quijote vemos el mundo “subjetivamente”, sin comprender como nos median las armas. Y como él, así estamos pagando caro y aún más caro:

—Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.


—¿Cómo debe? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él, pero ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna.

En raros tiempos de terror atenuado como ahora, a ver si se nos adoba el entendimiento y cambiamos nuestra ventura.

Sentido común:


Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer

lunes, 23 de enero de 2012

¿De qué me alabo?, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada

Sigue don Antonio al de la Blanca Luna para averiguar quien era: Éste entró en un mesón del que “salió un escudero a recebirle y a desarmarle”, “en tanto que este mi criado me desarma os lo diré sin faltar un punto a la verdad del caso”. Finalmente; “hecho liar sus armas sobre un macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla se salió de la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria”.


Con don Quijote en cama, reflexiona Sancho:

—Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla quebrada; y pues sabe que donde las dan las toman y que no siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le cure en esta enfermedad, volvámonos a nuestra casa y dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos. Y si bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque es vuestra merced el más malparado: yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería, y así vienen a volverse en humo mis esperanzas.

—Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año, que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane y algún condado que darte.


Cervantes nos ha venido mostrando que la realidad es objetiva y todo tiene en ella una explicación y así siempre nos la da aclarándonos los hechos que inicialmente aparecen oscuros; por ejemplo, quien era el caballero de la Blanca Luna y de los Espejos, la traza de la cabeza encantada, quien era maese Pedro, etc. Sin embargo, para manifestar el sentido de las relaciones humanas utiliza a un loco cuya visión del mundo es la siguiente:

1. Todo es lucha o injusticia en esta Edad de Hierro 2. El sistema de la sociedad es piramidal y la punta de la pirámide son los reyes o emperadores que ordenan el resto. 3. Se accede a la punta de la pirámide por el ejercicio de las armas, por la violencia o “caballerías”. 5. El fin de las armas es la paz, esto es una justicia cuyo sentido es la organización de la pirámide, castigando a los “malos” y dando condados y cargos a los escuderos. 6. Las caballerías o armas siempre son honradas, se justifican con el deseo del bien para todos y se prueban por el riesgo al que en ellas uno se expone que manifiesta una superior entrega o desapego.

Hasta este punto don Quijote no nos parece loco; si está dispuesto a arriesgar su vida en el ejercicio de las armas, lógicamente debe pretender llegar a emperador o rey y declarando sus intenciones puede ganar escuderos o seguidores. Pero el autor decide que sea un loco como ponen de manifiesto sus alucinaciones de la Primera Parte y, como muchos comentaristas señalan, su proceder es anacrónico dada la evolución de las artes de la guerra, de modo que no le caben más escuderos que el ignorante, ambicioso y compasivo Sancho. Finalmente, aunque prefiere morir a renunciar a Dulcinea, el caballero loco es derrotado y reducido.

Este es el asunto de la novela, producto del deseo de su autor; veamos ahora la mezcla de esta “verdadera historia” con la historia verdadera.

En esto estaban, cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de grandísimo contento:

—¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por él está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey y será aquí al momento.

Alegróse algún tanto don Quijote y dijo:

—En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi brazo diera libertad no solo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en Berbería. Pero ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?


La ocasión de arriesgar la vida para ganar fama y poder es real y don Quijote ve ésta como una ocasión perdida para él, también el interés del renegado es acreditarse para congraciarse con las Iglesia y con la Patria, pero en general el soldado va a combatir a países enemigos por “necesidad”.

Damos un tercer paso para abandonar a don Quijote con sus pensamientos y quedarnos ya a solas con la realidad, para ello el autor adopta un nuevo distanciamiento señalando que Ricote era, “al parecer, bienintencionado” y dirimen los personajes cuerdos como hacer que los moriscos, expulsados por heroica resolución de Felipe II mediante el incorruptible e inflexible brazo de Bernardino de Velasco, se queden en España con su belleza y sus riquezas.

De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bienintencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo, donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.

—No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática—, no hay que esperar en favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que molifica, y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, que con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!


Cervantes, como de ordinario, remueve los cimientos del orden del mundo; son los renegados los más hábiles y capaces y los moriscos los más valientes, hermosos, discretos, valentísimos, e incluso los más católicos, aquí se habla de intentar corromper la ley para hacer un bien….

