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lunes, 6 de febrero de 2012

Más amor del malo


Noche oscura. No puede dormir el caballero y no quiere, por tanto, que duerma el escudero.

Quiere don Quijote que crea como él, que confiese, a lo que Sancho no se opondría, pero es que quiere también que, como consecuencia, se azote “voluntariamente”.

—Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea-

—Señor —respondió Sancho—, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi sueño me levante y me dicipline.


Le afea don Quijote su “desagradecimiento” e intenta provocar su ambición, como de costumbre

—¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te has visto gobernador y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año, que yo «post tenebras spero lucem».


Pero Sancho cuando duerme no tiene temor ni esperanza

—No entiendo eso —replicó Sancho—: solo entiendo que en tanto que duermo ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.


Que duermas tú, vamos. Que será la manera de que también dejes dormir.

Interviene el autor para impartir justicia, dando el merecido castigo a la mentecatez

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que por todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don Quijote y puso mano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a los lados el lío de las armas y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido y llegándose cerca a los dos temerosos: a lo menos, al uno, que al otro ya se sabe su valentía.

Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más de seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto el ruido que llevaban, y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó de tropel la estendida y gruñidora piara, y sin tener respeto a la autoridad de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo las trincheras de Sancho y derribando no solo a don Quijote, sino llevando por añadidura a Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con que llegaron los animales inmundos, puso en confusión y por el suelo a la albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.

Levantóse Sancho como mejor pudo y pidió a su amo la espada, diciéndole que quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos, que ya había conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:

—Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas y le piquen avispas y le hollen puercos.


Vencido o sin vencer.

—También debe de ser castigo del cielo —respondió Sancho— que a los escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les embista la hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación; pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien, tornémonos a acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecerá Dios y medraremos.


El atropello es, en efecto, injusticia con Sancho, un efecto colateral de los designios de dios; pero por lo menos es capaz de volver a dormir.

—Duerme tú, Sancho —respondió don Quijote—, que naciste para dormir; que yo, que nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día daré rienda a mis pensamientos y los desfogaré en un madrigalete que, sin que tú lo sepas, anoche compuse en la memoria.

—A mí me parece —respondió Sancho— que los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere, que yo dormiré cuanto pudiere.

Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucó y durmió a sueño suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don Quijote, arrimado a un tronco de una haya, o de un alcornoque (que Cide Hamete Benengeli no distingue el árbol que era, al son de sus mesmos suspiros cantó de esta suerte:

—Amor, cuando yo pienso

en el mal que me das terrible y fuerte,

voy corriendo a la muerte,

pensando así acabar mi mal inmenso;

mas en llegando al paso

que es puerto en este mar de mi tormento,

tanta alegría siento,

que la vida se esfuerza, y no le paso.

Así el vivir me mata,

que la muerte me torna a dar la vida.

¡Oh condición no oída

la que conmigo muerte y vida trata!



Cada verso destos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien como aquel cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con la ausencia de Dulcinea.


Insiste Cervantes en parodiar la poesía y las fantasías; la pose, el “dolorido sentir” que hace ahora tema de si mismo; un vivir alienado en la palabra; amor

sábado, 3 de diciembre de 2011

A Apolo, patrón de El Quijote (Cap LVIII - II)

¡Oh, Apolo! Dame tu virtud para que estas letras se eleven sobre los temporales giros de la Tierra y sin que ésta les haga ya más sombra queden para siempre expuestas a Ti y Cervantes pueda, cuatrocientos años después, por fin dejar de dar en derredor melancólicas miradas y suspirar de alivio.


Nos dice el autor al principio de la primera parte y al final de la segunda que escribe para acabar con los libros de caballerías. Aquí los tenemos; que un cuadro no es diferente a un libro. Adelante:

Un aviso: este capítulo aparece en las habituales interpretaciones del Quijote, pues muchos son los que indagan la religión y aquí tienen a los santos, otros dicen que su tema es la libertad, y aquí sobre ella hace el loco su discurso:


Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:


—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!


—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.
El cielo, por cierto, no da pan.

Ocurre, en efecto, que el obvio discurso sobre la libertad del caballero se ofrece descontextualizado, sin añadirle la habitual enmienda de Sancho. Como descontextualizado se suele leer lo que sigue, que es el encuentro con las imágenes de los santos:


“Fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:


—Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.


Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:


—Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.


—No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.


Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo don Quijote:


—Este sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.


Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía:


—Este —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.


No había más imágines, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban:


—Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza.

