Mostrando entradas con la etiqueta Sancho. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sancho. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de octubre de 2011

El progreso del gobierno

Va tocando a su fin el gobierno de Sancho y deja Cervantes su proyección humana para poner los ojos en el mundo real, dando entrada a un caso un tonto diferente a los anteriores, un caso irreal y teórico, donde, por ello, va a encajar la doctrina platónica de don Quijote, rarísima ocasión que acontece precisamente cuando, a la inversa, el irreal oficio de caballero andante ha sido introducido en el mundo real de la blanca mano de doña Rodríguez.


Es el caso que un forastero presenta al gobernador.

—Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío, y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso... Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: «Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna». Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: «Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre». Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hombre, que aún hasta agora están dudosos y suspensos, y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.


Pide Sancho que se le repita al caso, pues carece de sentido. ¿Cómo se puede saber si lo que uno dice que hará tras pasar el puente es verdad o mentira hasta después de haberlo pasado? Es un planteamiento, pues, solo teórico, pero es así como la irracionalidad real queda representada; la verdad y la mentira, ambas condenan, tal como decide la picaresca. Sancho, en todo caso, se dispone a juzgarlo, pero primero quiere asegurarse reduciéndolo y conformándolo a sus premisas de este modo:

El tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró mentira y por la misma ley merece que le ahorquen.

—Digo yo, pues, agora —replicó Sancho— que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.

—Pues, señor gobernador —replicó el preguntador—, será necesario que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

—Venid acá, señor buen hombre —respondió Sancho—: este pasajero que decís, o yo soy un porro o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente, porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal. Y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula, que fue que cuando la justicia estuviese en duda me decantase y acogiese a la misericordia, y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde.


En los casos “ideales” rige el juicio de don Quijote. Llega una carta suya. Y así ve él la manera que ha tenido de juzgar Sancho:

Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas:


Le aconseja que se diferencie, que se distinga disfrazándose según corresponde a su cargo.

Y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón, porque el buen adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo: no digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto.


Le alecciona como tener contentos a los súbditos:

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.


El rigor debe ser mantenido para mantener el temor.

No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.


Debe aparentar ser justo

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el punto de la discreción.


Ve con tus propios ojos. Que tu presencia traiga el recuerdo del de la justicia y su rigor.

Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma razón.


Mira por donde perderás el juicio o la libertad.

No te muestres, aunque por ventura lo seas, lo cual yo no creo, codicioso, mujeriego ni glotón; porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición.


Don Quijote insiste en arrogarse valor a los consejos que ya le dio en el castillo de los duques y encarece el agradecimiento:

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.


Finalmente manifiesta que, por esta vez, cogido en su propia trampa, se ha de poner al lado de los menesterosos, doña Rodríguez, frente a los levantados, los duques, que para mayor desgracia son precisamente sus anfitriones. Esta ocasión, como queda arriba dicho, nos reconcilia, pues no enaltece, como de costumbre, a los soberbios sino que los contesta.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos señores; pero aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme a lo que suele decirse: «Amicus Plato, sed magis amica veritas». Dígote este latín porque me doy a entender que después que eres gobernador lo habrás aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima
.

Le responde Sancho notificándole primero que aquellos sus consejos no han venido tan a cuento, como el supone:

La ocupación de mis negocios es tan grande, que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y, así, las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va esto, porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen venir, antes de entrar en ella o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos dineros, y que esta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos, no solamente en este.


Le preocupa que se enemiste con los duques por lo que a él le toca:

No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de redundar en mi daño, y no será bien que pues se me da a mí por consejo que sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.


Anticipa Sancho la noche de su pasión dictando algunos decretos, desde el entendimiento de las competencias y responsabilidades del poder civil.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Las penas del gobernante

Así en el post anterior como en éste y en los que tratan del gobierno de Sancho, no se precisa mucha atención, pues no hay, como en general en El Quijote, por lo menos tres perspectivas. Sancho tiene ya su despojo; la ínsula, nos ha mostrado primero ser buen juez a fuer de ser hombre, pero igual por ser hombre queda defraudado el disfrute que se esperaba por la simple ley de que éste no puede ser continuo, y todo exceso se paga, así la mucha comida, pero igual todo otro gusto repetido; o cansa o exige más:

Ante una gran cantidad de manjares a la vista, le dice el maestresala:

“lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.”

