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sábado, 8 de octubre de 2011

Dos casos

Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo, del duque, se burlaban de Sancho




Hasta aquí llega nuestra paciencia con el “gran gobernador”. Todo esto es una fea mentira; por supuesto que a un gobernador no le importuna un negociante como le sucedió a Sancho; era una burla más de los duques que se molestaron en hacerla para nuestro entretenimiento y para que les tengamos compasión.

—Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser o han de ser de bronce para no sentir las importunidades de los negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo solo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es aquel el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.


Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban oyéndole hablar tan elegantemente y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves o adoban o entorpecen los entendimientos.


Cuando en El Quijote el público se admira de oír hablar a sus héroes –algo que en este capítulo se hace repetidamente (y no lo voy a copiar más abajo)- malo, pues está de sobra en Cervantes, y suele ser que su discurso resbala por la locura del mundo. Pide que le den de comer cosas normales y lo justifica así

“y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana y que si me dan ocasión han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas”.


Este habla ya como San Pablo: “tened las cosas como si no las tuvierais”, que será mejor que no tenerlas de verdad.

Se van de ronda, a vigilar al pueblo:

“que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes y mal entretenida. Porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo o quiébrome la cabeza?”


A limpiar la ínsula de zánganos y, sobre todo, honrar a los religiosos: Nuevas admiraciones al discurso de Sancho especialmente por tanto que no tiene Letra alguna.

Sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá y hallaron que eran dos solos hombres los que reñían:

El uno gana en el juego de naipes “de suerte dudosa” mil reales, el otro, un mirón del juego, le acredita esa “suerte” y cuando acaba el juego le pide ocho reales por el servicio de avalista, el ganador, sin embargo, solo le quiere dar cuatro.


—Lo que se ha de hacer es esto —respondió Sancho—: vos, ganancioso, bueno o malo o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos que no tenéis oficio ni beneficio, y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien reales y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida, colgándoos yo de una picota, o a lo menos el verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le asentaré la mano.


Abrid camino a la justicia creativa…

Añade Sancho

—Ahora, yo podré poco o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce que son muy perjudiciales.

—Esta a lo menos —dijo un escribano— no la podrá vuesa merced quitar, porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias encubren, que en las casas de los caballeros principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.
Los vicios en casa de los poderosos se disimulan mejor.
De inmediato otro caso se le presenta al señor gobernador

—Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y así como columbró la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo: señal que debe de ser algún delincuente; yo partí tras él, y si no fuera porque tropezó y cayó, no le alcanzara jamás.

—¿Por qué huías, hombre? —preguntó Sancho.

A lo que el mozo respondió:

—Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.


Como, luego, sin embargo, resulta ser un atrevido gracioso, le despide Sancho con un consejo:

Dios os dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos.


En ambos casos vemos el ingenio para juzgar del gobernador. No sabemos si son también burlas o pruebas de los duques, bien que lo parecen –sobre todo este segundo caso porque, como bien señala Sancho, hay que ser tan atrevido como don Quijote. Pero en el caso que sigue, se toman la molestia de informarnos que no lo es:

Fuese el mozo y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido y dijeron:

—Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que viene vestida en hábito de hombre.

La moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía ordenado por ellos, y, así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el caso. Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza y preguntóle quién era, adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:

—No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto. Una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinorosa, sino una doncella desdichada, a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.


Mentira. ¿Por qué no canta de plano? ¿Ha hecho acaso mal a nadie?

Estamos ante el tema oculto de la Paz Perpetua que, por cierto, no se nos enseña por complicidad o ignorancia. Cervantes y Kant están mucho más cerca de lo se piensa; si uno oculta su intención es, de entrada, necesariamente por algo malo, pero, a continuación añade Kant, esa maldad no es en sí, sino en relación principal y directa con los propósitos del poder, y la prueba está en éste no necesita ocultarse.

Apartáronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió diciendo:

—Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.


