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domingo, 11 de marzo de 2012

Agüeros y nombres

Hemos ya identificado y definido la figura de nuestro personaje; es plano, sin doblez, toma las palabras literalmente y, por ese motivo, es incapaz de dudar de la efectividad del sacrificio de Sancho a efectos del desencanto de Dulcinea, así cómo de ningún otro de los engaños a los que ha sido sometido en su viaje de ida y vuelta. Pues bien, en el capitulo pasado acababa el sacrificio de Sancho y don Quijote está ya ahora a la espera de verla en cualquier momento. Ésta no aparece, pero, don Quijote no tiene capacidad para entender el engaño “¿Miente, delante de mi ruin villano?” dijo ya a Juan Haldudo en su primera aventura. La mentira es algo que don Quijote no admite, puesto que la realidad se ajusta al concepto, a la palabra. Es preciso entonces recurrir a una revelación sobrenatural que comunique la nueva realidad: el agüero.

“No la has de ver en todos los días de tu vida”, escucha decir.

—¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: «no la has de ver en todos los días de tu vida»?

—Pues bien, ¿qué importa —respondió Sancho— que haya dicho eso el mochacho?

—¿Qué? —replicó don Quijote—. ¿No vees tú que aplicando aquella palabra a mi intención quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?

Queríale responder Sancho, cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña venía huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual, temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio. Cogióla Sancho a mano salva y presentósela a don Quijote, el cual estaba diciendo:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!

Entran, por fin, en su patria chica, pero, es el asno y no el famoso caballero el que más atrae la atención, pues, es el más significado para la ocasión:

Sancho Panza había echado sobre el rucio y sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero, la túnica de bocací pintada de llamas de fuego que le vistieron en el castillo del duque la noche que volvió en sí Altisidora; acomodóle también la coroza en la cabeza, que fue la más nueva transformación y adorno con que se vio jamás jumento en el mundo.

Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a ellos con los brazos abiertos. Apeóse don Quijote y abrazólos estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la coroza del jumento y acudieron a verle, y decían unos a otros:

—Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y la bestia de don Quijote más flaca hoy que el primer día.

Luego cada mochuelo a su nido. Sancho no viene de gobernador, pero, trae dinero y todos contentos.

—¿Cómo venís así, marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y más traéis semejanza de desgobernado que de gobernador?

—Calla, Teresa —respondió Sancho—, que muchas veces donde hay estacas no hay tocinos, y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas. Dineros traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daño de nadie.

—Traed vos dinero, mi buen marido —dijo Teresa—, y sean ganados por aquí o por allí, que como quiera que los hayáis ganado no habréis hecho usanza nueva en el mundo.

Abrazó Sanchica a su padre y preguntóle si traía algo, que le estaba esperando como el agua de mayo; y asiéndole de un lado del cinto, y su mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a don Quijote en la suya en poder de su sobrina y de su ama y en compañía del cura y del bachiller.

Don Quijote de inmediato da cuenta de su vencimiento al bachiller y al cura y los invita a sumarse a sus planes de hacerse pastor para dar rienda suelta a sus amorosos pensamientos, donde "lo principal del negocio estaba hecho", que era ponerse los nombres:

Don Quijote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su vencimiento y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en un átomo, bien así como caballero andante obligado por la puntualidad y orden de la andante caballería, y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más importantes, quisiesen ser sus compañeros, que él compraría ovejas y ganado suficiente que les diese nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de aquel negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don Quijote que él se había de llamar el pastor Quijótiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curiambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.

También a las pastoras

—Y cuando faltaren, darémosles los nombres de las estampadas e impresas, de quien está lleno el mundo: Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas, Galateas y Belisardas; que pues las venden en las plazas, bien las podemos comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de «Anarda», y si Francisca, la llamaré yo «Francenia», y si Lucía, «Lucinda», que todo se sale allá; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofradía, podrá celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de «Teresaina».

