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domingo, 30 de octubre de 2011

Fin y remate del gobierno

«Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado, antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten.»


Todo es efímero para lo que es efímero como la vida; la conciencia subjetiva tiene su acabamiento asegurado con el de su soporte, pero las estaciones se renuevan con el giro de los astros y los individuos se reproducen con la unión de los sexos misteriosamente individualizados para ello. Sabemos ahora de la evolución natural de las especies, quizás pronto podamos hacernos evolucionar artificialmente y lograr soportes que llevarán a la inmortalidad a alguna conciencia, pero la subjetividad vivida nunca podrá ser recobrada, pues todo contenido en ella está relacionado con la experiencia, incluso viviendo olvidamos la mayor parte de nuestro pasado. Y la mayor certeza de nuestro futuro es, en efecto, horizonte sin términos que le limiten, y es que así es el horizonte por lo general aquí en la Tierra al ser esta redonda…..

“Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético, porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido”.


Pero, Cide Hamete no lo ha entendido sin lumbre de fe, sino en virtud de la creencia en su religión, aunque falsa.

Nuestro autor (Cide Hamete) lo dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho.


Que parece insinuarnos que el origen del gobierno vuelve a su fin, que es la violencia, para empezar de nuevo, la cual se produce con la misma certidumbre que el ciclo o retorno de las estaciones, pues es así que, aún mejor que en comparación con las estaciones con las plantas, la violencia se mantiene larvada o contenida para explotar regularmente, aunque en largos intervalos, según el funcionamiento de un motor.

Así que, estando Sancho a punto de coger el sueño, oyó terrible ruido y,

“salió a la puerta de su aposento a tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

—¡Arma, arma, señor gobernador, arma, que han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre!

Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y embelesado de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él, uno le dijo:

—¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se pierda!

—¿Qué me tengo de armar —respondió Sancho—, ni qué sé yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos paletas las despachará y pondrá en cobro, que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada destas priesas.

—¡Ah, señor gobernador! —dijo otro—. ¿Qué relente es ese? Ármese vuesa merced, que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro gobernador.

—Ármenme norabuena —replicó Sancho.


Y le armaron poniéndole una lanza en la mano y amarrándole entre dos escudos grandes o paveses que no le dejaban moverse, sino que le hicieron caer al suelo y tras apagar las antorchas le empezaron a dar cuchilladas sobre los paveses y a pasarle por encima. Hasta que:

—¡Vitoria, vitoria, los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos que se han tomado a los enemigos por el valor dese invencible brazo!

Preguntó qué hora era, respondiéronle que ya amanecía. Calló, y sin decir otra cosa comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dio un beso de paz en la frente, y no sin lágrimas en los ojos le dijo:

—Venid vos acá, compañero mío y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos.


Es el burro representa la naturaleza, que incluye la humana, frente al artificio de la sociedad.

—Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador, más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre, y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense, déjenme ir, que me voy a bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.

Esta capacidad que tiene Sancho de elegir es, sin embargo, lo propio de la novela que se ejercita en aventuras, pero la realidad prosaica, monótona e insoslayable, cada cual cumple con lo suyo tal como señala más adelante; los ricos han de dormir en sábanas de Holanda manque les pese.

Pues esa desigualdad está basada en la violencia, en la guerra que no le da su burro.

No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en este ni admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el suelo con pie llano, que si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace tarde.


Y así fue que no quiso más que;

Un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él, que pues el camino era tan corto, no había menester mayor ni mejor repostería.

sábado, 15 de octubre de 2011

El progreso del gobierno

Va tocando a su fin el gobierno de Sancho y deja Cervantes su proyección humana para poner los ojos en el mundo real, dando entrada a un caso un tonto diferente a los anteriores, un caso irreal y teórico, donde, por ello, va a encajar la doctrina platónica de don Quijote, rarísima ocasión que acontece precisamente cuando, a la inversa, el irreal oficio de caballero andante ha sido introducido en el mundo real de la blanca mano de doña Rodríguez.


Es el caso que un forastero presenta al gobernador.

—Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío, y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso... Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: «Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna». Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: «Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre». Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hombre, que aún hasta agora están dudosos y suspensos, y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.


