sábado, 26 de febrero de 2011

¡Otro mundo es posible!

¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué don Quijote, que vio castillos donde había ventas, gigantes donde molinos, ejércitos donde ovejas, ve a una aldeana en lugar de la princesa Dulcinea como piadosamente le sugiere Sancho?


Nos lo ha cambiado su sibilino autor.

En la segunda parte en lugar de ser don Quijote el que imagina y ve en todo cuanto le rodea un mundo fantástico semejante al de los libros de caballería, son los que ya conocen su locura por experiencia, como Sancho, o por haber leído la primera parte, Carrasco, los Duques, don Antonio, etc., los que le manipulan porque lo conocen.

Me vienen a la memoria en este punto las enseñanzas de las escuelas de la estrategia china, que si hubiera que resumirlas con una palabra sería “engaño” y si con una frase; “conoce al otro y lo tendrás en tus manos”.

Igualmente me recuerda a la picaresca, auténtica marea literaria del siglo XVI español, que trata del abuso de la “buena fe”, o creencias de los otros, tanto obteniendo limosna con efectivas invocaciones, cuasi conjuros, como averiguando la mente de sus víctimas.



Y una nueva y aguda muestra de la transformación de don Quijote es la aventura de la carreta de Las Cortes de la Muerte:

Inicialmente don Quijote se planta frente a la carreta y pregunta a sus pintorescos pasajeros quienes son; queda satisfecho de su respuesta y dice:

—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño.


Pero no es este el desenlace del encuentro, pues el botarga, con unas vejigas infladas que llevaba, asusta a Rocinante que da con el caballero en tierra. Y siguen sus desgracias cuando, al dejar Sancho el rucio para socorrer a su amo, monta sobre él el mamarracho llevándoselo y martirizándolo a golpes de las vejigas que llevaba. A lo que nuestro señor don Sancho:

“antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno”

Quiso luego responder don Quijote la ofensa, pero, como se pusiesen en formación los farsantes y se apertrecharan de piedras, se deja convencer por Sancho de que no tienen nada que ganar sino mucho que perder. Decide don Quijote cesar en su ataque por no haber entre ellos caballeros, o ganancia, como le dice Sancho, y tampoco llega a agredirles el buen escudero, por no ser de cristianos tomarla de los agravios.

Comentan lo poco que hubieran valido los despojos. (El novedoso agnosticismo de don Quijote les deja en simples bandoleros)



También, a propósito, comentan la semejanza entre la comedia y la vida:

—Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura

. —Brava comparación —dijo Sancho—, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

Como de ordinario, es mejor y más inteligente la comparación de nuestro señor don Sancho, lo reconoce el pedante de su amo, pues mientras en la comedia el autor hace aparecer a diversos personajes según su conveniencia, y a menudo arbitrario e ignorante criterio, el tablero de ajedrez representa a la sociedad entera y los que la han de formar al completo. Los puestos estás creados y diferentes personas, diferentes vidas, los ocupan calzándose sus botas y vistiéndose sus hábitos y siguen en ellos hasta que otros, aún no nacidos los puedan ocupar.

De la soberbia del amo, enjuiciandole, da ajustada cuenta su criado replicandole que si acierta es gracias a él, que le sirve, a su ingenio como a la seca tierra, de estiercol. 

No es la naturaleza, sino la forma específica de comportarse los hombres; a diferencia de la naturaleza de los animales que saben relacionarse en más variadas formas y hasta guardarse amistad sin seguir necesariamente esa maligna estructura, lo que nos demuestra que esa es, aún si exterior, propia del hombre, que el arma, dada su capacidad de prevenir, le genera.