El autor no nos deja saber el resultado de sus gestiones ni nos habla más de ellos, la historia no tiene nada que demostrar pues es la sucesión de violencias, pero la novela continúa y el caballero se nos ha desvelado; no se le puede relacionar con la “justicia”, como hacen la Letras con los caballeros. La lucha se produce siempre y solo contra el infiel, el extranjero, con independencia de las justificaciones que se den para ello, y no tienen que ver con la justicia verdadera, la humana; así nos quedan claros los discursos del discreto Ricote, como los de Cervantes, como los de todos nosotros, ni justos ni injustos, simplemente sometidos.

Con esto se partieron los dos, y don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don Quijote, desarmado y de camino; Sancho, a pie, por ir el rucio cargado con las armas.


sábado, 14 de enero de 2012

Basta de hacer el payaso

“Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de conveniente, y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus armas y caballo, que él le sacaría a pesar de toda la morisma, como había hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.


—Advierta vuesa merced —dijo Sancho, oyendo esto— que el señor don Gaiferos sacó a su esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues está la mar en medio.

—Para todo hay remedio, si no es para la muerte —respondió don Quijote—, pues llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque todo el mundo lo impida.

—Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced —dijo Sancho—, pero del dicho al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy hombre de bien y de muy buenas entrañas.

Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomaría el espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbería.”


Dámaso Alonso señala la muy posible influencia sobre El Quijote del estrafalario personaje Camilote que aparece con su feísima amada Maimonda entre otros personajes del Primaleón escrito en 1512. El verdadero título del Primaleón es Libro Segundo del Palmerín, pues, en efecto, es la continuación del Palmerín de Oliva, ambos de Francisco Vázquez, vecino de Ciudad Rodrigo, y ambos gozaron de gran popularidad a tenor de las muchas ediciones que de él se hicieron a lo largo del siglo XVI. Señala Dámaso siete coincidencias con El Quijote que considera demasiadas como para ser obra de la casualidad: 1. Ambos son hidalgos 2. Ambos se lanzan en busca de aventuras y para empezarlas necesitan ser armados caballeros 3. Los dos están ridículamente enamorados, uno de la horrible Maimonda y otro de la zafia Aldonza Lorenzo, y los dos creen a sus amadas más bellas que las más hermosas mujeres del mundo 4. Uno y otro desafían a todos los caballeros para que reconozcan la hermosura de sus damas 5. Uno y otro hacen acompañar esa extravagancia fundamental de una serie de indicios estrafalarios, en vestido, modales, etc. 6. La reacción del mundo es la misma ante uno y otro hidalgo desatinado: se mofan de ellos. 7. El paralelismo de los nombres: El hidalgo Camilote y el hidalgo don Quijote.

Sobre el mismo planteamiento solo les diferencia el que Camilote va haciendo reconocer a caballero tras caballero la belleza de la fea Maimonda matándoles uno a uno hasta ser muerto él mismo por D. Duardos. Siendo Cervantes un consumado conocedor de los libros de caballerías y dada la gran fama del Primaleón no hay duda de que lo conocía, sentencia Alonso y añade que, si bien el Quijote puede quedar bajo la influencia de otras obras, ninguna de ella explicaría la idea central del libro: la fe en la hermosura de su Dulcinea (su Maimonda) tratada en vano de imponer al escéptico mundo.

Y aún hay más; sobre el matador de Camilote, don Duardos, hace una versión el genial dramaturgo portugués Gil Vicente; La Tragicomedia de don Duardos en la que, de modo idéntico al Quijote, ya se centra en el aspecto cómico, comedia que Cervantes, sin duda, también conocía.

Y, he aquí que llega hoy el don Duardos de Cervantes:


Y una mañana, saliendo don Quijote armado de todas sus armas, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente que dijo:


Yo soy el Caballero de la Blanca Luna. Vengo a contender contigo y hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego.


Y el visorrey: —Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el señor don Quijote está en sus trece, y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.


“volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos, y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:


—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.


Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:


—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.


—Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.

