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domingo, 29 de enero de 2012

Las armas, objeto humano decisivo



Te paso el link del capítulo por si quieres leerlo al tiempo que este comentario: http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/edicion/parte2/cap66/default.htm


Vamos hoy a mostrar el sentido del Quijote, con indiferencia de sus dos partes, sin temor a malinterpretación, pues este capítulo ya final es una recapitulación de los motivos del Quijote que podemos encontrar a lo largo de los capítulos.

Primero, un recuerdo al capítulo pasado en el que nos repetía incesantemente la palabra “desarmar”.

Ahora, tristemente, la reflexión suele acontecer solo tras la derrota.

¡Aquí fue Troya!

Todo destruido, todo arrasado.

Pero aún seguirá arrasando el troyano Eneas o los romanos en su nombre. ¿Hasta cuando?…… ¿hasta que no quede vida?

A continuación tres movimientos: 1. “Fue mi desdicha y no mi cobardía, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas”. 2. “la fortuna es mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve que hace, ni sabe a quien derriba ni a quién ensalza”. 3. “No hay fortuna en el mundo; cada uno es artífice de su ventura”.

En efecto, no es la fortuna, realmente se podía prever que las “caballerías”, las armas, eran desiguales.

A continuación, otra repetición constante de la obra:

Atreviose”, por caballero, de todos modos don Quijote, y fue derrotado. Antes –como caballero- “acreditaba sus hechos con sus obras y sus manos” (hacía, forzaba), ahora –como escudero – cumple su palabra (cumple, obedece). Palabra que dio con la punta del lanzón en el cuello.

Propuesta de Sancho:

“Dejemos estas armas colgadas de algún árbol, en lugar de un ahorcado” (refiere a los bandoleros ahorcados que vieron previos al encuentro con Roque Quinart)

Responde don Quijote con otro motivo permanente:

Nadie las mueva


que estar no pueda


con Roldán a prueba.



Y aún más consideraciones sobre la “caballería”:

“—Todo eso me parece de perlas —respondió Sancho—, y si no fuera por la falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado.”

Y una nueva reflexión:


—¡Pues ni él ni las armas —replicó don Quijote— quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!


—Muy bien dice vuestra merced —respondió Sancho—, porque, según opinión de discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo.

En efecto; el ejercicio de las armas, que no las armas mismas, es “virtual”; no depende de determinados medios. Y ese ejercicio se puede reducir al ataque cuando nuestros medios sean superiores y a evitar el choque en el caso de que sean inferiores.

Hechas ya tales consideraciones, se encuentran con unos labradores que les proponen el siguiente dilema:


—Es, pues, el caso —dijo el labrador—, señor bueno, que un vecino deste lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos con pesos iguales; y habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.

No es el loco el que contesta sino el gobernador Sancho, que no cuenta con otro recurso sino que el mismo que todos compartimos, con el que también debemos entender este libro; el sentido común:

“—Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino ni tiene sombra de justicia alguna. Porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las armas, no es bien que este las escoja tales que le impidan ni estorben el salir vencedor”

La superioridad o inferioridad de las armas resulta en, ni más ni menos, que en vida o muerte en el combate, o de otro modo, el “virtual” civil o permanente: en la libertad o en la sumisión, en hacer o en obedecer y, por lo tanto, el arma es el objeto humano decisivo desde el que se entiende, interpreta, la realidad toda. De este modo, el sentido común queda subordinado a la determinación de ese objeto decisivo. Y todo el Quijote, que es el libro del sentido común, apunta en todo lógicamente a la Armas.

Y eso que es evidente y todos sabemos, nos lo ocultamos, sin embargo, en su virtualidad. Y así dicen los labradores a la sentencia de Sancho la estupidez más grande que se puede leer en el Quijote que, con humildísimo perdón, es lo que les pasa a sus comentaristas en general y todo bicho viviente; que tienen el sentido común a la mano y buscan tratar las cosas por los cerros de Úbeda:

“—Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte. Que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.”

Pero aún se encuentran con Tosilos y don Quijote no quiere reconocerlo, por que a fuerza de querer saber “quien es el mismo” niega la realidad, la personalidad de los otros bajo el efecto de la violencia armada.

Por eso Cervantes es piadoso, pues no se ama si no es a todos los hombres; porque la violencia que nos hacemos unos a otros es siempre sin querer y todos somos interdependientes.

—¡Oh, mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!


—No os conozco, amigo —respondió don Quijote—, ni sé quién sois, si vos no me lo decís.


—Yo, señor don Quijote —respondió el correo—, soy Tosilos, el lacayo del duque mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez.


—¡Válame Dios! —dijo don Quijote—. ¿Es posible que sois vos el que los encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por defraudarme de la honra de aquella batalla?


—Calle, señor bueno —replicó el cartero—, que no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme parecido bien la moza; pero sucedióme al revés mi pensamiento, pues así como vuestra merced se partió de nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego de cartas al virrey que le envía mi amo.

Ni siquiera este “malvado” duque es objeto de odio por parte de Cervantes, pues entiende que su deber supremo es velar que se cumplan sus órdenes. En cuanto a las Rodríguez ya sabemos que se le declararon “extranjeras”, salieron de su jurisdicción y se independizaron para que el duelo pudiera tener lugar.

Del mismo modo que tampoco siente Cervantes odio por los abusos de los poderosos, abuso sexual -sobre todo en tiempos pasados, corrupción, etc., porque la tentación no se puede resistir….cuando la ocasión se sirve.

