domingo, 18 de diciembre de 2011

No son los celos

“Era fresca la mañana y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don Quijote salió de la venta”. Y “yendo fuera de camino, le tomó la noche entre unas espesas encinas o alcornoques que en esto no guarda la puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.”



“don Quijote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho más que la hambre, no podía pegar sus ojos, antes iba y venía con el pensamiento por mil géneros de lugares”, “si la condición deste remedio está en que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se los dé él o que se los dé otro, pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do llegaren?


“vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos: véngote a azotar, Sancho, y a descargar en parte la deuda a que te obligaste. Dulcinea perece, tú vives en descuido, yo muero deseando; y, así, desatácate por tu voluntad, que la mía es de darte en esta soledad por lo menos dos mil azotes.


Los azotes a que yo me obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme.


Don Quijote, procuraba y pugnaba por desenlazarle; viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba, púsole la rodilla derecha sobre el pecho y con las manos le tenía las manos de modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:


—¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?


—Ni quito rey ni pongo rey —respondió Sancho—, sino ayúdome a mí, que soy mi señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo y no tratará de azotarme por agora.


Levantóse Sancho y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza y, alzando las manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo, acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote que le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y preguntándole qué le había sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:


—No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta.

Una vez más el loco manifiesta que es peligroso. Pero su rigor como amo es nada comparado con el del poder.



Y si los muertos los habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.


—No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de rigurosas.


Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en locura que en valentía y así, le dijo:


—Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna esta en que os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase: que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres.


Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un ruido, volvió Roque la cabeza y vio una hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo:


Yo soy Claudia Jerónima, hija de Simón Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando, y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o a lo menos se llamaba no ha dos horas. Este, pues, por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que me ha causado. Viome, requebróme, escuchéle, enamoréme, a hurto de mi padre, porque no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que, olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a desposarse, nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y por no estar mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua de aquí, y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé esta escopeta, y por añadidura estas dos pistolas, abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra.


Roque se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido o muerto don Vicente. Llegaron al lugar” y “descubrieron por un recuesto arriba alguna gente y diéronse a entender, como era la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus criados o muerto o vivo llevaban o para curarle o para enterrarle. Diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo hicieron [*]; hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir. Este dijo:


—Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto, pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales ni con mis obras jamás quise ni supe ofenderte.


—Luego ¿no es verdad —dijo Claudia— que ibas esta mañana a desposarte con Leonora, la hija del rico Balvastro?


—No, por cierto —respondió don Vicente—: mi mala fortuna te debió de llevar estas nuevas para que celosa me quitases la vida;


—¡Oh cruel e inconsiderada mujer —decía—, con qué facilidad te moviste a poner en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!


Y este fin tuvieron los amores de Claudia Jerónima. Pero ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

En efecto, la auténtica causa de la desgracia no son en sí los celos; el origen de la TRAGEDIA, es la INCOMUNICACIÓN, la carencia de comunidad, generada por pertenecer los amantes a clanes opuestos, esa es la causa de la violencia, al igual que en la guerra de los rebuznos.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El otro y el mismo

Afirma Ortega que, en comparación con Cervantes, Shakespeare parece un ideólogo, pues, aun siendo el Quijote la obra de arte que más claves nos da para entender la vida humana no nos ofrece indicios o señales de cómo entenderla, interpretarla. Sin embargo, acabamos de ver el anterior capítulo que, siendo discreto -como discreto es Cervantes, es pura ideología. Y ahora entiendo que el capítulo anterior era previsión de éste.


Cervantes se encuentra con que el Ingenioso Hidalgo logra el aplauso general como obra cómica, pero no entendimiento público de su sentido, más que por ser éste ininteligible porque trata de lo que no se puede hablar, comienza así desde el primer momento la paradoja de que el protagonista loco gane fama mientras se arrincona a su autor. Si había alguien capacitado para alcanzar entendimiento del Quijote era Lope, maestro confesor, al que le horrorizó, y muy probablemente El Quijote apócrifo tuvo su origen en él. Cervantes ve ahora como el sentido de El Quijote se difumina, incluso se contradice, a manos de otro autor, y también comprende que es reacción a cierto entendimiento. Pero ese entendimiento es incompleto, por eso Cervantes hará algo que nadie ha entendido (con lo que también hace su penitencia por el ideológico capítulo anterior): que don Quijote renuncie a sus caballerías y muera cristianamente; porque a Cervantes las Letras le dan igual.