Oyólo el ama y dijo:

—¿Y podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que este es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta años que tengo de edad: estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ánima si mal le fuere.

Los nombres no la impresiones. Las necesidades prácticas se imponen en la vida.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El otro y el mismo

Afirma Ortega que, en comparación con Cervantes, Shakespeare parece un ideólogo, pues, aun siendo el Quijote la obra de arte que más claves nos da para entender la vida humana no nos ofrece indicios o señales de cómo entenderla, interpretarla. Sin embargo, acabamos de ver el anterior capítulo que, siendo discreto -como discreto es Cervantes, es pura ideología. Y ahora entiendo que el capítulo anterior era previsión de éste.


Cervantes se encuentra con que el Ingenioso Hidalgo logra el aplauso general como obra cómica, pero no entendimiento público de su sentido, más que por ser éste ininteligible porque trata de lo que no se puede hablar, comienza así desde el primer momento la paradoja de que el protagonista loco gane fama mientras se arrincona a su autor. Si había alguien capacitado para alcanzar entendimiento del Quijote era Lope, maestro confesor, al que le horrorizó, y muy probablemente El Quijote apócrifo tuvo su origen en él. Cervantes ve ahora como el sentido de El Quijote se difumina, incluso se contradice, a manos de otro autor, y también comprende que es reacción a cierto entendimiento. Pero ese entendimiento es incompleto, por eso Cervantes hará algo que nadie ha entendido (con lo que también hace su penitencia por el ideológico capítulo anterior): que don Quijote renuncie a sus caballerías y muera cristianamente; porque a Cervantes las Letras le dan igual.

Y son estos mismos hechos los que fuerzan a Cervantes a encarnarse en el protagonista loco a costa de tener que hacer explícito reiteradamente que éste tiene momentos lúcidos.

Quizás esa encarnación se muestre ya en ésta su melancolía:


“Considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas: al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas y entomece las manos y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes.”

Durmieron por fin, y
“despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que al parecer una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque don Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventas castillos".

Y Sancho daba

“particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese parecido castillo aquella venta.”



Ofrece el posadero a Sancho lo que éste desee; le pide pollos, pollas, ternera, cabrito, tocino y huevos, para resultar que solo tenía uñas de vaca, a lo que no tiene más remedio que acomodarse Sancho.


Iban ya a cenar cuando
“en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:


—Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.


Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie y con oído alerto escuchó lo que dél trataban y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:


—¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?


—Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.


Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho alzó la voz y dijo:


—Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.


—¿Quién es el que nos responde? —respondieron del otro aposento.


—¿Quién ha de ser —respondió Sancho— sino el mismo don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere, que al buen pagador no le duelen prendas?


Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:


—Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego.


Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo:


—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia.


A esto dijo Sancho:


—¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, «Mari Gutiérrez»! Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre.

Cervantes, para criticar al de Avellaneda, ha de limitarse al cuento, el espacio compartido con nosotros, y con los recursos de los que dispone en él, rechaza el de Avellaneda, sobre todo, apelando a la diferencia de intención o propósito de ambas obras, o mejor dicho, que El Quijote más allá de ser broma o sátira encierra un propósito. De otro modo el de Avellaneda solo podría haber sido desdeñado por su inferior calidad literaria así como lo es por su zafiedad.

—Por lo que he oído hablar, amigo —dijo don Jerónimo—, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.


—Sí soy —respondió Sancho—, y me precio dello.


—Pues a fe —dijo el caballero— que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor y simple y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe.


—Dios se lo perdone —dijo Sancho—. Dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.


Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar con ellos. En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso, si se había casado, si estaba parida o preñada o si, estando en su entereza, se acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo que él respondió:


—Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada.


Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho.


Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don Quijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura.


Acabó de cenar Sancho y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia de su amo y en entrando dijo:


—Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen no quiere que no comamos buenas migas juntos: yo querría que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.


—Sí llama —dijo don Jerónimo—, pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho que está presente.