Ahora Tosilos nos habla a todos, porque al igual que don Quijote vemos el mundo “subjetivamente”, sin comprender como nos median las armas. Y como él, así estamos pagando caro y aún más caro:

—Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.


—¿Cómo debe? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él, pero ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna.

En raros tiempos de terror atenuado como ahora, a ver si se nos adoba el entendimiento y cambiamos nuestra ventura.

Sentido común:


Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer

lunes, 23 de enero de 2012

¿De qué me alabo?, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada

Sigue don Antonio al de la Blanca Luna para averiguar quien era: Éste entró en un mesón del que “salió un escudero a recebirle y a desarmarle”, “en tanto que este mi criado me desarma os lo diré sin faltar un punto a la verdad del caso”. Finalmente; “hecho liar sus armas sobre un macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla se salió de la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria”.


Con don Quijote en cama, reflexiona Sancho:

—Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla quebrada; y pues sabe que donde las dan las toman y que no siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le cure en esta enfermedad, volvámonos a nuestra casa y dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos. Y si bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque es vuestra merced el más malparado: yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería, y así vienen a volverse en humo mis esperanzas.

—Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año, que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane y algún condado que darte.


Cervantes nos ha venido mostrando que la realidad es objetiva y todo tiene en ella una explicación y así siempre nos la da aclarándonos los hechos que inicialmente aparecen oscuros; por ejemplo, quien era el caballero de la Blanca Luna y de los Espejos, la traza de la cabeza encantada, quien era maese Pedro, etc. Sin embargo, para manifestar el sentido de las relaciones humanas utiliza a un loco cuya visión del mundo es la siguiente:

1. Todo es lucha o injusticia en esta Edad de Hierro 2. El sistema de la sociedad es piramidal y la punta de la pirámide son los reyes o emperadores que ordenan el resto. 3. Se accede a la punta de la pirámide por el ejercicio de las armas, por la violencia o “caballerías”. 5. El fin de las armas es la paz, esto es una justicia cuyo sentido es la organización de la pirámide, castigando a los “malos” y dando condados y cargos a los escuderos. 6. Las caballerías o armas siempre son honradas, se justifican con el deseo del bien para todos y se prueban por el riesgo al que en ellas uno se expone que manifiesta una superior entrega o desapego.

Hasta este punto don Quijote no nos parece loco; si está dispuesto a arriesgar su vida en el ejercicio de las armas, lógicamente debe pretender llegar a emperador o rey y declarando sus intenciones puede ganar escuderos o seguidores. Pero el autor decide que sea un loco como ponen de manifiesto sus alucinaciones de la Primera Parte y, como muchos comentaristas señalan, su proceder es anacrónico dada la evolución de las artes de la guerra, de modo que no le caben más escuderos que el ignorante, ambicioso y compasivo Sancho. Finalmente, aunque prefiere morir a renunciar a Dulcinea, el caballero loco es derrotado y reducido.

Este es el asunto de la novela, producto del deseo de su autor; veamos ahora la mezcla de esta “verdadera historia” con la historia verdadera.

En esto estaban, cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de grandísimo contento:

—¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por él está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey y será aquí al momento.

Alegróse algún tanto don Quijote y dijo:

—En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi brazo diera libertad no solo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en Berbería. Pero ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?


La ocasión de arriesgar la vida para ganar fama y poder es real y don Quijote ve ésta como una ocasión perdida para él, también el interés del renegado es acreditarse para congraciarse con las Iglesia y con la Patria, pero en general el soldado va a combatir a países enemigos por “necesidad”.

Damos un tercer paso para abandonar a don Quijote con sus pensamientos y quedarnos ya a solas con la realidad, para ello el autor adopta un nuevo distanciamiento señalando que Ricote era, “al parecer, bienintencionado” y dirimen los personajes cuerdos como hacer que los moriscos, expulsados por heroica resolución de Felipe II mediante el incorruptible e inflexible brazo de Bernardino de Velasco, se queden en España con su belleza y sus riquezas.

De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bienintencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo, donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.

—No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática—, no hay que esperar en favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que molifica, y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, que con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!


Cervantes, como de ordinario, remueve los cimientos del orden del mundo; son los renegados los más hábiles y capaces y los moriscos los más valientes, hermosos, discretos, valentísimos, e incluso los más católicos, aquí se habla de intentar corromper la ley para hacer un bien….

El autor no nos deja saber el resultado de sus gestiones ni nos habla más de ellos, la historia no tiene nada que demostrar pues es la sucesión de violencias, pero la novela continúa y el caballero se nos ha desvelado; no se le puede relacionar con la “justicia”, como hacen la Letras con los caballeros. La lucha se produce siempre y solo contra el infiel, el extranjero, con independencia de las justificaciones que se den para ello, y no tienen que ver con la justicia verdadera, la humana; así nos quedan claros los discursos del discreto Ricote, como los de Cervantes, como los de todos nosotros, ni justos ni injustos, simplemente sometidos.

Con esto se partieron los dos, y don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don Quijote, desarmado y de camino; Sancho, a pie, por ir el rucio cargado con las armas.


miércoles, 6 de enero de 2010

Bienvenida

Honrado lector,

Lo que Cervantes se propone al escribir el Quijote es mostrarnos que las Letras, lo que se publica, por extensión nuestras absurdas figuraciones del mundo, están subordinadas a las Armas que amenazándonos nos “hacen confesar”.