sábado, 7 de enero de 2012

Ponte en mi lugar

Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
 Insiste Cervantes en cuanto puede, aquí como en muchos otros pasajes, en presentarnos a un don Quijote, si en alguna ocasión leído e inteligente, siempre como un creyente mentecato, y no exagero para fundamentar mejor mi propia interpretación; el siguiente capítulo lo introduce en modo muy semejante a éste; con don Quijote diciendo que rescatará a Gaspar Gregorio de la morisma como ya hizo con Melisendra. De modo que, por más que la mayoría de las interpretaciones lo presenten como “el caballero de la fe en el ideal” no podemos menos de preguntarnos, ante tamaña evidencia en contrario, de donde proviene ese afán ¿no será de los centinelas de la fe? Al menos el quijotesco Unamuno no es tan inconsciente, y lo resuelve, consecuentemente, negando la existencia de Cervantes para presentársenos él mismo como autor del Quijote, pero ¿y los otros? No hay duda que nadie puede pretender que Cervantes se identifique con el caballero puesto que está loco, pero tampoco más allá de su locura como decretaron los románticos o los discípulos de Menéndez Pidal, pues cuando don Quijote juzga sobre lo que “no son asuntos caballerescos”, como los poderes del mono de maese Pedro, o de la cabeza encantada, o sobre el rescate de Gaspar Gregorio…., se nos presenta siempre como muy poco discreto, o justo lo contrario, calificación que lo dice todo en términos cervantinos.

Visitan la marina de Barcelona y los barcos de guerra, las galeras, que fondeaban allí. Dice Sancho

«Estas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo que anda por aquí silbando tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que este es infierno, o por lo menos el purgatorio».
Se nos presenta ahora un relato, de la llamada novela bizantina, al estilo de algunas de las Ejemplares o del Persiles, pero veamos lo que hay en ella de chocante detrás de la aventura:

Descubren corsarios, salen en su búsqueda las galeras, los capturan, los capitanea Ana Felix, hija de Ricote. Se suspende su ejecución para darle tiempo a contar su historia:

—De aquella nación más desdichada que prudente sobre quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como en efecto lo soy, y no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro decir esta verdad, ni mis tíos quisieron creerla, antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y, así, por fuerza más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche, criéme con buenas costumbres, ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca.

Ni las autoridades ni sus tíos dieron crédito, o valor, a su condición de creyente católica. Los unos la expulsaron y los otros a la fuerza se la llevaron.

A Argel, donde fueron, la siguió su enamorado Gaspar Gregorio disfrazado de morisco –pues, como algunos señalan, el Quijote es un baile de mascaras. El rey de Argel se enamora de ella pero pudo esquivarlo con el cebo de la riqueza que había dejado enterrada su padre, a la sazón Ricote, de modo que el rey de Argel la envía a por el tesoro al mando del bergantín en el que venían, y a Gaspar Gregorio lo deja de rehén, al que disfrazan de mujer por parecerles que conviene más a su seguridad.

Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba.
Quedan todos conmovidos por su historia y confirmada por su padre, allí presente, y por Sancho (sorprendentemente don Quijote no abre la boca, pese a ser de la misma aldea).

Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba; ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar dél los cristianos que habían de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote su padre dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.

Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible, que de su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo: tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.
Es todo ello un canto a la simple humanidad, a la piedad, de los allí presentes y nuestra, para la que disuelve previa y explícitamente la religión, el estado y hasta el género, en este maremágnum de confesiones, injusticias y travestismo, de un modo semejante como ya había sucedido con la historia del cautivo en la Primera Parte:

1. Cervantes, como sido notado por Vicent Llorens, distingue entre el puesto, la máscara que asume uno en la sociedad, -en el tablero de ajedrez, que dirá Sancho- que le lleva al rigor, la severidad y a ser ejecutor de una justicia implacable que cae, como vemos, sobre justos y pecadores, y el carácter humano, como vemos repetidamente en el virrey que se deshace ante la hermosa y gallarda presencia de Ana Felix, lo que Llorens califica de “esferas incomunicables”.

2. Ana Felix es una heroína católica, el ideal, particularmente en la literatura de su época, que con sus desdichas manifiesta la tragedia del hombre atrapado en el torbellino de la guerra, que en nada ni en nadie repara, como la misma muerte.

3. Y al mismo tiempo es el renegado, como también ya lo fue en la primera parte, la persona que, con independencia de su fe, o de su pecado, es más valiosa y capaz, lo opuesto al caballero y particularmente a don Quijote.

La novela bizantina son las Letras, que falsean la realidad para embellecerla y darle un final feliz a gusto del autor, pero una vez que ese retórico ornamento con un soplo se sacude, nos aparece la verdad de la historia o guerra, la de las armas, por la que Ana Felix no regresa a España ni se rencuentra con su padre.

Es muy seguramente este “humanismo” cervantino, un humanismo no ideológico, incluso contra-ideológico, simplemente, inteligente – por haber sido Cervantes hombre de armas. El mismo humanismo que muchos intelectuales, según sus tendencias o recursos ideológicos, han querido hacer derivar del humanismo cristiano de Erasmo, así como otros han querido hallarlo también en el protagonista disfrazado de caballero, mezclando una cosa y otra, pues los “ideales” del caballero han de ser también “humanos” para justificarse, pero lo cierto es que no solo no resuelve nada sino que su actitud solo es posible como producto de la locura. Por eso, Unamuno, estudioso de los terribles griegos, o los centinelas de la fe, intentan construir sobre lo que es simple locura -la voluntariedad de don Quijote por la violencia precisamente porque se cree los libros- el mito o el Cristo español, ante el que hacer rituales y rezar arrodillados.

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