Mostrando entradas con la etiqueta etc. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta etc. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de septiembre de 2011

No por mucho madrugar amanece más temprano

Afirman la mayoría los autores que deste caso tratan que a lo largo de la novela Sancho se quijotiza, esto es para ellos; mejora, se idealiza a los beneficiosos efectos de los efluvios que emana la cercanía de su Señor. Y me parece a mí como que ellos también se quijotizan. O más bien, que ya eran algo quijotes y se les ensancha la veta.


Y así creo también que El Quijote tiene todavía mucho que pasar para mostrar a la humanidad la humanidad que encierra, esto es; la igualdad de los hombres -y no solo cuando duermen, pues seguimos juzgando más o menos como antes de que se escribiera; los buenos los nobles y los malos los villanos.

Pero ahora resulta que a Sancho le hacen gobernador (como don Quijote fue también armado caballero)


“Otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:


—Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser gobernador, porque ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que a mi parecer no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo".

Lo copio para hacer notar esta repetida técnica del buen hombre de negocios que es Sancho siempre minusvalorando lo que se le ofrece, y siempre dando valor a lo que le cuesta lo que se le pide.

Y más para el caso que nos ocupa hoy; Sancho se apunta sin salario a la expedición que organiza don Quijote para rapiñar del botín que bien espera hacer el hidalgo una vez bien cargado de benditas armas; algo que tiene medio buen fundamento al dirigirse a los caminos civiles donde todo el mundo anda desarmado y con el justificante de ir a atracar solo a los malos, –que no le habían de faltar. Y en eso, es principal entender que la Ínsula no es nada diferente a la albarda o jaez y, sobre todo, al yelmo, un botín de guerra, que es lo que más le ha venido interesando históricamente, a lo que me imagino, mayor y generalmente al soldado raso.


—Ahora bien —respondió Sancho—, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser tal gobernador, que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.


—Si una vez lo probáis, Sancho —dijo el duque—, comeros heis las manos tras el gobierno , por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen como quiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.


—Señor —replicó Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.


—Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo —respondió el duque—, y yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete; y quédese esto aquí, y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.


—Vístanme —dijo Sancho— como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza.


—Así es verdad —dijo el duque—, pero los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.


—Letras —respondió Sancho—, pocas tengo, porque aun no sé el abecé, pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante”.(Aquí dice, el editor Francisco Rico que quiere decir “Y Dios me ayude”, con lo que no es de extrañar que el Quijote no diga cosa que no sea católica cristiana)
—Con tan buena memoria —dijo el duque—, no podrá Sancho errar en nada.
Dos pícaros entendiéndose. Que para serlo no hace falta ser pobre.

Antes de irse don Quijote le da unos “buenos” consejos para su alma, básicamente que no interfiera su labor de juez sobre los demás con sus intereses propios y luego otros tocantes al cuerpo; que sea limpio, que a quien madruga Dios le ayuda, etc.….


“Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.”

Sí, señor, pero yo lo que quiero es un ascenso.

Vamos a por un capítulo más en este post.

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta destos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire y puso su discreción y su locura en un levantado punto.

Así comenzaba la Segunda Parte; con don Quijote mostrando su discreción en todo lo tocante a la “«razón de estado» y modos de gobierno”. En efecto, don Quijote es muy disciplinado. Fueron las relaciones internacionales las que le sacaron de quicio como a mí, Cervantes.

Me refiero otra vez a los “alegres comentaristas” que diría el capullo de Rosales (con cariño, no me lo tomen a mal los suyos), para recordar como alaban a su ídolo, mito español eterno, que como rutilante cura subido al ostentoso púlpito nos dice como Dios manda “Sed buenos, temed a Dios” y pasan por alto el gracioso diálogo de los refranes, que parecen irritar a don Quijote porque los encuentras impropios de un gobernador. Es preciso fijarnos en su contenido para ver que Sancho está oponiendo a la lección de su amo otra superior. Don Quijote, irritado le dice él no los encuentra tan numerosos, buenos y sabrosos como Sancho, pero no porque no se los sepa, sino porque no sirven a sus propósitos, para los que le vienen mejor citas de las Sagradas Escrituras. Cojamos los refranes con el copy-paste:

“Más yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena, presto se guisa la cena, y quien destaja, no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener, seso ha menester.


“que para todo hay remedio, si no es para la muerte, y teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere, cuanto más que el que tiene el padre alcalde... Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados, y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe, y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo, y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.


«entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», y «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder», y «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que replicar, como al «salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer». Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno vea la viga en el suy, porque no se diga por él: «espantóse la muerta de la degollada»; y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.


—Eso no, Sancho —dejamos que diga don Quijote—, que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio.

Los comentaristas solo notan lo buen caballero que es y el buen juicio que tiene don Quijote. Y los refranes son graciosos. Sin embargo, Sancho le está exponiendo una sabiduría superior; la de los refranes, la realidad, la de la experiencia; que se puede dejar de monsergas, que el que manda, manda, y no hay más que eso.

Finalmente le dice que no se preocupe, que él es muy Sancho y por ser gobernador de no va a dejar de serlo.

—Señor —replicó Sancho—, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con perdices y capones, y más, que mientras se duerme todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que solo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar, que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.


—Por Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención: quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos aguardan.

Don Quijote realmente ha sido convencido y superado por Sancho; en efecto, el que manda, manda, y eso es lo que cuenta. Pero lo que que importa es la calidad de la persona –y la de Sancho es buena- y los sermones, sin más, valen de poco.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Juicio Final

Espero que te guste el Quijote.

Estamos en la aventura o historia, pues todo es uno, que abría este blog, Hamlet y el Quijote (te lo recomiendo). Aprovecho para pedirte disculpas por ciertos inconvenientes en la edición ya que el comentario que va con Hamlet, parece que refiere a Fausto y el Quijote que es el siguiente post –pero los comentarios yo no sé corregirlos por ahora.


Ahora sin embargo estamos en otro discurso y en parte seguimos, como verás, con la Teología, pues este capítulo es el del Juicio Final. Comienza así:

«Callaron todos, tirios y troyanos”, y cuenta Eneas a los cartagineses la caída de Troya, “cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas y dispararse mucha artillería”. Asistimos al espectáculo de la guerra cantada inigualablemente por griegos y romanos; aquí Melisendra es Elena y Troya Zaragoza. No es el esposo don Gaiferos sino Carlomagno, como Agamenón, el que mira por su honra. Como también Marsilio, Príamo, reparte justos azotes. A tanta bondad pone fin nuestro caballero que:

“Diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Más no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes.”

Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes.

En efecto, al objeto de imponer justicia, que ya te dije estábamos en el Juicio Final:

“porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo restituye.” 
Deste modo contribuye el caballero a, de cara a tan señalada hora, equilibrar un poco las cosas y que vayan todos al cielo sin demora.
—¡Viva enhorabuena —dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro—, y muera yo!, pues soy tan desdichado, que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España,

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía.

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y sobre todo sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos y endereza tuertos y hace otras obras caritativas, y en mí solo ha venido a faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.

Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro y díjole:

—No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón, porque te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
—Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero, y, así, me parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio.

—Adelante —dijo don Quijote.

—Pues por esta abertura de arriba abajo —prosiguió maese Pedro, tomando en las manos al partido emperador Carlomagno—, no sería mucho que pidiese yo cinco reales y un cuartillo.

—No es poco —dijo Sancho.

—Ni mucho —replicó el ventero—: médiese la partida y señálensele cinco reales.

—Por esta figura —dijo maese Pedro— que está sin narices y un ojo menos, que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maravedís.

—Aun ahí sería el diablo —dijo don Quijote—, si ya no estuviese Melisendra con su esposo por lo menos en la raya de Francia, porque el caballo en que iban a mí me pareció que antes volaba que corría; y, así, no hay para qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema, no quiso que se le escapase, y, así, le dijo:

—Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían, y, así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y además desto, que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono.

—Dáselos, Sancho —dijo don Quijote—, no para tomar el mono, sino la mona; y docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los suyos.

—Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—, pero no habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.

En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya después de amanecido se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje, el uno para volverse a su tierra, y el otro a proseguir su camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a quien él conocía muy bien, y, así, madrugó antes que el sol, y cogiendo las reliquias de su retablo, y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir, que así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa historia
Habitualmente los filólogos, que son los más de los comentaristas del Quijote, comentan esta hazaña refiriéndola al manido tema de la ficción dentro de la ficción. No es extraño que cambien la terminología del estudio de la lengua casi cada año.

Los filósofos –liderados por Ortega- con el mejor criterio se interesan más por el estilo, bautizado alcionista, cervantino; esa manera de distanciarse que lleva a Cervantes a ese espíritu jovial, templado, humano, también calificado con el vocablo griego sofrosine; mentalidad sana -en contraste con la enferma. La respuesta es muy difícil, yo te dejo mi franca opinión por escrito para que solo se exponga cuando ya haya muerto.

