domingo, 26 de junio de 2011

El eclesiástico

El narrador nos describe al eclesiástico del Castillo:


“La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los príncipes: destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables. Destos tales digo que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recebir a don Quijote.”

¿Podría referirse, digo, a Lope y a sus cliqué que habían recibido con tanta aversión el Quijote.

“De poetas no digo […], pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote”.
Así se expresa Lope en una carta de 1604, un año antes de la publicación del Quijote que, sin duda, ya había conocido como manuscrito.
“El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquel debía de ser don Quijote de la Mancha, cuya historia leía el duque de ordinario, y él se lo había reprehendido muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates.”

Los autores que desto se ocupan señalan generalmente que la crítica formal de Cervantes al arte dramático del Fenix es el motivo de la rivalidad y reacción de Lope también demostrada en poemas insultantes y, seguramente, en la publicación del Quijote apócrifo. A nadie parece habérsele ocurrido pensar a Lope le disguste un o el significado del Quijote, que desde mi propio punto de vista es la trampa y la burla que Cervantes había tramado contra la ideología, contra la abstracción, en la figura del caballero loco:
"—Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: «Volveos a vuestra casa y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen». ¿En dónde nora tal habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?"


Me imagino que he de ser de otro mundo como para no obviar, como la mayoría de los autores que de esto tratan, que este tipo de sucesos extraordinarios y protagonistas descomunales y desaforados se nutre la religión, de la que el eclesiástico es portavoz. Diré más; el Quijote, aparte de otras muchas connotaciones, se ocupa permanentemente en revelarnos la realidad prosaica frente a la romántica ideología, no ya de don Quijote que cree que el mundo es movido por encantadores o espíritus o si no, de todo suceso fuera de lo común o natural, como la cabeza encantada, el mono adivino, etc. Ese espíritu no se pone especialmente en boca de un personaje, como para que le hagamos una cita –en ningún caso, por supuesto, del protagonista- sino que es el espíritu más obvio y general de la obra. Para mí, que Lope –como otros disgustados posteriores, caso de Gracián, etc.- lo vieran; no hay duda.

Ante la afrenta del clérigo, Cervantes cede la palabra al héroe quien, comedido, pide a los duques que le defiendan. Y coincide con él el duque en que, en efecto, ha sido agravio y no afrenta, pues no pueden los curas, como las mujeres, hacerla.

Pero, esto no es todo, como siempre el autor va más lejos, hasta el final, y apela para ello entonces, como os tengo acostumbrados, a la inteligencia de Sancho:

"—¡Bien, por Dios! —dijo Sancho—. No diga más vuestra merced, señor y amo mío, en su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que perseverar en el mundo. Y más que negando este señor, como ha negado, que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?"


Recompensa enternecido el autor entonces a Sancho con la Ínsula.

La literatura, expresión humana en su origen, busca, en efecto, como tal contribuir al bien humano, resolver la indignidad en la que éste se encuentra. Algo de lo que reniega el eclesiástico, como el mismo Lope, solo atentos, intolerantes como perros guardianes, a salvaguardar la ortodoxia. Como también hay autores que utilizan el Quijote para manipularlo burdamente y hacerle asiento de infame verborrea en defensa de alguna otra semejante abstraccion o ideología.

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