¡Contradicción! Antes se coge a un mentiroso que a un cojo, dice el refrán. Se conoce que la evidencia de la mentira quita el coraje para ingeniar una nueva; ahora canta de plano:

—Ahora, señores, yo estoy turbada y no sé lo que me digo —respondió la doncella—, pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos vuesas mercedes deben de conocer.

Y en esto comenzó a llorar tiernamente:

Sancho la consoló con las mejores razones que él supo y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que le había sucedido, que todos procurarían remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.

—Es el caso, señores —respondió ella—, que mi padre me ha tenido encerrada diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que por entrar de ordinario en mi casa se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío. Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada. Quisiera yo ver el mundo, o a lo menos el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquellas, y otras muchas que yo no he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara...

—No se ha perdido nada —respondió Sancho— (se refiere a la virginidad ¿al embarazo?, pues iba completa y ricamente vestida). Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes en casa de su padre: quizá no los habrá echado menos. Y de aquí adelante no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa, y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína, y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.


Terrible gobernador.

Femenina tragedia.

Cuanto menor era su libertad, más se las valoraba.



Quedó el maestresala traspasado su corazón y propuso de luego otro día pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía negar.

sábado, 1 de octubre de 2011

Noche oscura

Dejemos a Sancho con su gobierno y volvamos con el Caballero del Ideal o de la Fee.



“Estaba mohíno y malencólico el malferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas anejas a la andante caballería.



Seis días estuvo sin salir en público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso.



Primero imagina lo que le gustaría, que la imaginación es libre
A continuación, la imaginación se le dispara, y siente miedo, por lo que se acoge a la religión


Clavó los ojos en la puerta, y cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña. Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su silencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala fechuría y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visión, y cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si él quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya, porque así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las vendas que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:

—¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?

Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos, y, viéndose a escuras, volvió las espaldas para irse y con el miedo tropezó en sus faldas y dio consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:

—Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres y que me digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo haré por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo, que para esto tomé la orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio se estiende.

La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don Quijote, y con voz afligida y baja le respondió:

—Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no soy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, que con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele remediar a vuestra merced vengo.
Recuperado, vuelve a asegurarse que no sea una tentación, que la tentación siempre lo es contra la fee, aunque sea en Dulcinea.




—Dígame, señora doña Rodríguez —dijo don Quijote—, ¿por ventura viene vuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva y departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto le viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.

—¿Yo recado de nadie, señor mío? —respondió la dueña—. Mal me conoce vuestra merced, sí, que aún no estoy en edad tan prolongada, que me acoja a semejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un poco: saldré a encender mi vela y volveré en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del mundo.

Y sin esperar respuesta se salió del aposento, donde quedó don Quijote sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y peor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y decíase a sí mismo:


 

Y el peligro de la fee, aunque sea en Dulcinea, ha de venir del diablo; tanto don Quijote como Cervantes acabaron excomulgados.


—¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora con una dueña lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña. ¿Y quién sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y en casos semejantes mejor es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso, que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas estatuas como las dueñas verdaderas!

Y diciendo esto se arrojó del lecho con intención de cerrar la puerta y no dejar entrar a la señora Rodríguez; mas cuando la llegó a cerrar, ya la señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoquín, temió de nuevo y, retirándose atrás como dos pasos, dijo:

—¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.

—Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora —respondió don Quijote—, y, así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.

—¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? —respondió la dueña.

—A vos y de vos la pido —replicó don Quijote—, porque ni yo soy de mármol, ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi continencia y recato y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.

Y diciendo esto besó su derecha mano y le asió de la suya, que ella le dio con las mesmas ceremonias.


 
El acuerdo en los términos formales ha acabado resolviendo las dudas.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis y dice que por Mahoma que diera por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho la mejor almalafa de dos que tenía.