Interludia la aventura con el tema de los agüeros, pues don Quijote lo tiene a bueno haberse topado con los que pretende son sus iguales. Pero Cervantes lo utiliza para incidir en su pensamiento sobre las Letras, expuesto en muchas otras ocasiones:
El discreto y cristiano no ha de andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África, tropieza en saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él, abrazándose con el suelo, dijo: «No te me podrás huir, África, porque te tengo asida y entre mis brazos». Así que, Sancho, el haber encontrado con estas imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.

Es decir, que nuestra voluntad es capaz de imponer el sentido a las señales indeterminadas, como son las palabras. De modo que más nos vale tener todo encuentro por felicísimo acontecimiento.
—Yo así lo creo —respondió Sancho— y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra España!». ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?


—Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan.

Hacen otro interludio tratando el caso de Altisidora donde especulan como pudo enamorarse de don Quijote, a lo que responde que por ser bueno –buen motivo si se trata de convivir con alguien- y pasan a la siguiente aventura, que es el encuentro con un grupo de gente que se entretienen representando la Arcadia, los cuales invitan y tratan muy cortésmente a don Quijote, quien habiendo sido ya sido motivado arriba con el tema del agradecimiento les paga con su virtud o moneda caballeresca:
Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y, así, digo que sustentaré dos días naturales, en mitad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas (disfrazadas) que aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetando solo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Y con el siguiente edicto lo puso en práctica:
—¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario acuda, que aquí le espero.


Dos veces repitió estas mismas razones y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero;

Pero si por un

“tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:


—¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!


—¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría el Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

miércoles, 9 de marzo de 2011

¿TENGO RAZÓN, O NO? (y 2)

Decíamos en el post anterior que el arma da también explicación a nuestras representaciones, mientras que Marías las adjudicaba una función moral. Esta es la manera habitual de argumentar, que explica también por qué Cervantes no ha podido ser interpretado tras tanto tiempo de intenso estudio. La hipótesis que se ha planteado al Quijote sigue el patrón de esto significa esto otro, pero Cervantes, al exponer la realidad tal cual es, requiere y provoca que la comprensión de la realidad y de su obra acontezcan a la vez.

Los comentaristas del Quijote, conocedores de que no estaba asalariado por escribir, argumentan: tuvo una vida tal y por eso escribe pascual, o, vivía en España, luego representa a España, o, su tiempo era el barroco, luego nos expone el barroco, etc. Y todos estos argumentos valen. Pero aburren.

Ahora, si pensamos en esa función moral de las representaciones encontramos que son intranscendentes por tanto una idea simplemente representa otra, lo que se manifiesta en que todos estos pensadores raciovitalistas sean, además, historicistas. Solo hay historia, tiempo que nos va mostrando una u otra apariencia. Pero la realidad que el Quijote nos muestra se prueba verdadera precisamente en que es indiferente al tiempo.

Ese tiempo no es sino la historia de la guerra, grupos armados que se imponen a otros; y el que se va azarosamente imponiendo va haciendo confesar a los otros según su conveniencia para afianzar su predominio; de modo que nuestra fe, nuestras representaciones tanto mentales como nuestros fingimientos rituales expongan su relación de servicio al arma de turno. Las agudas Meditaciones del Quijote de Ortega se despeñan en ese abismo; uno de los capítulos de su libro reza significativamente La crítica también es patriotismo. Desde este panorama sin tiempo Ortega es el Caballero de los Espejos o, mejor, del Bosque.

Vamos rellenando la inhumanidad de esa historia de la guerra con palabras como justicia, paz, cristianismo, islam, democracia, comunismo..., y, mientras algún poder se justifica adhiriendose a alguna de esas consignas que sirva a la Coalición -ya que realmente nuestra casa, aunque violenta, es siempre el mundo- su evidente insolvencia se aclara con lo de hay una buena y otra mala, y se sigue adelante mientras se puede. A algunos les sonará aquello del “socialismo real” hasta que se descubrió, con su derrota, que no había otro. (Cuanto se pudo cegar el socialismo como para proponer la igualdad desde el estado, cuya esencia es la jerarquía piramidal que le es insoslayable a la unidad armada).