Pide Sancho que se le repita al caso, pues carece de sentido. ¿Cómo se puede saber si lo que uno dice que hará tras pasar el puente es verdad o mentira hasta después de haberlo pasado? Es un planteamiento, pues, solo teórico, pero es así como la irracionalidad real queda representada; la verdad y la mentira, ambas condenan, tal como decide la picaresca. Sancho, en todo caso, se dispone a juzgarlo, pero primero quiere asegurarse reduciéndolo y conformándolo a sus premisas de este modo:

El tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró mentira y por la misma ley merece que le ahorquen.

—Digo yo, pues, agora —replicó Sancho— que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.

—Pues, señor gobernador —replicó el preguntador—, será necesario que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

—Venid acá, señor buen hombre —respondió Sancho—: este pasajero que decís, o yo soy un porro o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente, porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal. Y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula, que fue que cuando la justicia estuviese en duda me decantase y acogiese a la misericordia, y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde.


En los casos “ideales” rige el juicio de don Quijote. Llega una carta suya. Y así ve él la manera que ha tenido de juzgar Sancho:

Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas:


Le aconseja que se diferencie, que se distinga disfrazándose según corresponde a su cargo.

Y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón, porque el buen adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo: no digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto.


Le alecciona como tener contentos a los súbditos:

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.


El rigor debe ser mantenido para mantener el temor.

No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.


Debe aparentar ser justo

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el punto de la discreción.


Ve con tus propios ojos. Que tu presencia traiga el recuerdo del de la justicia y su rigor.

Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma razón.


Mira por donde perderás el juicio o la libertad.

No te muestres, aunque por ventura lo seas, lo cual yo no creo, codicioso, mujeriego ni glotón; porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición.


Don Quijote insiste en arrogarse valor a los consejos que ya le dio en el castillo de los duques y encarece el agradecimiento:

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.


Finalmente manifiesta que, por esta vez, cogido en su propia trampa, se ha de poner al lado de los menesterosos, doña Rodríguez, frente a los levantados, los duques, que para mayor desgracia son precisamente sus anfitriones. Esta ocasión, como queda arriba dicho, nos reconcilia, pues no enaltece, como de costumbre, a los soberbios sino que los contesta.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos señores; pero aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme a lo que suele decirse: «Amicus Plato, sed magis amica veritas». Dígote este latín porque me doy a entender que después que eres gobernador lo habrás aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima
.

Le responde Sancho notificándole primero que aquellos sus consejos no han venido tan a cuento, como el supone:

La ocupación de mis negocios es tan grande, que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y, así, las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va esto, porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen venir, antes de entrar en ella o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos dineros, y que esta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos, no solamente en este.


Le preocupa que se enemiste con los duques por lo que a él le toca:

No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de redundar en mi daño, y no será bien que pues se me da a mí por consejo que sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.


Anticipa Sancho la noche de su pasión dictando algunos decretos, desde el entendimiento de las competencias y responsabilidades del poder civil.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Teresa

Dije de pasada que el personaje más discreto del Quijote es la mujer de Sancho, Teresa Cascajo.

Gracias que murió ya Cervantes para no llevarme la contraria, pues tan cara le es que no permite a nadie que se apropie de ella, siquiera fuera con un nombre:

Cuando don Quijote encuentra el Quijote de Avellaneda, lo echa un vistazo y enseguida le encuentra tres errores y señala que la tercera falta que le encuentra y “más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutierrez, y no llama tal, sino Teresa Panza, y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en todas las demás de esta historia”.

El fin de la Primera Parte es un diálogo entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, según se escribe en él dos veces de ésta con ése nombre, sin embargo, en el capítulo VII de la Primera Parte, cuando se nos presenta a Sancho y sale con su amo del pueblo en su primer diálogo dice Sancho de su deseo de ser gobernador pero que no ve a su mujer, Mari Gutierrez, de reina o condesa.

Dije antes en algún lugar de estos posts que dejaba para más tarde el comentario al capítulo V titulado: “De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación”, que contrasta con el título del capítulo III que trata del “ridículo razonamiento” de don Quijote, Sancho y el bachiller. El capítulo VII comienza con la advertencia del traductor que pudiera ser apócrifo por ver a Sancho expresarse tan sutilmente. Y así se lo dice Teresa:

Mirad, Sancho —replicó Teresa—, después que os hicistes miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.

