lunes, 18 de julio de 2011

El nombramiento de Sancho

Como hemos ya relatado, se fue Sancho a comer aparte, “quedándose a la mesa los duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas, pero todas tocantes al ejercicio de las armas y de la andante caballería

Me fuerza a recordar la desacertada introducción que hace el autor de la conversación que sigue entre don Quijote y los Duques a la Primera Parte de esta historia donde la actitud de don Quijote cuando se menciona a Dulcinea del Toboso es echar mano a la espada y hacer confesar al que se le ponga por delante lo que ésta es y conviene que ésta sea, pero ante los duques, como inferior jerárquicamente y como huésped, no puede utilizar tales términos y modales y se ve forzado justificar el carácter de Dulcinea dialécticamente.

“La duquesa rogó a don Quijote que le delinease y describiese la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso”


—Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la viera en él toda retratada; pero ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?”


Quien tiene que dar referencias de algo o de alguien es quien lo conoce, amigo, y no otro, por muy buen artista o retórico que éste sea. Don Quijote, evidentemente, entiende que no tratan de un ser humano, sino de una “idea”.

Pero insiste el duque que “nos daría gran gusto el señor don Quijote si nos la pintase

Ahora vemos por qué don Quijote prefiere a los poetas; a él no le queda otra que el método inductivo y comenzar por la experiencia de como la encontró encantada sobre su borrica.

Y la duquesa, que tiene aún la idea de la idea en mente, puntúa:

“nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.


—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.


Idea sí, pero marcada por los criterios del vano mundo sensible; como el que sea una perfección el linaje y como que no lo sea el montar en borrica en lugar de hacanea.

Y lo del linaje no lo deja pasar sin más el duque.

“—A eso puedo decir —respondió don Quijote— que Dulcinea es hija de sus obras.” El absurdo de la figuración poética supera a la contradicción dialéctica misma.

La duquesa aporta un nuevo y potente argumento; el carácter universal de la idea ha sido refutado por la experiencia.


“No puedo dejar de formar un escrúpulo y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y por más señas dice que era rubión, cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.”

Don Quijote le hace ver lo poco fiable que es la experiencia a manos de los malos encantadores:

“Habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen….
Y acto seguido pasa a promocionarlo como gobernador; consecuencia de su capacidad de ver la “idea” como ella es.

“veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar: que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas, y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer.”

Lo interesante es que por ese o semejante motivo tomaron los duques la decisión de nombrarlo gobernador. Cuando salió en defensa de don Quijote frente al eclesiástico:

—¡Bien, por Dios! —dijo Sancho—. No diga más vuestra merced, señor y amo mío, en su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que perseverar en el mundo. Y más que negando este señor, como ha negado, que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?


—¿Por ventura —dijo el eclesiástico— sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula?


Sí soy —respondió Sancho—, y soy quien la merece tan bien como otro cualquiera; soy quien «júntate a los buenos, y serás uno de ellos», y soy yo de aquellos «no con quien naces, sino con quien paces», y de los «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía, y he de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo, que ni a él le faltarán imperios que mandar, ni a mí ínsulas que gobernar.


—No, por cierto, Sancho amigo —dijo a esta sazón el duque—, que yo, en nombre del señor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de nones, de no pequeña calidad.


Así como don Quijote y los caballeros hacen confesar a punta de espada la hermosura de Dulcinea, Sancho se ha mostrado ante los duques y ante don Quijote como un creyente por su propia voluntad – como poco ya no sería necesario tomar ciertas medidas de seguridad con él.

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