—Créanme vuesas mercedes —dijo Sancho— que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.


—Yo así lo creo —dijo don Juan—, y, si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles.


—Retráteme el que quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.


—Ninguna —dijo don Juan— se le puede hacer al señor don Quijote de quien él no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que a mi parecer es fuerte y grande.


En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche, y aunque don Juan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades.


Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que estos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Teresa

Dije de pasada que el personaje más discreto del Quijote es la mujer de Sancho, Teresa Cascajo.

Gracias que murió ya Cervantes para no llevarme la contraria, pues tan cara le es que no permite a nadie que se apropie de ella, siquiera fuera con un nombre:

Cuando don Quijote encuentra el Quijote de Avellaneda, lo echa un vistazo y enseguida le encuentra tres errores y señala que la tercera falta que le encuentra y “más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutierrez, y no llama tal, sino Teresa Panza, y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en todas las demás de esta historia”.

El fin de la Primera Parte es un diálogo entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, según se escribe en él dos veces de ésta con ése nombre, sin embargo, en el capítulo VII de la Primera Parte, cuando se nos presenta a Sancho y sale con su amo del pueblo en su primer diálogo dice Sancho de su deseo de ser gobernador pero que no ve a su mujer, Mari Gutierrez, de reina o condesa.

Dije antes en algún lugar de estos posts que dejaba para más tarde el comentario al capítulo V titulado: “De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación”, que contrasta con el título del capítulo III que trata del “ridículo razonamiento” de don Quijote, Sancho y el bachiller. El capítulo VII comienza con la advertencia del traductor que pudiera ser apócrifo por ver a Sancho expresarse tan sutilmente. Y así se lo dice Teresa:

Mirad, Sancho —replicó Teresa—, después que os hicistes miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.

Y luego también añade:

—Bien creo yo, marido —replicó Teresa—, que los escuderos andantes no comen el pan de balde, y, así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de tanta mala ventura.

—Yo os digo, mujer —respondió Sancho—, que si no pensase antes de mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.

—Eso no, marido mío —dijo Teresa—, viva la gallina, aunque sea con su pepita, vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como esos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho, si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos: que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis veros con gobierno, y en fin, en fin, mejor parece la hija mal casada que bien abarraganada.

—A buena fe —respondió Sancho— que si Dios me llega a tener algo qué de gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente, que no la alcancen sino con llamarla «señoría».

—Eso no, Sancho —respondió Teresa—: casadla con su igual, que es lo más acertado; no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.

—Medíos, Sancho, con vuestro estado —respondió Teresa—, no os queráis alzar a mayores y advertid al refrán que dice: «Al hijo de tu vecino, límpiale las narices y métele en tu casa». ¡Por cierto que sería gentil cosa casar a nuestra María con un condazo, o con caballerote que cuando se le antojase la pusiese como nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso, por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo, que ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos y sé que no mira de mal ojo a la mochacha; y con este, que es nuestro igual, estará bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes, adonde ni a ella la entiendan ni ella se entienda.

Temo que este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que quisiéredes, ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. «Teresa» me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; «Cascajo» se llamó mi padre; y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman «Teresa Panza» (que a buena razón me habían de llamar «Teresa Cascajo», pero allá van reyes do quieren leyes), y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima que pese tanto, que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: «¡Mirad qué entonada va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos». Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto, que mi hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por cierto, quién le puso a él don que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.

—¿Sabéis por qué, marido?. Por el refrán que dice: «¡Quien te cubre, te descubre!». Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y el maldecir y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de abejas.

No os pongáis a disputar, marido, conmigo —respondió Teresa—: yo hablo como Dios es servido y no me meto en más dibujos. Y digo que si estáis porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde agora le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.

El día que yo la viere condesa, ese haré cuenta que la entierro; pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos porros.

Y en esto comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que ya que la hubiese de hacer condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su partida.