Y luego también añade:

—Bien creo yo, marido —replicó Teresa—, que los escuderos andantes no comen el pan de balde, y, así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de tanta mala ventura.

—Yo os digo, mujer —respondió Sancho—, que si no pensase antes de mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.

—Eso no, marido mío —dijo Teresa—, viva la gallina, aunque sea con su pepita, vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como esos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho, si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos: que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis veros con gobierno, y en fin, en fin, mejor parece la hija mal casada que bien abarraganada.

—A buena fe —respondió Sancho— que si Dios me llega a tener algo qué de gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente, que no la alcancen sino con llamarla «señoría».

—Eso no, Sancho —respondió Teresa—: casadla con su igual, que es lo más acertado; no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.

—Medíos, Sancho, con vuestro estado —respondió Teresa—, no os queráis alzar a mayores y advertid al refrán que dice: «Al hijo de tu vecino, límpiale las narices y métele en tu casa». ¡Por cierto que sería gentil cosa casar a nuestra María con un condazo, o con caballerote que cuando se le antojase la pusiese como nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso, por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo, que ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos y sé que no mira de mal ojo a la mochacha; y con este, que es nuestro igual, estará bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes, adonde ni a ella la entiendan ni ella se entienda.

Temo que este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que quisiéredes, ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. «Teresa» me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; «Cascajo» se llamó mi padre; y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman «Teresa Panza» (que a buena razón me habían de llamar «Teresa Cascajo», pero allá van reyes do quieren leyes), y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima que pese tanto, que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: «¡Mirad qué entonada va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos». Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto, que mi hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por cierto, quién le puso a él don que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.

—¿Sabéis por qué, marido?. Por el refrán que dice: «¡Quien te cubre, te descubre!». Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y el maldecir y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de abejas.

No os pongáis a disputar, marido, conmigo —respondió Teresa—: yo hablo como Dios es servido y no me meto en más dibujos. Y digo que si estáis porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde agora le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.

El día que yo la viere condesa, ese haré cuenta que la entierro; pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos porros.

Y en esto comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que ya que la hubiese de hacer condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su partida.

Llega ahora Dulcinea al pueblo:

Salió Teresa Panza. No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y avellanada; la cual viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:

—¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es este?

—Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza —respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

—Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula Barataria.

—¡Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso —respondió Teresa—, que yo no soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!

—Así es la verdad —respondió el paje—, que por respeto del señor don Quijote es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por esta carta.

—Léamela vuesa merced, señor gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo sé hilar, no sé leer migaja.

—No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer y la leeré.

—¡Ay —dijo Teresa en oyendo la carta—, y qué buena y qué llana y qué humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha.


Busca y encuentra Sanchica al barbero, al cura y al bachiller:

—¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

—¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son estas y qué papeles son esos?

—No es otra la locura sino que estas son cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos las avemarías, y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

—Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid o a Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los mejores que hubiere, que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo me tengo de ir a esa corte y echar un coche como todas, que la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.

Todas estas venturas, y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, como no para hasta hacerme condesa, que todo es comenzar a ser venturosas. Y como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale; y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos y no respondáis a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

Este señor está en lo cierto, que tal el tiempo, tal el tiento: cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo”.

Teresa queda llorando en el capítulo VII porque Sancho va en busca de una ínsula que gobernar, ahora ríe y se alegra por haberla encontrado. Y es que sus argumentos eran más que ‘en sí’, propicios para la ocasión como ella misma dice “tal tiempo, tal tiento”, al ver el poco juicio de Sancho. Ahora, por arte de magia, y ante pruebas; la carta, la sarta de perlas, Dulcinea, la ropa verde de Sancho…, ve a su marido hecho gobernador, se adapta, se prepara para la ocasión y se alegra cuanto puede. A la vista de esto, cuando llegue Sancho, ya sin gobierno, aunque con buenos ducados y pollinos, también encontrará razones para alegrarse y animarse.


Es ella como Cervantes; libre para liberar contradiciéndose. Se adapta a la circunstancia como un espíritu; sin lastre material alguno como don Quijote, quien también es puro espíritu, pero a fuerza de ser loco.