Solo cuando, en lugar de asumir alguna de estas consignas, o mantras, y trabajar para su justificación, se alcanza la discreción, que es algo solo personal, podemos intentar superar el obstáculo que tenemos para actuar racionalmente cooperando por nuestro beneficio común, mutuo y recíproco. Y es en este punto cuando hemos de recurrir al objeto que tenemos disponible y adecuado para ir más allá de nuestra condición “histórica”; la bandera blanca……… por tanto su función es poner en suspenso a las armas, también en ese modo “espiritual” que tienen de actuar sobre nosotros tal como acertadamente describen estos filósofos raciovitalistas sobre los objetos en general.

Tal vez resulte que es preciso vivir no menos de 7 o 10 años años fuera del país propio para alcanzar esta inteligencia –discreción es la palabra que usa Cervantes- sobre el sentido de las Letras/palabras, saliendo de la placenta religiosa o ideológica que nos envuelve, como es el caso del autor del Quijote y de un servidor. Si alguien dice que Cervantes escribió como un poseso por España y el Catolicismo en, por ejemplo, El Trato de Argel, puedo yo recordar que en mis primeros años en el extranjero rezaba sin cesar al Dios romano buscando ligar mi espíritu, librarlo de una soledad, casi un vértigo, demasiado imponente para poderlo soportar en ausencia de alternativa. (Les pasó algo semejante a los yugoslavos; que no tenían ni idea que eran creyentes hasta que les apañaron la guerra. El Choque de Civilizaciones)

10 años después de mi estancia en Berlín, tras pasar por varias inmersiones culturales y ya en China, mi pensamiento –que sigue siendo el actual- estaba ya bien amarrado a la imagen de la libertad y consolidado. ¿Quién de los estudiosos de la vida de Cervantes se ha aventurado a imaginar la intensa experiencia del curioso espíritu de Cervantes en Argel de la que nos da una idea en sus visiones de los conversos o renegados? O, peor, ¿a manifestar que allí le reconocieron su enorme mérito personal en contraste con el más feo hábito de peón que le estaba destinado vestir –y en el que le vieran- en España?

Mi pensamiento se topó con la bandera blanca para nunca más abandonarla en el año 2000 en Qingdao, China. Y solo en el 2004, con ocasión del 4 centenario de la publicación del Quijote lo releí y encontré allí mis propios pensamientos, incluido el de la bandera blanca aunque fuera traída por los pelos, para sentirme como aquel nieto que entendiera a Cervantes según reclama Ortega.

Ahora, yo te presento la bandera blanca de paz que nos orienta a la igualdad y la unidad, según

“se entiende, por ejemplo, lo que es un objeto, una pluma, un vaso, un cuchillo, anticipando en la imaginación la función vital que es escribir, o beber, o cortar, viendo el objeto en cuestión ejecutando virtualmente esa función; si yo muestro una pluma a alguien que no sepa qué es escribir, que no conozca esa posibilidad humana, jamás verá una pluma: solo se la entiende cuando asume una función –sea la que se quiera- dentro de mi vida. Y esto es la razón vital: la vida en su función de dar razón, es decir, de aprehender la realidad de su conexión”

Y solo la reconoce, quien se orienta con ella y la da conocer, bien fácilmente por los medios modernos de comunicación, las redes sociales, pues, de otro modo, las banderas de guerra están presentes siempre y en todo y “se anticipan en la imaginación”.

Tal como tú lo entiendes, piensa que así los otros lo entenderán. Y, si tengo razón, dámela, piensa también que otros me la darán igual. Con lo que la liberación no está lejos.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Quien es Dulcinea

Comenzamos nuestro análisis de los capítulos del protoquijote con la segunda aventura. Recordemos la novela; don Quijote se vuelve loco de leer tantos libros de caballerías, se cree caballero andante, sale en busca de aventuras, llega a la venta donde se ordena caballero, su primera aventura es la del encuentro con Juan Haldudo dando latigazos a su pastor Andrés y su segunda aventura es la que copio aquí, su encuentro con los mercaderes toledanos (versión de Franciso Rico -Cervantes virtual):

"En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza. Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y, así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo:

—Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño, mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:

—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

—Señor caballero —replicó el mercader—, suplico a vuestra merced en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

—No le mana, canalla infame —respondió don Quijote encendido en cólera—, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.

Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

—Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido."

A mi este capítulo me trae a la memoria a Felipe II y su intento de conquistar Inglaterra para someterla a la disciplina católica. Como Felipe II fue perjudicado y derrotado a causa de las tormentas que diezmaron la Armada Invencible, así tuvo don Quijote la mala suerte de que tropezara Rocinante, de otro modo es muy posible que hubieran acabado confensando unos y otros.

Lo comentaremos más detenidamente en el próximo post.