Y el que tiene poder, del que otros son desposeídos, ha de temar más por su seguridad. Por eso, ya el primer día recibe la siguiente carta del duque:

“A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa ínsula la han de dar un asalto furioso no sé qué noche: conviene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también por espías verdaderas que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio: abrid el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren”

Como Sancho no la sabía leer, hubo de leerla su secretario:

—¿Quién es aquí mi secretario?


Y uno de los que presentes estaban respondió:


—Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.


—Con esa añadidura —dijo Sancho— bien podéis ser secretario del mismo emperador.

Dice en este punto Francisco Rico, el editor de esta edición de El Quijote que “Era hecho bien conocido la abundancia de secretarios vizcaínos ‘vascos’, dato que a menudo se explicaba por su lealtad y fidelidad, cortedad de palabras y buena letra”.

Pero yo tengo también oído que esa ventaja se la daban sus raros apellidos que daban muestra que eran cristianos viejos en la vieja loca España. Y pareceme que esa rara habilidad hasta hoy se les mantiene.

Pide finalmente, pide Sancho por caridad

“un pedazo de pan y obra de cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas".
Pero, ni siquiera puede satisfacer su humilde deseo, pues:

En esto entró un paje y dijo:


—Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a vuestra señoría en un negocio, según él dice, de mucha importancia


—Estraño caso es este —dijo Sancho— destos negociantes. ¿Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como estas no son en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide,

Este labrador, es insolente, impertinente y pesado; le cuenta largamente un asunto personal y acaba

—Querría, señor —respondió el labrador—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza.—


¿Queréis otra cosa, buen hombre? —replicó Sancho.


Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los suegros.


—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho— y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.


—No, por cierto —respondió el labrador.


Y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo:


—¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿Y por qué te los había de dar aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de Miguel Turra ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?


 

sábado, 26 de febrero de 2011

¡Otro mundo es posible!

¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué don Quijote, que vio castillos donde había ventas, gigantes donde molinos, ejércitos donde ovejas, ve a una aldeana en lugar de la princesa Dulcinea como piadosamente le sugiere Sancho?


Nos lo ha cambiado su sibilino autor.

En la segunda parte en lugar de ser don Quijote el que imagina y ve en todo cuanto le rodea un mundo fantástico semejante al de los libros de caballería, son los que ya conocen su locura por experiencia, como Sancho, o por haber leído la primera parte, Carrasco, los Duques, don Antonio, etc., los que le manipulan porque lo conocen.

Me vienen a la memoria en este punto las enseñanzas de las escuelas de la estrategia china, que si hubiera que resumirlas con una palabra sería “engaño” y si con una frase; “conoce al otro y lo tendrás en tus manos”.

Igualmente me recuerda a la picaresca, auténtica marea literaria del siglo XVI español, que trata del abuso de la “buena fe”, o creencias de los otros, tanto obteniendo limosna con efectivas invocaciones, cuasi conjuros, como averiguando la mente de sus víctimas.



Y una nueva y aguda muestra de la transformación de don Quijote es la aventura de la carreta de Las Cortes de la Muerte:

Inicialmente don Quijote se planta frente a la carreta y pregunta a sus pintorescos pasajeros quienes son; queda satisfecho de su respuesta y dice:

—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño.


Pero no es este el desenlace del encuentro, pues el botarga, con unas vejigas infladas que llevaba, asusta a Rocinante que da con el caballero en tierra. Y siguen sus desgracias cuando, al dejar Sancho el rucio para socorrer a su amo, monta sobre él el mamarracho llevándoselo y martirizándolo a golpes de las vejigas que llevaba. A lo que nuestro señor don Sancho:

“antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno”

Quiso luego responder don Quijote la ofensa, pero, como se pusiesen en formación los farsantes y se apertrecharan de piedras, se deja convencer por Sancho de que no tienen nada que ganar sino mucho que perder. Decide don Quijote cesar en su ataque por no haber entre ellos caballeros, o ganancia, como le dice Sancho, y tampoco llega a agredirles el buen escudero, por no ser de cristianos tomarla de los agravios.

Comentan lo poco que hubieran valido los despojos. (El novedoso agnosticismo de don Quijote les deja en simples bandoleros)



También, a propósito, comentan la semejanza entre la comedia y la vida:

—Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura

. —Brava comparación —dijo Sancho—, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

Como de ordinario, es mejor y más inteligente la comparación de nuestro señor don Sancho, lo reconoce el pedante de su amo, pues mientras en la comedia el autor hace aparecer a diversos personajes según su conveniencia, y a menudo arbitrario e ignorante criterio, el tablero de ajedrez representa a la sociedad entera y los que la han de formar al completo. Los puestos estás creados y diferentes personas, diferentes vidas, los ocupan calzándose sus botas y vistiéndose sus hábitos y siguen en ellos hasta que otros, aún no nacidos los puedan ocupar.