Las interpretaciones del Quijote se nos manifiestan en todo su terrible error frente al discurso de Teresa, el sentido común frente al desvarío del caballero andante. El loco, al que ni por esas debemos nunca perdonar, como no lo hace Cervantes, sale a imponer, a forzar a los demás Dios sabe qué diablos y su discurso de loco peligroso es aplaudido, sin embargo, por los jerifaltes –como se cuida Cervantes de mencionarlo, para que el discreto entienda la diferencia entre lo bueno y lo correcto políticamente. Don Quijote defiende la escala y el sistema de predominio social; la esclavitud. Don Quijote sabe quién es, quien quiere ser, tiene un proyecto de vida en común, un horizonte, dicen, lo contrario a Teresa, dirían. Pero Teresa también tiene un horizonte, el de Cervantes, el mío, uno de no hacer cumplir nada a nadie –ese tiempo ha de llegar, está ya llegando. El horizonte de don Quijote no es poético; es a fin de cuentas el de todos los que en el mundo han sido; el de la escalada social, el mayor acceso posible al poder. ¿Acaso la falta de ese horizonte es falta de interés de Teresa en todo lo que sea la mejora de los suyos? En absoluto, ella reconocerá la oportunidad y la agarrará allí donde la haya, pero también tiene su horizonte, nacido de su mismo sentido común y por eso apenas perceptible, que es la igualdad de todos como así repetidamente lo propone, y así actúa, inhibiéndose de litigar de linajes, escalas. Y solo el horizonte de Teresa puede tener y tiene futuro, el de don Quijote es efímero y está ya condenado aunque se le siga por defecto inútilmente buscando la gracia politicamente.

Por si acaso luego olvidamos comentar, en el tráfago y ruido de lo público, su carta a Sancho, citamos su despedida: “Dios te guarde más años que a mí, o tantos; porque no quisiera dejarte sin mí en este mundo.” Esta si es la mejor carta de amor de la literatura castellana.

sábado, 17 de septiembre de 2011

De la contradicción del gobierno (I)

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar



¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la poesía, inventor de la música, tú que siempre sales y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!, a ti digo que me favorezcas y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza, que sin ti yo me siento tibio, desmazalado y confuso.


Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba «la ínsula Barataria», o ya porque el lugar se llamaba «Baratario» o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.


Finalmente, en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo:


—Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador y, así, o se alegra o se entristece con su venida.


En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared estaban. Fuele respondido:


—Señor, allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión desta ínsula, y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce».


—¿Y a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.


—A vuestra señoría —respondió el mayordomo—, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.


—Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
Y comienzan los casos. Todos ellos se resuelven con la humanidad como término medio, es decir; racionalizando los casos, pues el ser humano es medida de todas las cosas. La justicia real de los galeotes de la Primera Parte es dependiente de la necesidad de recursos humanos para las galeras. Y pronto le desengañarán los duques a Sancho respecto a la idea que tiene del gobierno.

viernes, 9 de septiembre de 2011

No por mucho madrugar amanece más temprano

Afirman la mayoría los autores que deste caso tratan que a lo largo de la novela Sancho se quijotiza, esto es para ellos; mejora, se idealiza a los beneficiosos efectos de los efluvios que emana la cercanía de su Señor. Y me parece a mí como que ellos también se quijotizan. O más bien, que ya eran algo quijotes y se les ensancha la veta.


Y así creo también que El Quijote tiene todavía mucho que pasar para mostrar a la humanidad la humanidad que encierra, esto es; la igualdad de los hombres -y no solo cuando duermen, pues seguimos juzgando más o menos como antes de que se escribiera; los buenos los nobles y los malos los villanos.

Pero ahora resulta que a Sancho le hacen gobernador (como don Quijote fue también armado caballero)


“Otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:


—Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser gobernador, porque ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que a mi parecer no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo".

Lo copio para hacer notar esta repetida técnica del buen hombre de negocios que es Sancho siempre minusvalorando lo que se le ofrece, y siempre dando valor a lo que le cuesta lo que se le pide.