 
¡Caramba! pero…., entonces no los veía….¿Pues cómo diablos nos cuenta la historia? No, amigo, este post se me hace ya largo y no voy a especular; al ingenuo Sr. Hamete le parece que hacen buena pareja, ocasión que encarece con la enaltecedora mención de Mahoma, pero las apariencias no lo son todo, no es piadoso ni prudente desposar a nadie con un loco.

—Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas, que será de mí escuchada con castos oídos y socorrida con piadosas obras.

Le resume gentilmente doña Rodríguez su vida y como se casó con un escudero que fue despedido y muerto por su incapacidad para conciliar, como Antígona, el deber con las formalidades. Con éste tuvo doña Rodríguez una guapa hija a la que ha dejado embarazada el hijo de un labrador rico tras darle palabra de que se casaría con ella. Doña Rodríguez ha pedido al duque que obligue al padre a casarse con su hija pero éste debe dinero al padre del padre y le resuelva el entuerto por lo que habiendo oído del oficio de don Quijote le pide intervenga.

Del grotesco caso figurado de la Dueña Dolorida a la realidad de la indefensión de la viuda Rodríguez, a la que el servicio de justicia, el duque, se niega. Doña Rodríguez no es mentecata como a menudo se pretende; de si es del número de los que no está al tanto de la burla de los duques; su necesidad es aquí lo que se impone. Este no es un caso de indefensión, sino su paradigma; el mismo servicio de justicia necesita también de fuerza, generalmente dinero.

De la formalidad, al conocimiento, del conocimiento a la confianza:


“Póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene, que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi hija no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor mío, que no es todo oro lo que reluce, porque esta Altisidorilla tiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no está muy sana, que tiene un cierto aliento cansado, que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.

—¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? —preguntó don Quijote.

—Con ese conjuro —respondió la dueña—, no puedo dejar de responder a lo que se me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, la hermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer primero a Dios y luego, a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los médicos que está llena.

—¡Santa María! —dijo don Quijote—. ¿Y es posible que mi señora la duquesa tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales fuentes y en tales lugares no deben de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante para salud.
 
A diferencia del Dios verdadero que imparte la justicia en la otra vida, el creador de don Quijote no le pasa una en ésta, por lo que:


Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo, como suele decirse, acudieron a don Quijote y, desenvolviéndole de la sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable.

sábado, 17 de septiembre de 2011

De la contradicción del gobierno (I)

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar



¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la poesía, inventor de la música, tú que siempre sales y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!, a ti digo que me favorezcas y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza, que sin ti yo me siento tibio, desmazalado y confuso.


Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba «la ínsula Barataria», o ya porque el lugar se llamaba «Baratario» o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.


Finalmente, en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo:


—Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador y, así, o se alegra o se entristece con su venida.


En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared estaban. Fuele respondido:


—Señor, allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión desta ínsula, y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce».


—¿Y a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.


—A vuestra señoría —respondió el mayordomo—, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.


—Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
Y comienzan los casos. Todos ellos se resuelven con la humanidad como término medio, es decir; racionalizando los casos, pues el ser humano es medida de todas las cosas. La justicia real de los galeotes de la Primera Parte es dependiente de la necesidad de recursos humanos para las galeras. Y pronto le desengañarán los duques a Sancho respecto a la idea que tiene del gobierno.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Juicio Final

Espero que te guste el Quijote.

Estamos en la aventura o historia, pues todo es uno, que abría este blog, Hamlet y el Quijote (te lo recomiendo). Aprovecho para pedirte disculpas por ciertos inconvenientes en la edición ya que el comentario que va con Hamlet, parece que refiere a Fausto y el Quijote que es el siguiente post –pero los comentarios yo no sé corregirlos por ahora.