Llega ahora Dulcinea al pueblo:

Salió Teresa Panza. No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y avellanada; la cual viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:

—¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es este?

—Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza —respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

—Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula Barataria.

—¡Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso —respondió Teresa—, que yo no soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!

—Así es la verdad —respondió el paje—, que por respeto del señor don Quijote es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por esta carta.

—Léamela vuesa merced, señor gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo sé hilar, no sé leer migaja.

—No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer y la leeré.

—¡Ay —dijo Teresa en oyendo la carta—, y qué buena y qué llana y qué humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha.


Busca y encuentra Sanchica al barbero, al cura y al bachiller:

—¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

—¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son estas y qué papeles son esos?

—No es otra la locura sino que estas son cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos las avemarías, y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

—Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid o a Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los mejores que hubiere, que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo me tengo de ir a esa corte y echar un coche como todas, que la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.

Todas estas venturas, y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, como no para hasta hacerme condesa, que todo es comenzar a ser venturosas. Y como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale; y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos y no respondáis a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

Este señor está en lo cierto, que tal el tiempo, tal el tiento: cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo”.

Teresa queda llorando en el capítulo VII porque Sancho va en busca de una ínsula que gobernar, ahora ríe y se alegra por haberla encontrado. Y es que sus argumentos eran más que ‘en sí’, propicios para la ocasión como ella misma dice “tal tiempo, tal tiento”, al ver el poco juicio de Sancho. Ahora, por arte de magia, y ante pruebas; la carta, la sarta de perlas, Dulcinea, la ropa verde de Sancho…, ve a su marido hecho gobernador, se adapta, se prepara para la ocasión y se alegra cuanto puede. A la vista de esto, cuando llegue Sancho, ya sin gobierno, aunque con buenos ducados y pollinos, también encontrará razones para alegrarse y animarse.


Es ella como Cervantes; libre para liberar contradiciéndose. Se adapta a la circunstancia como un espíritu; sin lastre material alguno como don Quijote, quien también es puro espíritu, pero a fuerza de ser loco.

Las interpretaciones del Quijote se nos manifiestan en todo su terrible error frente al discurso de Teresa, el sentido común frente al desvarío del caballero andante. El loco, al que ni por esas debemos nunca perdonar, como no lo hace Cervantes, sale a imponer, a forzar a los demás Dios sabe qué diablos y su discurso de loco peligroso es aplaudido, sin embargo, por los jerifaltes –como se cuida Cervantes de mencionarlo, para que el discreto entienda la diferencia entre lo bueno y lo correcto políticamente. Don Quijote defiende la escala y el sistema de predominio social; la esclavitud. Don Quijote sabe quién es, quien quiere ser, tiene un proyecto de vida en común, un horizonte, dicen, lo contrario a Teresa, dirían. Pero Teresa también tiene un horizonte, el de Cervantes, el mío, uno de no hacer cumplir nada a nadie –ese tiempo ha de llegar, está ya llegando. El horizonte de don Quijote no es poético; es a fin de cuentas el de todos los que en el mundo han sido; el de la escalada social, el mayor acceso posible al poder. ¿Acaso la falta de ese horizonte es falta de interés de Teresa en todo lo que sea la mejora de los suyos? En absoluto, ella reconocerá la oportunidad y la agarrará allí donde la haya, pero también tiene su horizonte, nacido de su mismo sentido común y por eso apenas perceptible, que es la igualdad de todos como así repetidamente lo propone, y así actúa, inhibiéndose de litigar de linajes, escalas. Y solo el horizonte de Teresa puede tener y tiene futuro, el de don Quijote es efímero y está ya condenado aunque se le siga por defecto inútilmente buscando la gracia politicamente.

Por si acaso luego olvidamos comentar, en el tráfago y ruido de lo público, su carta a Sancho, citamos su despedida: “Dios te guarde más años que a mí, o tantos; porque no quisiera dejarte sin mí en este mundo.” Esta si es la mejor carta de amor de la literatura castellana.