Canta Cide Hamete la amistad del asno y el rocín a la que dedica varios capítulos (que no transcribe el autor cristiano por no haber sido capaz de hallarles el alma);

“cuán firme debió ser la amistad destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:

No hay amigo para amigo:

las cañas se vuelven lanzas;

y el otro que cantó:

De amigo a amigo, la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son, de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
¡Qué mentecato don Quijote! ¡Qué buen discipulo de su burro Sancho!

martes, 22 de febrero de 2011

La borrica

Dulcinea no tendría necesariamente por qué representar España, aunque es, en efecto, la inspiración real y unívoca de los combatientes del lado cervantino, entre los que hemos de considerar al vejete su hijastro. Era, como vimos, en el capítulo de los mercaderes toledanos Dulcinea el Catolicismo que intentó imponer Felipe II a los anglicanos, y aún parece rememorarse esa figura según hemos leído en el pasaje anterior. Pero no hay a qué atenerse; ya hemos visto como las gasta este autor que gira el sol a la velocidad que le conviene.


Cervantes, aunque bromista, amaba España, pues, si harta de ajos, se mostró ligera, recatada, aunque sin estilo,. y era doncella, mientras que hoy, ya sin aliento, es vieja y desdentada con lo que el amor a ella se hace, si cabe, aún más puro.

Cervantes, sin embargo, lector de los clásicos, hubiera preferido hacérnosla contemporánea y democratizarla, montándola en borrica. Y ¡por Alá! que así lo hizo:


Así que, con la luz que llegó del día, se embosca don Quijote en una floresta y encarga a Sancho la misión de localizarla:



“Y  sucedióle todo tan bien, que cuando se levantó para subir en el rucio vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara”

“Ya en esto salieron de la selva y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turbóse todo y preguntó a Sancho si las había dejado fuera de la ciudad.

—¿Cómo fuera de la ciudad? —respondió—. ¿Por ventura tiene vuesa merced los ojos en el colodrillo, que no vee que son estas las que aquí vienen, resplandecientes como el mismo sol a medio día?

—Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tres borricos.

—¡Agora me libre Dios del diablo! —respondió Sancho—. ¿Y es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el campo de la nieve, le parezcan a vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor que me pele estas barbas si tal fuese verdad!

—Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.

—Calle, señor —dijo Sancho—, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.

Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas y, apeándose del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras y, hincando ambas rodillas en el suelo, dijo:

—Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos, de verse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la Triste Figura.

A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su compañera; pero rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohína, dijo:

—Apártense nora en tal del camino, y déjenmos pasar, que vamos depriesa.

A lo que respondió Sancho:

—¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y sustento de la andante caballería?

Oyendo lo cual otra de las dos, dijo:

—Mas ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad con qué se vienen los señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas como ellos! Vayan su camino e déjenmos hacer el nueso, y serles ha sano.

—Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.

—¡Tomá que mi agüelo! —respondió la aldeana—. ¡Amiguita soy yo de oír resquebrajos! Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.

Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo.

Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el prado adelante; y como la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, de manera que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo, porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica y, puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:

—¡Vive Roque que es la señora nuestra ama más ligera que un alcotán y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano! El arzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas, que todas corren como el viento.

Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua. Siguiólas don Quijote con la vista, y cuando vio que no parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:

—Sancho, ¿qué te parece cuán mal quisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna . Y has también de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos , que me encalabrinó y atosigó el alma.

—¡Oh canalla! —gritó a esta sazón Sancho—. ¡Oh encantadores aciagos y malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo.

—A ese lunar —dijo don Quijote—, según la correspondencia que tienen entre sí los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.

—Pues yo sé decir a vuestra merced —respondió Sancho— que le parecían allí como nacidos.

—Yo lo creo, amigo —replicó don Quijote—, porque ninguna cosa puso la naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a mí me pareció albarda que tú aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?

—No era —respondió Sancho— sino silla a la jineta, con una cubierta de campo que vale la mitad de un reino, según es de rica.

—¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! —dijo don Quijote—. Ahora torno a decir y diré mil veces que soy el más desdichado de los hombres.
Si, democracia, una y mil veces; que más vale esta doncella, aunque apeste a ajo, que todas las princesas que en el mundo han habido:

—¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres -

lunes, 21 de febrero de 2011

Donde se prueba sin remisión la falsedad de esta insolente historia

Puestos ya en camino para mayor gloria de Alá el escudero bueno y su enloquecido amo en pos del Toboso a visitar a Dulcinea que les inspire, más que nunca y verdaderamente, el ánimo guerrero una vez fuera de su tierra en armas, del modo mismo en que lo viviera Cervantes por su amadísima España, a la que los generales entonaran sus arrojadas arengas con objeto también de acrecentar el ánimo, la avidez en el combate, la enfervorizada entrega, la decidida resolución, la compostura en el último ademán, la determinación en su máxima expresión... y por la que en alta y cruenta batalla perdió su izquierdo brazo el Príncipe de los Ingenios españoles.


Acude allí donde habita, en su centro profundo e íntimo, guiado por un sencillo hombre del pueblo, rústico y cristiano antiguo que se la muestre, quién ya se viera en ocasión de confesarla:

“Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, para hallar en su oscuridad disculpa a su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban en el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero”.
Con todo esto, dijo a Sancho:

“—Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemos despierta.

—¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol —respondió Sancho—, que en el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?

—Debía de estar retirada entonces —respondió don Quijote— en algún pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.

—Señor —dijo Sancho—, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora esta por ventura de hallar la puerta abierta? ¿Y será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan y llaman y entran a cualquier hora, por tarde que sea?

—Hallemos primero una por una el alcázar —replicó don Quijote—, que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte, Sancho, o que yo veo poco o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.

—Pues guíe vuestra merced —respondió Sancho—: quizá será así; aunque yo lo veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día.

Guió don Quijote, y habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

—Con la iglesia hemos dado, Sancho.

—Ya lo veo —respondió Sancho—, y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida.”
Es en este punto cuando éste tan puntilloso como arrogante autor amanece cuando le da la gana:

Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacía el arado, que arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a ir a su labranza, y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance que dicen:

Mala la hubistes, franceses,

en esa de Roncesvalles.

—Que me maten, Sancho —dijo en oyéndole don Quijote—, si nos ha de suceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

—Sí oigo —respondió Sancho—, pero ¿qué hace a nuestro propósito la caza de Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Llegó en esto el labrador, a quien don Quijote preguntó:

—¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

—Señor —respondió el mozo—, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este pueblo sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo. En esa casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos o cualquier dellos sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso, aunque para mí tengo que en todo él no vive princesa alguna: muchas señoras, sí, principales, que cada una en su casa puede ser princesa.

—Pues entre esas —dijo don Quijote— debe de estar, amigo, ésta por quien te pregunto.

—Podría ser —respondió el mozo—; y adiós, que ya viene el alba.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sancho y los judios

"¡Bendito sea el poderoso Alá!,

dice Cide Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. <<¡Bendito sea Alá!>> repite tres veces y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y Sancho"
El dialogo que mantenía con su sobrina lo continúa ahora con Sancho. Éste, como aquella, le hace un propuesta alternativa.
“—Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que, según ha poco, se puede decir desta manera) canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dicen, la espada de Roldán en la armería del Rey nuestro Señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos”.
Pero para que diera Sancho en semejante desvarío tuvo lugar el siguiente prólogo:

Según se dirigen al Toboso a buscar a Dulcinea, se expresa Sancho en términos poco acordes con el juicio que de ella tiene don Quijote, por lo que manifiesta su temor de

"que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras".


Como, quizás, la conversión, confesión y muerte con las que se deshace de él su falsario y embelesador autor, para el que ciertamente de esas niñerías no se sigue la salvación eterna como se le viene adjudicando por parte de su gran mayoría de intérpretes fieles de la verdad.

Y lo mismo que a don Quijote le acontece sospechar a Sancho:

"y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren".
Confirma don Quijote el deseo de fama de Sancho como algo propio del ser humano, y así relata varios casos que manifiestan este anhelo, pero acaba por decir;

"Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama".