El caballero de la Blanca Luna, no se presenta tras una dama Casildea ni más literatura, como hiciera el de los Espejos, su dama es “sea quien fuere”, dice, no lleva señales que le signifiquen solo el blanco, por blanco de la Blanca Luna, “va de punta en blanco”, bien preparado, va a lo suyo y concluye su tarea. Don Quijote no quiere renegar de su dama, a él eso le trae al pairo. Nos recuerda a ciertas aventuras que acabamos de pasar en que la fantasia lírica es puesto de golpe en términos puramente reales.

Cuando luego encuentra don Antonio Moreno a Sanson, el Caballero de la Blanca Luna se lamenta:

“Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?

Sansón dice:
“soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha (aún más que el castellano), cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos, y entre los que más se la han tenido he sido yo; y creyendo que está su salud en su reposo y en que se esté en su tierra y en su casa.

sábado, 7 de enero de 2012

Ponte en mi lugar

Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
 Insiste Cervantes en cuanto puede, aquí como en muchos otros pasajes, en presentarnos a un don Quijote, si en alguna ocasión leído e inteligente, siempre como un creyente mentecato, y no exagero para fundamentar mejor mi propia interpretación; el siguiente capítulo lo introduce en modo muy semejante a éste; con don Quijote diciendo que rescatará a Gaspar Gregorio de la morisma como ya hizo con Melisendra. De modo que, por más que la mayoría de las interpretaciones lo presenten como “el caballero de la fe en el ideal” no podemos menos de preguntarnos, ante tamaña evidencia en contrario, de donde proviene ese afán ¿no será de los centinelas de la fe? Al menos el quijotesco Unamuno no es tan inconsciente, y lo resuelve, consecuentemente, negando la existencia de Cervantes para presentársenos él mismo como autor del Quijote, pero ¿y los otros? No hay duda que nadie puede pretender que Cervantes se identifique con el caballero puesto que está loco, pero tampoco más allá de su locura como decretaron los románticos o los discípulos de Menéndez Pidal, pues cuando don Quijote juzga sobre lo que “no son asuntos caballerescos”, como los poderes del mono de maese Pedro, o de la cabeza encantada, o sobre el rescate de Gaspar Gregorio…., se nos presenta siempre como muy poco discreto, o justo lo contrario, calificación que lo dice todo en términos cervantinos.

Visitan la marina de Barcelona y los barcos de guerra, las galeras, que fondeaban allí. Dice Sancho

«Estas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo que anda por aquí silbando tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que este es infierno, o por lo menos el purgatorio».
Se nos presenta ahora un relato, de la llamada novela bizantina, al estilo de algunas de las Ejemplares o del Persiles, pero veamos lo que hay en ella de chocante detrás de la aventura:

Descubren corsarios, salen en su búsqueda las galeras, los capturan, los capitanea Ana Felix, hija de Ricote. Se suspende su ejecución para darle tiempo a contar su historia:

—De aquella nación más desdichada que prudente sobre quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como en efecto lo soy, y no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro decir esta verdad, ni mis tíos quisieron creerla, antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y, así, por fuerza más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche, criéme con buenas costumbres, ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca.

Ni las autoridades ni sus tíos dieron crédito, o valor, a su condición de creyente católica. Los unos la expulsaron y los otros a la fuerza se la llevaron.

A Argel, donde fueron, la siguió su enamorado Gaspar Gregorio disfrazado de morisco –pues, como algunos señalan, el Quijote es un baile de mascaras. El rey de Argel se enamora de ella pero pudo esquivarlo con el cebo de la riqueza que había dejado enterrada su padre, a la sazón Ricote, de modo que el rey de Argel la envía a por el tesoro al mando del bergantín en el que venían, y a Gaspar Gregorio lo deja de rehén, al que disfrazan de mujer por parecerles que conviene más a su seguridad.

Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba.
Quedan todos conmovidos por su historia y confirmada por su padre, allí presente, y por Sancho (sorprendentemente don Quijote no abre la boca, pese a ser de la misma aldea).

Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba; ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar dél los cristianos que habían de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote su padre dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.

Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible, que de su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo: tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.
Es todo ello un canto a la simple humanidad, a la piedad, de los allí presentes y nuestra, para la que disuelve previa y explícitamente la religión, el estado y hasta el género, en este maremágnum de confesiones, injusticias y travestismo, de un modo semejante como ya había sucedido con la historia del cautivo en la Primera Parte:

1. Cervantes, como sido notado por Vicent Llorens, distingue entre el puesto, la máscara que asume uno en la sociedad, -en el tablero de ajedrez, que dirá Sancho- que le lleva al rigor, la severidad y a ser ejecutor de una justicia implacable que cae, como vemos, sobre justos y pecadores, y el carácter humano, como vemos repetidamente en el virrey que se deshace ante la hermosa y gallarda presencia de Ana Felix, lo que Llorens califica de “esferas incomunicables”.

2. Ana Felix es una heroína católica, el ideal, particularmente en la literatura de su época, que con sus desdichas manifiesta la tragedia del hombre atrapado en el torbellino de la guerra, que en nada ni en nadie repara, como la misma muerte.

3. Y al mismo tiempo es el renegado, como también ya lo fue en la primera parte, la persona que, con independencia de su fe, o de su pecado, es más valiosa y capaz, lo opuesto al caballero y particularmente a don Quijote.

La novela bizantina son las Letras, que falsean la realidad para embellecerla y darle un final feliz a gusto del autor, pero una vez que ese retórico ornamento con un soplo se sacude, nos aparece la verdad de la historia o guerra, la de las armas, por la que Ana Felix no regresa a España ni se rencuentra con su padre.

Es muy seguramente este “humanismo” cervantino, un humanismo no ideológico, incluso contra-ideológico, simplemente, inteligente – por haber sido Cervantes hombre de armas. El mismo humanismo que muchos intelectuales, según sus tendencias o recursos ideológicos, han querido hacer derivar del humanismo cristiano de Erasmo, así como otros han querido hallarlo también en el protagonista disfrazado de caballero, mezclando una cosa y otra, pues los “ideales” del caballero han de ser también “humanos” para justificarse, pero lo cierto es que no solo no resuelve nada sino que su actitud solo es posible como producto de la locura. Por eso, Unamuno, estudioso de los terribles griegos, o los centinelas de la fe, intentan construir sobre lo que es simple locura -la voluntariedad de don Quijote por la violencia precisamente porque se cree los libros- el mito o el Cristo español, ante el que hacer rituales y rezar arrodillados.

domingo, 1 de enero de 2012

El desencanto de Dulcinea

“Al son de las chirimías y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad; al entrar de la cual, el malo que todo lo malo ordena, y los muchachos que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas y, apretando las colas, aumentaron su disgusto de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra”




Si antes de la estancia en el castillo de los duques mencionamos que revoloteaban en la imaginación de Cervantes los héroes griegos clásicos, Aquiles y Ulises, se nos presenta ahora la parte final en cierta concordancia con el evangelio cristiano. La Pasión; de alguien, como don Quijote, que acepta la muerte antes que renunciar a su fe (O como Sócrates, a sus convicciones). Y se inicia con la llegada de don Quijote a Jerusalén, Barcelona, el domingo de Ramos o Pascua, aquí San Juan. Si el modelo griego, heleno, está basado en la fuerza activa, irresistible que se impone, el cristiano, mariano, en la pasiva, inamovible, que no se somete, a la que gasta Cide Hamete, como de costumbre y para que no queden dudas, una broma mediante los chicos animados por el Malo.

El siguiente capítulo
“trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse”.


Pilatos, Antonio Moreno, lo desarma y saca al balcón para regocijo de las gentes y luego le da una vuelta no en el caballo, sino en un macho, donde le interpela el castellano diciéndole que no haga el ridículo, cuando, mejor, le podría haber descubierto el rótulo que llevaba a la espalda, pues son las pruebas las que convencen y no las palabras, fáciles de disolver como hace don Antonio. Como dirá luego la cabeza encantada, el emperador romano; las obras manifiestan la voluntad.

En efecto, el papel de don Quijote es en buena parte de la segunda pasivo, especialmente según se avanza hacia el final; ni tiene que ver con los moriscos ni Ana Félix, el héroe es Roque en las aventuras pasadas, al que ni siguiera acompaña con Claudia Jerónima, nos sirve simplemente de vehículo en el viaje que hacemos con el autor. Únicamente, como paciente sufre las tentaciones del Malo:

Entre las damas había dos de gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Estas dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no solo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado y, sobre todo, nonada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él también como a hurto las desdeñaba; pero viéndose apretar de requiebros, alzó la voz y dijo:

—¡Fugite, partes adversae! Dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.