Y son estos mismos hechos los que fuerzan a Cervantes a encarnarse en el protagonista loco a costa de tener que hacer explícito reiteradamente que éste tiene momentos lúcidos.

Quizás esa encarnación se muestre ya en ésta su melancolía:


“Considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas: al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas y entomece las manos y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes.”

Durmieron por fin, y
“despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que al parecer una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque don Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventas castillos".

Y Sancho daba

“particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese parecido castillo aquella venta.”



Ofrece el posadero a Sancho lo que éste desee; le pide pollos, pollas, ternera, cabrito, tocino y huevos, para resultar que solo tenía uñas de vaca, a lo que no tiene más remedio que acomodarse Sancho.


Iban ya a cenar cuando
“en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:


—Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.


Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie y con oído alerto escuchó lo que dél trataban y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:


—¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?


—Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.


Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho alzó la voz y dijo:


—Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.


—¿Quién es el que nos responde? —respondieron del otro aposento.


—¿Quién ha de ser —respondió Sancho— sino el mismo don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere, que al buen pagador no le duelen prendas?


Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:


—Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego.


Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo:


—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia.


A esto dijo Sancho:


—¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, «Mari Gutiérrez»! Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre.

Cervantes, para criticar al de Avellaneda, ha de limitarse al cuento, el espacio compartido con nosotros, y con los recursos de los que dispone en él, rechaza el de Avellaneda, sobre todo, apelando a la diferencia de intención o propósito de ambas obras, o mejor dicho, que El Quijote más allá de ser broma o sátira encierra un propósito. De otro modo el de Avellaneda solo podría haber sido desdeñado por su inferior calidad literaria así como lo es por su zafiedad.

—Por lo que he oído hablar, amigo —dijo don Jerónimo—, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.


—Sí soy —respondió Sancho—, y me precio dello.


—Pues a fe —dijo el caballero— que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor y simple y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe.


—Dios se lo perdone —dijo Sancho—. Dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.


Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar con ellos. En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso, si se había casado, si estaba parida o preñada o si, estando en su entereza, se acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo que él respondió:


—Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada.


Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho.


Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don Quijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura.


Acabó de cenar Sancho y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia de su amo y en entrando dijo:


—Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen no quiere que no comamos buenas migas juntos: yo querría que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.


—Sí llama —dijo don Jerónimo—, pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho que está presente.


—Créanme vuesas mercedes —dijo Sancho— que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.


—Yo así lo creo —dijo don Juan—, y, si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles.


—Retráteme el que quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.


—Ninguna —dijo don Juan— se le puede hacer al señor don Quijote de quien él no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que a mi parecer es fuerte y grande.


En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche, y aunque don Juan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades.


Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que estos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.

sábado, 3 de diciembre de 2011

A Apolo, patrón de El Quijote (Cap LVIII - II)

¡Oh, Apolo! Dame tu virtud para que estas letras se eleven sobre los temporales giros de la Tierra y sin que ésta les haga ya más sombra queden para siempre expuestas a Ti y Cervantes pueda, cuatrocientos años después, por fin dejar de dar en derredor melancólicas miradas y suspirar de alivio.


Nos dice el autor al principio de la primera parte y al final de la segunda que escribe para acabar con los libros de caballerías. Aquí los tenemos; que un cuadro no es diferente a un libro. Adelante:

Un aviso: este capítulo aparece en las habituales interpretaciones del Quijote, pues muchos son los que indagan la religión y aquí tienen a los santos, otros dicen que su tema es la libertad, y aquí sobre ella hace el loco su discurso:


Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:


—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!


—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.
El cielo, por cierto, no da pan.

Ocurre, en efecto, que el obvio discurso sobre la libertad del caballero se ofrece descontextualizado, sin añadirle la habitual enmienda de Sancho. Como descontextualizado se suele leer lo que sigue, que es el encuentro con las imágenes de los santos:


“Fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:


—Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.


Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:


—Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.


—No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.


Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo don Quijote:


—Este sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.


Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía:


—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.


No había más imágines, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban:


—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza.

Interludia la aventura con el tema de los agüeros, pues don Quijote lo tiene a bueno haberse topado con los que pretende son sus iguales. Pero Cervantes lo utiliza para incidir en su pensamiento sobre las Letras, expuesto en muchas otras ocasiones:
El discreto y cristiano no ha de andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África, tropieza en saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él, abrazándose con el suelo, dijo: «No te me podrás huir, África, porque te tengo asida y entre mis brazos». Así que, Sancho, el haber encontrado con estas imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.