Y más para el caso que nos ocupa hoy; Sancho se apunta sin salario a la expedición que organiza don Quijote para rapiñar del botín que bien espera hacer el hidalgo una vez bien cargado de benditas armas; algo que tiene medio buen fundamento al dirigirse a los caminos civiles donde todo el mundo anda desarmado y con el justificante de ir a atracar solo a los malos, –que no le habían de faltar. Y en eso, es principal entender que la Ínsula no es nada diferente a la albarda o jaez y, sobre todo, al yelmo, un botín de guerra, que es lo que más le ha venido interesando históricamente, a lo que me imagino, mayor y generalmente al soldado raso.


—Ahora bien —respondió Sancho—, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser tal gobernador, que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.


—Si una vez lo probáis, Sancho —dijo el duque—, comeros heis las manos tras el gobierno , por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen como quiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.


—Señor —replicó Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.


—Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo —respondió el duque—, y yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete; y quédese esto aquí, y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.


—Vístanme —dijo Sancho— como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza.


—Así es verdad —dijo el duque—, pero los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.


—Letras —respondió Sancho—, pocas tengo, porque aun no sé el abecé, pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante”.(Aquí dice, el editor Francisco Rico que quiere decir “Y Dios me ayude”, con lo que no es de extrañar que el Quijote no diga cosa que no sea católica cristiana)
—Con tan buena memoria —dijo el duque—, no podrá Sancho errar en nada.
Dos pícaros entendiéndose. Que para serlo no hace falta ser pobre.

Antes de irse don Quijote le da unos “buenos” consejos para su alma, básicamente que no interfiera su labor de juez sobre los demás con sus intereses propios y luego otros tocantes al cuerpo; que sea limpio, que a quien madruga Dios le ayuda, etc.….


“Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.”

Sí, señor, pero yo lo que quiero es un ascenso.

Vamos a por un capítulo más en este post.

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta destos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire y puso su discreción y su locura en un levantado punto.

Así comenzaba la Segunda Parte; con don Quijote mostrando su discreción en todo lo tocante a la “«razón de estado» y modos de gobierno”. En efecto, don Quijote es muy disciplinado. Fueron las relaciones internacionales las que le sacaron de quicio como a mí, Cervantes.

Me refiero otra vez a los “alegres comentaristas” que diría el capullo de Rosales (con cariño, no me lo tomen a mal los suyos), para recordar como alaban a su ídolo, mito español eterno, que como rutilante cura subido al ostentoso púlpito nos dice como Dios manda “Sed buenos, temed a Dios” y pasan por alto el gracioso diálogo de los refranes, que parecen irritar a don Quijote porque los encuentras impropios de un gobernador. Es preciso fijarnos en su contenido para ver que Sancho está oponiendo a la lección de su amo otra superior. Don Quijote, irritado le dice él no los encuentra tan numerosos, buenos y sabrosos como Sancho, pero no porque no se los sepa, sino porque no sirven a sus propósitos, para los que le vienen mejor citas de las Sagradas Escrituras. Cojamos los refranes con el copy-paste:

“Más yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena, presto se guisa la cena, y quien destaja, no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener, seso ha menester.


“que para todo hay remedio, si no es para la muerte, y teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere, cuanto más que el que tiene el padre alcalde... Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados, y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe, y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo, y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.


«entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», y «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder», y «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que replicar, como al «salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer». Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno vea la viga en el suy, porque no se diga por él: «espantóse la muerta de la degollada»; y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.


—Eso no, Sancho —dejamos que diga don Quijote—, que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio.

Los comentaristas solo notan lo buen caballero que es y el buen juicio que tiene don Quijote. Y los refranes son graciosos. Sin embargo, Sancho le está exponiendo una sabiduría superior; la de los refranes, la realidad, la de la experiencia; que se puede dejar de monsergas, que el que manda, manda, y no hay más que eso.

Finalmente le dice que no se preocupe, que él es muy Sancho y por ser gobernador de no va a dejar de serlo.

—Señor —replicó Sancho—, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con perdices y capones, y más, que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que solo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar, que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.


—Por Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención: quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos aguardan.

Don Quijote realmente ha sido convencido y superado por Sancho; en efecto, el que manda, manda, y eso es lo que cuenta. Pero lo que que importa es la calidad de la persona –y la de Sancho es buena- y los sermones, sin más, valen de poco.