Y diciendo esto se sentó en mitad de la sala en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:

—¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pensáis, que estáis engañado: hombre hay que se atreverá a matar a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte, pero en lo del danzar no doy puntada.


Al igual que le recomendaba a Altisidora, la clave de la respuesta a la tentación, de la que no se libra ni el rocín ni el que lo monta, está en no pensar- que no sirve más que para darle pábulo y entrada, sino en actuar con resolución, aunque a don Quijote el ridículo le es inmanente.

Al día siguiente le muestra don Antonio, como le había prometido, la cabeza encantada

Si ya hemos mencionado arriba como los ideólogos echan mano de una supuesta psicología humana subyacente al loco, volvemos nosotros a la “la obra que manifiesta la voluntad de su autor”; y es ésta un proceso sostenido de bromas y enredos que primero se nos presentan sorprendentes para luego solucionarse y acabar al descubierto, de modo que comprendamos como la verdad de la realidad está clara siempre y para todos y hemos de poner nuestra “confianza” solo en ella y no en otra cosa. Muy repetidamente comienza Cervantes que “algo parecía…pues, en efecto, las cosas de lejos simplemente no se reconocen inmediatamente, y hemos de conjeturar hasta que luego “resultó que era….” Y así todas sus historias, como la de la cabeza encantada no podía ser de otra manera; era un artificio, como lo son los trucos de magia, para causar asombro y dar entretenimiento. Pero dice más:

Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina, pero que divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase.

Así que la historia de la cabeza encantada concluye en los “centinelas de nuestra fe”, esto es: en la cabeza no se puede creer, pero hay, de todos modos, una creencia oficial. Esta no la podrá Cervantes encarar directamente, y ese es precisamente el problema de sus intérpretes, que ellos también son oficiales o al menos públicos -hasta que ha llegado internet, pero el propósito del libro nos es claro, y debemos buscar en él una respuesta también al “engaño” oficial. Y ahora sin miedo, pues nos debemos antes a nuestros semejantes que al estado. Y en nuestros semejantes hemos de depositar nuestra esperanza, que, por tanto, ya no es esperanza sino sabiduría.

Tenemos precisamente esta tesis expuesta en El concepto de verdad en el Quijote, de Parker. Este dice: no solo don Quijote se engaña con la bacia, todos los demás se burlan de la verdad, de lo que hemos de concluir que que cada cosa tiene su verdad inalterable, pero la mente humana tiene que interpretarla. Los sentidos no engañan, pero los hombres si. Y, como el hombre es un ser social, el conocimiento de la verdad no solo depende de cómo interprete él la realidad, sino que depende también del testimonio de los demás hombres. Y cuando este falla, surge la confusión y la perplejidad. El mundo es razonable de suyo; sin embargo, reina en todo él la discordia del campo de Agramante, puesto que los hombres son muy propensos a falsear la verdad cuando creen que les conviene. La suscribo totalmente.

Pero tenemos aquí repetido el mismo caso que con la muerte de don Quijote, que Parker se ve, lógicamente, incapaz de resolver, o abordar, con su tesis. La cabeza encantada es retirada por los centinelas de nuestra fe, y don Quijote al final de su vida muere, y dice que ya no es don Quijote, como señala Parker; “que no se ha de burlar el hombre con el alma”, de modo que cambia su creencia en los libros de caballerías por el cristianismo; se confiesa y toma la Extremaunción.

Sancho, como el pueblo, acostumbrado a vivir con el engaño ha desarrollado una manera de tratarlo; simplemente identifica en él si le puede aportar algo personalmente, por eso no puso en cuestión los cuentos de las caballerías de don Quijote, como, por ejemplo, no le va ir a llevar la contraria al cura del pueblo, por lo mismo aquí simplemente no queda contento con la cabeza encantada.

“—Bestia —dijo don Quijote—, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta? (para que nos maraville oir hablar a la piedra)

—Sí basta —respondió Sancho—, pero quisiera yo que se declarara más y me dijera más.”