“Dígame, señor –prosiguió Sancho- esos Julios y Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?

Los gentiles –respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio, o en el cielo

—Está bien —dijo Sancho—, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos señorazos ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?

Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos.... Pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas, ni con otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados." Respondió don Quijote.

—A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?

—La respuesta está en la mano —respondió don Quijote—: más es resucitar a un muerto.

—Cogido le tengo —dijo Sancho—. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

—También confieso esa verdad —respondió don Quijote.

—Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto —respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos, que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos, o sus reliquias, llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.

—¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote”.
Es entonces cuando le propone Sancho que se hagan frailes en lugar de caballeros, según el texto que no repito porque lo copié ya arriba.

“ —Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria.

—Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.

—Eso es —respondió don Quijote— porque es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros.

—Muchos son los andantes —dijo Sancho.

—Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre de caballeros”.
La fama es en general un camino duro, difícil y ciego, como se ve por los hechos mencionados. De momento, en efecto, queda mejor la fama alcanzada en virtud del poder sobre los demás, como esos señorazos de los que habla Sancho, que como los frailecicos descalzos a los que beatificaron por el despiadado uso de las cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos. Los unos, caballeros, príncipes y reyes, han consolidado el poder de algún estado y dinastía o régimen, los otros, sufridos frailecicos, consolidan el poder de su coalición, el vínculo en la creencia, y, por ello, a los muertos famosos, o de extraíble fama, el futuro les recuerda en función del uso que de ellos se puede hacer por parte de los vivos. De éste modo es normal que aquellos que arriesgaron su vida o sacrificaron su libertad para ser recompensados con esa fama sean buenos ejemplos para los que en éste momento ponen vida y libertad de buena fe a disposición de sus correligionarios. Por lo general a eso se remite la fama.

La pena es que ponen su vida y su libertad a disposición de su correligionarios y no del hombre del modo que pretenden don Quijote y los caballeros andantes, porque, como dice Sancho, “y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos”.

viernes, 11 de febrero de 2011

Don Quijote y su sobrina

Comienzan los preparativos de la tercera salida por parte de Sancho y don Quijote.


Para justificarse ante la sobrina y el Ama a la vista de su ya inminente tercera salida, quejosas de que desatendiera su hacienda y su deber, recurre don Quijote a la retórica de las Armas y las Letras de la siguiente manera:


Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; el otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte.
Con esto cierra don Quijote su discurso y su decisión. Pero para llegar hasta esta conclusión transitan el siguiente diálogo:

Amenazó el Ama con que se iba a quejar a Dios y al Rey si don Quijote persistía en su idea de salir otra vez en busca de aventuras, a lo que replicó don Quijote que no sabía lo que respondería Dios ni tampoco su Majestad pero que si él fuese Rey se excusara de responder a infinidad de memoriales que le dan; “y así no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre”.

Se le ocurre entonces preguntar a la sobrina si no hay ya caballeros en la Corte. Sí, y los hay para adorno y grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real, le responde. Pues ¿no sería vuesa merced –replicó ella- uno de ellos? Replica don Quijote que ni todos los caballeros pueden ser cortesanos ni todos los cortesanos pueden ser caballeros y por lo que a él toca es de los que se exponen a la intemperie frente a los que se pasean por el mundo en los mapas.

Le dice entonces la sobrina que advierta que lo de los caballeros andantes, esos que se exponen a la intemperie, “es fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de buenas costumbres”. Se irrita don Quijote por la “blasfemia”, aunque concede luego que los hay mejores y peores entre los caballeros andantes. Le replica entonces la sobrina que pudiendo él irse a predicar por ahí le da por irse “de valiente siendo viejo, como que tiene fuerzas, siendo enfermo, que endereza entuertos, estando agobiado y sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres...”