Ahora sin embargo estamos en otro discurso y en parte seguimos, como verás, con la Teología, pues este capítulo es el del Juicio Final. Comienza así:

«Callaron todos, tirios y troyanos”, y cuenta Eneas a los cartagineses la caída de Troya, “cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas y dispararse mucha artillería”. Asistimos al espectáculo de la guerra cantada inigualablemente por griegos y romanos; aquí Melisendra es Elena y Troya Zaragoza. No es el esposo don Gaiferos sino Carlomagno, como Agamenón, el que mira por su honra. Como también Marsilio, Príamo, reparte justos azotes. A tanta bondad pone fin nuestro caballero que:

“Diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Más no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes.”

Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes.

En efecto, al objeto de imponer justicia, que ya te dije estábamos en el Juicio Final:

“porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo restituye.” 
Deste modo contribuye el caballero a, de cara a tan señalada hora, equilibrar un poco las cosas y que vayan todos al cielo sin demora.
—¡Viva enhorabuena —dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro—, y muera yo!, pues soy tan desdichado, que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España,

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía.

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y sobre todo sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos y endereza tuertos y hace otras obras caritativas, y en mí solo ha venido a faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.

Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro y díjole:

—No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón, porque te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
—Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero, y, así, me parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio.

—Adelante —dijo don Quijote.

—Pues por esta abertura de arriba abajo —prosiguió maese Pedro, tomando en las manos al partido emperador Carlomagno—, no sería mucho que pidiese yo cinco reales y un cuartillo.

—No es poco —dijo Sancho.

—Ni mucho —replicó el ventero—: médiese la partida y señálensele cinco reales.

—Por esta figura —dijo maese Pedro— que está sin narices y un ojo menos, que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maravedís.

—Aun ahí sería el diablo —dijo don Quijote—, si ya no estuviese Melisendra con su esposo por lo menos en la raya de Francia, porque el caballo en que iban a mí me pareció que antes volaba que corría; y, así, no hay para qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema, no quiso que se le escapase, y, así, le dijo:

—Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían, y, así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y además desto, que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono.

—Dáselos, Sancho —dijo don Quijote—, no para tomar el mono, sino la mona; y docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los suyos.

—Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—, pero no habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.

En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya después de amanecido se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje, el uno para volverse a su tierra, y el otro a proseguir su camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a quien él conocía muy bien, y, así, madrugó antes que el sol, y cogiendo las reliquias de su retablo, y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir, que así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa historia
Habitualmente los filólogos, que son los más de los comentaristas del Quijote, comentan esta hazaña refiriéndola al manido tema de la ficción dentro de la ficción. No es extraño que cambien la terminología del estudio de la lengua casi cada año.

Los filósofos –liderados por Ortega- con el mejor criterio se interesan más por el estilo, bautizado alcionista, cervantino; esa manera de distanciarse que lleva a Cervantes a ese espíritu jovial, templado, humano, también calificado con el vocablo griego sofrosine; mentalidad sana -en contraste con la enferma. La respuesta es muy difícil, yo te dejo mi franca opinión por escrito para que solo se exponga cuando ya haya muerto.

Bueno, te daré una pista, válganos el aire de hoy: ese espíritu se logra rechazando derechos, en lugar de “reivindicarlos”, ese espíritu se consigue, si acaso, reclamando el derecho a no abusar, a no explotar, a jubilarse. El derecho que hemos de reivindicar es el de poder no cometer injusticias (¡pobres políticos, pobres banqueros, pobres jefes, pobres capataces, forzados a la triste tristeza de forzar!) Por ellos reivindicamos ese derecho; el de poder tener consideración a las necesidades de los demás, a “hacer al otro lo que quisieras que te hicieran a ti” como proclama el maestro Mo, en lugar del incesante “luchar” como los griegos en su agonía por la “democracia”, la “justicia”

Como aquella de ellos, la democracia actual, tampoco nos da cauce para pedir esos derechos y por eso necesitamos una DEMOCRACIA REAL YA, que nos permita reivindicar el derecho a no bombardear, el derecho a no dejar morir de hambre a otros, ni a dejar sufrir inhumanamente porque son de otros países, el derecho que reclamamos es el derecho a ser humanos.