De la soberbia del amo, enjuiciandole, da ajustada cuenta su criado replicandole que si acierta es gracias a él, que le sirve, a su ingenio como a la seca tierra, de estiercol. 

No es la naturaleza, sino la forma específica de comportarse los hombres; a diferencia de la naturaleza de los animales que saben relacionarse en más variadas formas y hasta guardarse amistad sin seguir necesariamente esa maligna estructura, lo que nos demuestra que esa es, aún si exterior, propia del hombre, que el arma, dada su capacidad de prevenir, le genera.

Canta Cide Hamete la amistad del asno y el rocín a la que dedica varios capítulos (que no transcribe el autor cristiano por no haber sido capaz de hallarles el alma);

“cuán firme debió ser la amistad destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:

No hay amigo para amigo:

las cañas se vuelven lanzas;

y el otro que cantó:

De amigo a amigo, la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son, de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
¡Qué mentecato don Quijote! ¡Qué buen discipulo de su burro Sancho!

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sancho y los judios

"¡Bendito sea el poderoso Alá!,

dice Cide Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. <<¡Bendito sea Alá!>> repite tres veces y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y Sancho"
El dialogo que mantenía con su sobrina lo continúa ahora con Sancho. Éste, como aquella, le hace un propuesta alternativa.
“—Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que, según ha poco, se puede decir desta manera) canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dicen, la espada de Roldán en la armería del Rey nuestro Señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos”.
Pero para que diera Sancho en semejante desvarío tuvo lugar el siguiente prólogo:

Según se dirigen al Toboso a buscar a Dulcinea, se expresa Sancho en términos poco acordes con el juicio que de ella tiene don Quijote, por lo que manifiesta su temor de

"que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras".


Como, quizás, la conversión, confesión y muerte con las que se deshace de él su falsario y embelesador autor, para el que ciertamente de esas niñerías no se sigue la salvación eterna como se le viene adjudicando por parte de su gran mayoría de intérpretes fieles de la verdad.

Y lo mismo que a don Quijote le acontece sospechar a Sancho:

"y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren".
Confirma don Quijote el deseo de fama de Sancho como algo propio del ser humano, y así relata varios casos que manifiestan este anhelo, pero acaba por decir;

"Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama".

“Dígame, señor –prosiguió Sancho- esos Julios y Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?

Los gentiles –respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio, o en el cielo

—Está bien —dijo Sancho—, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos señorazos ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?

Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos.... Pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas, ni con otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados." Respondió don Quijote.

—A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?

—La respuesta está en la mano —respondió don Quijote—: más es resucitar a un muerto.

—Cogido le tengo —dijo Sancho—. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

—También confieso esa verdad —respondió don Quijote.

—Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto —respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos, que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos, o sus reliquias, llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.

—¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote”.
Es entonces cuando le propone Sancho que se hagan frailes en lugar de caballeros, según el texto que no repito porque lo copié ya arriba.

“ —Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria.

—Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.

—Eso es —respondió don Quijote— porque es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros.

—Muchos son los andantes —dijo Sancho.

—Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre de caballeros”.
La fama es en general un camino duro, difícil y ciego, como se ve por los hechos mencionados. De momento, en efecto, queda mejor la fama alcanzada en virtud del poder sobre los demás, como esos señorazos de los que habla Sancho, que como los frailecicos descalzos a los que beatificaron por el despiadado uso de las cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos. Los unos, caballeros, príncipes y reyes, han consolidado el poder de algún estado y dinastía o régimen, los otros, sufridos frailecicos, consolidan el poder de su coalición, el vínculo en la creencia, y, por ello, a los muertos famosos, o de extraíble fama, el futuro les recuerda en función del uso que de ellos se puede hacer por parte de los vivos. De éste modo es normal que aquellos que arriesgaron su vida o sacrificaron su libertad para ser recompensados con esa fama sean buenos ejemplos para los que en éste momento ponen vida y libertad de buena fe a disposición de sus correligionarios. Por lo general a eso se remite la fama.

La pena es que ponen su vida y su libertad a disposición de su correligionarios y no del hombre del modo que pretenden don Quijote y los caballeros andantes, porque, como dice Sancho, “y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos”.