Es decir, que nuestra voluntad es capaz de imponer el sentido a las señales indeterminadas, como son las palabras. De modo que más nos vale tener todo encuentro por felicísimo acontecimiento.
—Yo así lo creo —respondió Sancho— y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra España!». ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?


—Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan.

Hacen otro interludio tratando el caso de Altisidora donde especulan como pudo enamorarse de don Quijote, a lo que responde que por ser bueno –buen motivo si se trata de convivir con alguien- y pasan a la siguiente aventura, que es el encuentro con un grupo de gente que se entretienen representando la Arcadia, los cuales invitan y tratan muy cortésmente a don Quijote, quien habiendo sido ya sido motivado arriba con el tema del agradecimiento les paga con su virtud o moneda caballeresca:
Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y, así, digo que sustentaré dos días naturales, en mitad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas (disfrazadas) que aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetando solo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Y con el siguiente edicto lo puso en práctica:
—¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario acuda, que aquí le espero.


Dos veces repitió estas mismas razones y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero;

Pero si por un

“tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:


—¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!


—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría el Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Un amor no correspondido

Como le dieran a Sancho las cartas de su mujer, lamenta en lo que quedan ahora sus esperanzas. La alaba por no dejar de enviar a la duquesa las bellotas, que no han de ser consideradas cohecho, dice, y acaba con “Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano”. Repite algunas veces Sancho esta falsedad; cierto que desnudo nació pero todos somos deudores de todos los que nos anteceden y de todos los que nos rodean, por lo que, aunque se entiende el sentido de la expresión, todos ganamos, perdemos y, sobre todo, nos estamos a deber.

Y acaba:

—¿No lo dije yo? —dijo Sancho—. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues, a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno
Siente mala conciencia don Quijote de su ociosidad y decide irse, fueron a verle los del castillo cuando salía, y allí le recita Altisidora otro romance recriminándole y cubriéndole de maldiciones por rechazarla y acusándole de quedarse con tres tocadores y unas ligas suyos. El duque le afea su conducta y le reta si no se los devuelve. Don Quijote no sabe de qué habla Altisidora, pero Sancho le devuelve los tocadores, en cuanto a las ligas había olvidado que las llevaba puestas.

Se rememora la partida de Eneas con los suyos antes del alba dejando a la enamorada reina Dido que se suicida por despecho, tal como representa más adelante Altisidora.

Los escuderos no solo obtienen botín de los restos de las batallas que libran y vencen los amos, también de sus amores.

La duquesa no está al tanto de esta burla y es sorprendida por el atrevimiento de Altisidora, pero el duque “quiso reforzar el donaire”. Pobre Altisidora, pobre duquesa, que también se enamora del loco. Cruel don Quijote, al que todas se le rinden sin provecho alguno.

sábado, 19 de noviembre de 2011

De cómo la atención al tonto de don Quijote impide ver el sentido de algunas historietas

De la descomunal (¿dónde, donde?) y nunca vista ¡ah!) batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez


“Fue condición de los combatientes que si don Quijote vencía, su contrario se había de casar con la hija de doña Rodríguez, y si él fuese vencido, quedaba libre su contendor de la palabra que se le pedía, sin dar otra satisfacción alguna”.


“Venía el valeroso combatiente (Tosilos) bien informado del duque su señor de cómo se había de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro, por escusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase”.


“Parece ser que cuando estuvo mirando a su enemiga le pareció la más hermosa mujer que había visto en toda su vida.”


“Digo, pues, que cuando dieron la señal de la arremetida estaba nuestro lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho señora de su libertad, y, así, no atendió al son de la trompeta, como hizo don Quijote, que apenas la hubo oído cuando arremetió y a todo el correr que permitía Rocinante partió contra su enemigo; y viéndole partir su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:


—¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros! ¡Dios te dé la vitoria, pues llevas la razón de tu parte!”


Me doy por vencido y que quiero casarme luego con aquella señora.


He aquí y hasta aquí la victoria de Dios.


Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos, y como era uno de los sabidores de la máquina de aquel caso no le supo responder palabra. El duque no sabía la ocasión por que no se pasaba adelante en la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó suspenso y colérico en estremo.


Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba y dijo a grandes voces:


—Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija y no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte.


Quedo descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez y su hija, dando grandes voces dijeron:


—¡Este es engaño, engaño es este! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor, nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del rey de tanta malicia, por no decir bellaquería!


—Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote, que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y maña: dilatemos el casamiento quince días siquiera, y tengamos encerrado a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura, que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al señor don Quijote, y más yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.


A lo que dijo la hija de Rodríguez:


—Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco, que más quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero, puesto que el que a mí me burló no lo es.

He aquí y hasta aquí la victoria humana

Fuese la gente, volviéronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos.

Sin embargo, acabamos con

la victoria del estado.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Un paseo por la vida eterna

Ha ocupado Sancho un puesto alto en la jerarquía al que muchos servían, dimite y cae “en una honda y escurísima sima” en ausencia absoluta de un semejante que por caridad le le pueda sacar de ella.

Cae creyendo hacerlo hasta el abismo, por lo que se “encomendó a Dios de todo corazón” pero aterrizó sobre el asno y, cuando se aseguró que se encontraba con vida y sin rasguño alguno, “no cesaba de dar gracias a Dios por la merced que le había hecho” de hacerlo caer en la sima sin daño. Aunque se dolía por el asno.

No puede salir, ni encuentra nadie que le pueda ayudar, piensa que la muerte le sobreviene; en este pensamiento adopta un tono poético reflexionando sobre el momento del deceso en la compañía del asno, la lejanía de su patria y de los suyos.... Así pasó la noche hasta que vino el día y volvióa gritar pidiendo socorro sin que nadie le oyese con lo que le retornó el pensamiento de como se le cernía la muerte.

Levantó al asno que apenas se podía tener y lo animó con pan. Y en esto halló un agujero en la pared, entró por él como pudo y vio que se ensanchaba y “púdolo ver porque entraba un rayo que lo descubría todo”, de aquí paso a otra concavidad, luego regresó hasta donde estaba el jumento y ensanchó el paso con una piedra para abrirle paso, y así anduvieron a veces a oscuras y a vecen sin luz, pero ninguna sin miedo. “le pareció que habría caminado poco más de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que pareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.” La nuestra, la finita.

Y mejor aún, la de su amigo don Quijote que andaba por ahí dándose una vuelta.

“Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche o algún caballero caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, a un desdichado desgobernado gobernador-“


“Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto y que estaba allí penando su alma.”


“Si eres mi escudero Sancho Panza y te has muerto, como no te hayan llevado los diablos, y por la misericordia de Dios estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre la Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella por mi parte con cuanto mi hacienda alcanzare”.

Le trajo maromas y sogas para sacarle del castillo y de los duques y cuando salía dijo un estudiante:

“—Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores: como sale este pecador del profundo del abismo, muerto de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que yo creo.”

Estamos ya en Juicio Final de su gobierno. Ha hablado primero el fiscal, ante el que se justifica Sancho:

—Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han perseguido médicos y enemigos me han brumado los güesos , ni he tenido lugar de hacer cohechos ni de cobrar derechos; y siendo esto así, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera. Pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno, y cual el tiempo, tal el tiento, y nadie diga «desta agua no beberé», que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.

—No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un parapoco y un mentecato".

Contribución al juicio del abogado de los nobles, don Quijote.

—A buen seguro —respondió Sancho— que por esta vez antes me han de tener por tonto que por ladrón.

Finalmente van a ver a los jueces, pero Sancho, no quiso subir a ver al duque sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales puesto de rodillas les resume sus andanzas como gobernador;

“acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través”

Y como sepultado, para concluir:

“Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el mundo.”

domingo, 6 de noviembre de 2011

Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Se encuentra Sancho a unos peregrinos que piden limosna, les ofrece comida, pero no querían más que dinero para aumentar lo que ya habían conseguido.

Cuando les entendió, que no hablaban bien, y se daba el piro, le detuvo su vecino Ricote, morisco expulsado que venía entre los peregrinos. Primero no le conocía pero:

Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y finalmente le vino a conocer de todo punto y, sin apearse del jumento, le echó los brazos al cuello y le dijo:


—¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que traes? Dime quién te ha hecho franchote y cómo tienes atrevimiento de volver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura.

Tras tomar algo, Ricote le expone su manera de afrontar los hechos.

—Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en todos nosotros: a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos.