¡DEMOCRACIA REAL YA!

jueves, 16 de diciembre de 2010

El reparto

Que la justicia distributiva o reparto sea lo que importa, se me ocurrió en el post anterior sin reparar en que Cervantes lo trata:

“Mandóselos volver al punto Roque Guinart y, mandando poner los suyos en ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas y dineros y todo aquello que desde la última repartición habían robado; y haciendo brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:
—Si no se guardase esta puntualidad con estos, no se podría vivir con ellos.
A lo que dijo Sancho:
—Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones”.

Como dije, este libro no está escrito para los intelectuales, sujetos como están a ilustrar la justicia distributiva, sino para la inteligencia que se usa en las relaciones internacionales. Lo acaba de decir Solana; que los actores son, por lo menos todavía, los estados.


Y aparte. Tenemos que pensar que la escena tuvo lugar realmente o fue una invención del autor. El intelectual buscaría una referencia intelectual, que Roque era más caco que Caco; el inteligente busca una referencia fáctica; las expresiones sagradas, según sean puestas en situación, dan risa. o al menos pierden aquel explendor que las hace inviolables. Porque la realidad no la capta, inmoviliza, ninguna expresión.

Así, lo que Cervantes hace es crear escenarios de risa. Pero no para hacer reir, sino para defenderse....je je je

martes, 7 de diciembre de 2010

Quien somos nosotros

—"Así es verdad —dijo Andrés—, pero este mi amo ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

—No niego, hermano Andrés —respondió el labrador—, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.

—Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—: dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole:

—Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel desfacedor de agravios me dejó mandado.

—Eso juro yo —dijo Andrés—, y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva, que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!

—También lo juro yo —dijo el labrador—, pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecentar la paga.

Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto".

Mentir -> no cumplir lo prometido -> confesar: Se obliga a confesar por la fuerza y luego se exige cumplir lo prometido.

Los hechos: Don Quijote hace confesar y prometer en el acto pero no puede hacer cumplir, porque el castigo queda dudoso.

Don Quijote es consciente de ello y apela entonces al juramento de Juan, a quien toma por caballero, esto es; tiene que cumplir su palabra incondicionalmente -ya que de otro modo, como caballero, habiera dado la vida por defenderla -defender su espíritu- antes que generarla por sumisión -como los villanos. Ahí tenemos a los caballeros.

El propósito de Cervantes es acabar con esos libros de caballería, los libros que hablan de defender un tal espíritu hasta la muerte. Lo que no significa que podamos entonces que incumplir las promesas o mentir, sino todo lo contrario, pues necesitamos cooperar, pero utilizando otro criterio; la razón, el sentido común y no el de un espíritu ensimismado, sino de uno abierto y libre que resulta de la comunidad con los demás.

En contra de lo que suponemos tener derecho como lectores, el autor aquí no nos dice o da indicios claros de lo que en realidad pasa; el labrador no paga pero pega, el pastor pierde las ovejas, ¿las roba? ¿se cobra con ellas? Ignoramos lo que realmente haya detrás de lo que acabamos de presenciar. Ahora pensemos este escenario desde el punto de vista del autor (el Dios, que lo sabe todo, pero que solo nos da a conocer lo que nos conviene para el caso). En efecto, tenemos que concentrarnos en este proceso, más que en el hecho propiamente delictivo que el juicio pueda luego sancionar. Ese proceso es simplemente la evolución, el cambio en el juego de fuerzas.

Hemos podido apreciar que la justicia necesita una buena red para poder implementar la ley. Pero este sistema tan poderoso de justicia que apenas deja resquicio, ¿se ocupa realmente de la justicia o de hacer confesar?. Es el poder de esa justicia la que lleva a los pobres a dar a los ricos y esa práctica la llamamos y nos creemos que es la justicia.