Bueno, te daré una pista, válganos el aire de hoy: ese espíritu se logra rechazando derechos, en lugar de “reivindicarlos”, ese espíritu se consigue, si acaso, reclamando el derecho a no abusar, a no explotar, a jubilarse. El derecho que hemos de reivindicar es el de poder no cometer injusticias (¡pobres políticos, pobres banqueros, pobres jefes, pobres capataces, forzados a la triste tristeza de forzar!) Por ellos reivindicamos ese derecho; el de poder tener consideración a las necesidades de los demás, a “hacer al otro lo que quisieras que te hicieran a ti” como proclama el maestro Mo, en lugar del incesante “luchar” como los griegos en su agonía por la “democracia”, la “justicia”

Como aquella de ellos, la democracia actual, tampoco nos da cauce para pedir esos derechos y por eso necesitamos una DEMOCRACIA REAL YA, que nos permita reivindicar el derecho a no bombardear, el derecho a no dejar morir de hambre a otros, ni a dejar sufrir inhumanamente porque son de otros países, el derecho que reclamamos es el derecho a ser humanos.

¡DEMOCRACIA REAL YA!

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sancho y los judios

"¡Bendito sea el poderoso Alá!,

dice Cide Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. <<¡Bendito sea Alá!>> repite tres veces y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y Sancho"
El dialogo que mantenía con su sobrina lo continúa ahora con Sancho. Éste, como aquella, le hace un propuesta alternativa.
“—Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que, según ha poco, se puede decir desta manera) canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dicen, la espada de Roldán en la armería del Rey nuestro Señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos”.
Pero para que diera Sancho en semejante desvarío tuvo lugar el siguiente prólogo:

Según se dirigen al Toboso a buscar a Dulcinea, se expresa Sancho en términos poco acordes con el juicio que de ella tiene don Quijote, por lo que manifiesta su temor de

"que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras".


Como, quizás, la conversión, confesión y muerte con las que se deshace de él su falsario y embelesador autor, para el que ciertamente de esas niñerías no se sigue la salvación eterna como se le viene adjudicando por parte de su gran mayoría de intérpretes fieles de la verdad.

Y lo mismo que a don Quijote le acontece sospechar a Sancho:

"y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren".
Confirma don Quijote el deseo de fama de Sancho como algo propio del ser humano, y así relata varios casos que manifiestan este anhelo, pero acaba por decir;

"Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama".

“Dígame, señor –prosiguió Sancho- esos Julios y Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?

Los gentiles –respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio, o en el cielo

—Está bien —dijo Sancho—, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos señorazos ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?

Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos.... Pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas, ni con otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados." Respondió don Quijote.

—A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?

—La respuesta está en la mano —respondió don Quijote—: más es resucitar a un muerto.

—Cogido le tengo —dijo Sancho—. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

—También confieso esa verdad —respondió don Quijote.

—Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto —respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos, que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos, o sus reliquias, llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.

—¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote”.
Es entonces cuando le propone Sancho que se hagan frailes en lugar de caballeros, según el texto que no repito porque lo copié ya arriba.

“ —Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria.

—Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.

—Eso es —respondió don Quijote— porque es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros.

—Muchos son los andantes —dijo Sancho.

—Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre de caballeros”.
La fama es en general un camino duro, difícil y ciego, como se ve por los hechos mencionados. De momento, en efecto, queda mejor la fama alcanzada en virtud del poder sobre los demás, como esos señorazos de los que habla Sancho, que como los frailecicos descalzos a los que beatificaron por el despiadado uso de las cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos. Los unos, caballeros, príncipes y reyes, han consolidado el poder de algún estado y dinastía o régimen, los otros, sufridos frailecicos, consolidan el poder de su coalición, el vínculo en la creencia, y, por ello, a los muertos famosos, o de extraíble fama, el futuro les recuerda en función del uso que de ellos se puede hacer por parte de los vivos. De éste modo es normal que aquellos que arriesgaron su vida o sacrificaron su libertad para ser recompensados con esa fama sean buenos ejemplos para los que en éste momento ponen vida y libertad de buena fe a disposición de sus correligionarios. Por lo general a eso se remite la fama.

La pena es que ponen su vida y su libertad a disposición de su correligionarios y no del hombre del modo que pretenden don Quijote y los caballeros andantes, porque, como dice Sancho, “y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos”.