Tienes mucha razón, Sobrina, en lo que dices -respondió don Quijote-, y cosas te pudiera yo decir acerca de los linajes que te admiraran, pero para no mezclar lo divino con lo humano no las digo. Mirad, amigas: hay cuatro suertes de linajes y -estadme atentas- se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se fueron extendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros que tuvieron principios grandes y los fueron conservando, otros que aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta como la pirámide, habiendo disminuido y aniquilado su principio hasta parar en la nonada; otros hay que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria”. A continuación cita ejemplos de esos linajes y concluye; “del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve solo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas.
Con esto se llega al punto donde comenzamos recogiendo su cita de las Armas y las Letras, la cual redondea diciendo

y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos a la andantes caballería, se también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes; porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en la vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin.
En efecto, solo cuando encaremos la realidad, cuando asumamos la verdad; la supremacía de las Armas, sola entonces podrá el género humano sobrevivir, mientras el camino llano de las Letras no es sino la sumisión a nuestro destino suicida.
–Yo te prometo sobrina – respondió don Quijote-, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.
La mente del ama y de la sobrina solo da para un mundo uniforme tejido por las Letras, según las cuales simplemente nos corresponde el aumento de la hacienda, tal como le proponen. La inmortalidad se queda en manos de Dios. Y don Quijote les parece loco por identificar el Arma, y el conflicto humano que de ella se deriva y que lo parte en dos y en un frente. Ese mundo partido es el mundo real, en contraste con la sumisión del ama y la sobrina a su mitad, que, sin embargo, se les representa por las Letras como un orden o sistema completo.

Seguramente entienden el ama y la sobrina que la violencia deriva del contradictorio reparto de los bienes así como de la distribución de los ineludibles trabajos y tareas, pero los caballeros andantes, como Cervantes, se ocupan de la guerra, que es lo mesmo las armas que la guerra, porque han conocido que esa es la actividad humana determinante, la única tarea humana real, que sin resolver “no puede haber bien alguno”.

domingo, 6 de febrero de 2011

La bandera blanca y el Quijote

Continuamos en el Primer Capítulo de la Segunda Parte: hemos visto que lo que le vuelve loco a don Quijote es el estado de naturaleza o guerra, las relaciones entre los estados, en contraste con su buen juicio demostrado sobre los asuntos civiles.


Luego no hemos querido demorar nuestra pregunta por la propuesta de paz de Cervantes para concluir que lo que nos propone es que nos comuniquemos sin palabras. Y, es eso, en efecto, lo que nos enseña cuando el barbero y el cura, vista su locura en creer en la existencia de la andante caballería se lo recriminan; les cuenta don Quijote entonces la historia de un loco en un manicomio de Sevilla, al que le iban a dar de alta por curado y cuando fue a despedirse de los otros internos y uno le dijera que, por su desacuerdo con que le sacaran, como Júpiter o su representante que él era en la Tierra no iba a llover en Sevilla en tres años como castigo. Replica a esto el nuevo cuerdo a los que le acompañaban que no se preocupasen de ello, que el era Neptuno y tenía potestad por tanto para llover sobre Sevilla cuando hiciese menester. Así fue que lo metieron de nuevo a su celda, visto que seguía loco. Es el sentido común de los que acompañaban al supuestamente reformado el que les muestra que está loco, pues Júpiter y Neptuno no cuentan nada en nuestras sociedades, y el primero es Júpiter tanto como el otro es Neptuno, pero, ¿no iban en procesión en los últimos capítulos de la Primera Parte rezando a la Virgen para que lloviese? Esa creencia en la Mancha no hace a nadie loco, ni a que lo metan en el manicomio. Esa sola es la manera de entender la locura y la cordura.