Entendió pronto que la amenaza era ley.

Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así como el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la priesa con que los demás salieron, porque bien vi, y vieron todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran solo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos firmes y verdaderos, pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa.

Que la respuesta de la mayoría de los suyos era inadecuada (para resolverla)

Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas las partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se vuelven a ella y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse, que es dulce el amor de la patria.

Rememora la expulsión y los sufrimientos que conlleva.

Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.

Se refugió en Alemania por hallar allí más libertad.

Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos cada año a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por certísima granjería y conocida ganancia: ándanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien escudos de sobra, que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones o entre los remiendos de las esclavinas o con la industria que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y puertos donde se registran.

Y como viene con los peregrinos y lo que estos hacen, caso de picaresca (aunque realmente estos ya se van).

Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de Francia y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros. Que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son católicas cristianas, y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.

A lo que respondió Sancho:

—Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el hermano de tu mujer, y como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado.

Lo mismo que Ricote no pudo llevar a los suyos a tomar disposición más razonable ante la disposición de su Majestad, tampoco su mujer y su hija pudieron tomar otro destino. Así como la conversión de Zoraida se manifiesta inverosimil en la violenta ruptura con el padre, aquí es el tio, el que se impone a la hermana y la sobrina, del mismo modo que la comunidad de los moriscos se impone a la disposición que pueda tener Ricote. Esa es la realidad también de nuestros oponentes, que no pueden renegar de los suyos, y eso es lo que tenemos que comprender como seres humanos.

Y en esa oposición sobrehumana, inhumana, es el Arma la determinación final. Mucho se ha hablado de este capítulo a fin de averiguar la opinión de Cervantes al respecto de la expulsión de los moriscos, como si Cervantes hiciera política, sin embargo, este acercamiento es errado; Cervantes no manifiesta, como en muchos otros lugares donde se le adjudican, opiniones sino que se ciñe a recrear el mundo objetivo, el de su historia y al tiempo el del mundo real, y ese es su interés desde el principio al escribir el Quijote. Desde ese punto de vista entiendo el título; el Quijote tiene éste tema, y este hecho, la expulsión de los moriscos, lo manifiesta sin cambiar una coma.

Lo que algunos han dado en decir que el entendimiento del mundo pasa por el “yo soy yo y mis circunstancias”, donde la idea de circunstancia es la aportación de Cervantes, han dejado en indeterminación lo que sea la circunstancia, algo que, sin embargo, Cervantes si identifica en lo que denomina la supremacía de las Armas sobre las Letras. Así Ricote, discreto –no dejemos pasar esa palabra en balde boca del autor-, y sometido a la discreción de su Majestad, asume el discurso oficial como propio ante Sancho que ya vemos lo fiel que es a sus señores. No tiene alternativa. Lo que no quiere decir que no esté en contra –que lo está; y de hecho se disfraza y regresa a por un tesoro sobre el que ya no tiene derecho legal.

No es cuestión de que se declare cristiano, no tiene ningún inconveniente en serlo. Su mujer y su hija lo son con lo que la “injusticia” es objetivamente absoluta, no tengamos duda al respecto. Lo que nos importa aquí es como Ricote se expresa sobre ella. Ni más ni menos que como hacemos todos en el mundo real, como tengo alguna vez dicho, asumiendo la tragedia; que los pobres dan a los ricos y además se ven en necesidad de llamar a eso justicia.

Si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.


—Yo lo hiciera —respondió Sancho—, pero no soy nada codicioso, que, a serlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro y comer antes de seis meses en platos de plata; y así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos me dieras aquí de contado cuatrocientos.


—¿Y qué has ganado en el gobierno? —preguntó Ricote.


—He ganado —respondió Sancho— el haber conocido que no soy bueno para gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el sustento, porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si tienen médicos que miren por su salud.


Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido (que en verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro), y te daré con que vivas, como te he dicho.


—Ya te he dicho, Ricote —replicó Sancho—, que no quiero: conténtate que por mí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino y déjame seguir el mío, que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.

Sancho es tan discreto como Ricote, pues lo que está en juego ligándose a él es más decisivo que Ricote le dé con que viva, que eso necesario para vivir por otro lado lo puede buscar y obtener –esa es la sabiduría del pobre, del que renuncia a ser gobernador-, mientras que si pierde la vida que arriesga con Ricote, o incluso como gobernador, en ese punto se le acabaron las alternativas.