A este chiste tan discreto de don Quijote aún le acosan el cura y el barbero insistiendo en que no existieron los personajes de los libros de caballería, a lo que, como en muchas otras ocasiones, contesta don Quijote que él se los representa muy bien, tal como la iglesia representa sus santos; así mezcla la figura del gigante Goliat, en el que los creyentes en el Libro creen, valga la redundancia, y el gigante Morgante, fruto de la imaginación de un autor de libros de caballería. Don Quijote nos da muestra de su buen juicio señalando que no debía ser muy grande Morgante, ya que en ocasiones se refiere de él que duerme bajo techado, lo que nos da una referencia y un límite a su altura…

El asunto es que esas creencias (en la existencia y significado de éste o aquel) dió lugar a la expulsión de los judios de España y dará lugar a la expulsión de los moriscos como luego se verá en este comentario del Quijote.

Volviendo ahora al asunto de la paz; Cervantes nos dice y muestra que esas abstracciones son consignas que apoyan y sirven a las armas. En Egipto los países occidentales apoyan la democracia, otros países, como Irán, apoyarán que la revuelta acabe en un estado islámico, etc. Y lo justificarán con todo tipo de buenos argumentos.

Ahora, nosotros si callamos no es porque no tengamos nada que decir; callamos porque entendemos que esa es la situación de la palabra en el mundo, y si lo que queremos es acabar con las armas; esto es con la disolución de las unidades armadas, o estados, incluído el nuestro, para actuar como personas con simple sentido común y en comunidad, y las palabras no nos hacen espacio para ello. Sabemos que lo que está en juego es realmente quien comerá y vivirá ricamente y quien pobremente o no podrá apenas comer con cualquier orden (siempre jerárquico, piramidal) que resulte de cualquier cambio en el ámbito de la unidad armada llamada Egipto; algo claro y obvio, sin embargo, para todos por ser de la misma clase de juicios que el que determina que el gigante Morgante no sería extremadamente grande si dormía bajo techado, así como que por los restos de huesos enormes encontrados en Sicilia, que cita Cervantes, se sigue que vivieron hombres/animales gigantescos (los dinosaurios). Como he mencionado en  un post anterior, Cervantes no escribe debajo del gallo que pinta "esto es gallo", eres tu, somos nosotros todos, los que tenemos juicio, racionalidad para determinar, discernir lo que es y lo que no es. (Y eso es lo que te pide de rodillas el autor en el Prólogo -que puedes ver detalladamente comentado en la interpretación de la Primera Parte en "Armas y Letras en la interpretación del Quijote").

Apelar a referencias abstractas (irracionales) es realmente perder la conciencia y el sentido de que esas Letras, esas palabras abstractas, alienadas, sirven o apoyan determinadas armas (frente a otras). Mientras que despreciar esas palabras por tanto se comprende su sumisión a la supremacía de las armas, y buscar comunidad, la comunidad humana, sobre la disposición de superar esa situación, concertándonos en acabar con las armas y la violencia en común acuerdo, es el contenido de lo que tenemos que comunicarnos con el silencio, eso es apelar al sentido común; como también lo es proponer la bandera blanca bandera del mundo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El pacifismo de Cervantes.

Si Cervantes es pacifista, no demoremos exponer su doctrina a disposición de los atribulados por la violencia como los egipcios, que se tiran piedras los que apoyan a Mubarak y los que le rechazan.


He oído que ya le ha dicho Obama, su valedor, que se retire, pero no es sencillo; en los países pobres como Egipto es mucho lo que está en juego con el control del aparato estatal y sus oficinas. Mubarak no puede dejar a los suyos en la estacada, si estos aguantan podría intervenir el ejército, bajo su control.

Obama le ha dicho que se retire, pero nada vale la palabra cuando no la acompañan medidas de fuerza.

Es en este punto en el que preguntamos a Cervantes si habrá alguna palabra, o medida que no sea de fuerza, que pueda lograr el acuerdo de las partes; probar así su intención pacifista.

Cervantes dice que las palabras sirven o apoyan a las armas, por eso la actitud correcta es el silencio; las palabras, los juramentos, agrupan a la gente, a ellos se acude cuando el terror emerge, por lo que es necesario comunicarselo a los egipcios, comunicarnoslo, callando.